Alla Nazimova: "El áspid lésbico de Stanislavsky"
Por Rampova
En Yalta (Rusia), el 4 de Junio de 1879, venía al mundo Miriam Edez Adelaide Leventon, que años más tarde sería una de las más grandes de la escena, con el nombre de Alla Nazimova, nombre rusificado por el antisemitismo que recorría su país y porque asociaba la religión judía a un padre de clase alta, que maltrataba despóticamente a su mujer y a su hija menor, a la que despreciaba porque era gorda y de aspecto viril. A los tres años, desatendiéndose de Alla y sus dos hermanos, los entrega a una familia que luego parte a Suiza, por lo que la menor empieza a desempeñar duras tareas y aprende el francés y el alemán. Uno de los hijos de esa nueva familia la violó sistemáticamente, en presencia de otros compañeros de viaje, mientras otro de los hijos le enseñó el pentagrama musical y a usar correctamente el violín.
Pasados unos años, su padre los reclamó y al ver las habilidades musicales de Alla, se la llevó a vivir con su nueva mujer, que la odiaba por su aspecto de marimacho, enviando a sus dos hermanos a un internado. Toma clases de violín y piano en el Imperial Conservatorio y su padre la siguió maltratando hasta su muerte... de sífilis. Ella nunca supo que la herencia, bastante boyante para la época, la dilapidaron sus hermanos, partiendo ella de cero, hacia una residencia en Moscú, matriculándose en la Escuela de Arte Dramático.
Su poco agraciado aspecto, añadido a los grandes resentimientos anti-judíos, hizo que la apoderaran "el barril", "el oso"... por lo que luchó a vida o muerte por transformar esa oronda escarola en un estilizado lirio, o utilizando la terminología musical que ella dominaba, el patito feo les devolvía sus encarnizadas burlas al transformarse en el más deslumbrante cisne del lago de Tchaikovsky.
Aprendió a irradiar fascinación de dentro hacia afuera, consiguiendo que su rostro se transfigurara en una esfinge viva y cuando su largo cuello serpenteaba en armonía coreográfica, sus ojos violeta eran como carbones encendidos que quemaban a toda persona aprehendida y hechizada. Tras cuatro años de estudios con Nemirovitch-Danchenko, interpretando a Chéjov, Tolstoi y Shakespeare, el gran maestro Constantin Sergeyevich, Stavnislasky, cuyo método revolucionó las artes escénicas, la tomó como pupila, puliéndola como un diamante en bruto. Pero para sobrevivir y pagarse las clases, tuvo que ejercer la prostitución. El antisemitismo la relegó a pequeños papeles en la nueva compañía de Stanislavsky, a pesar de que era muy superior al resto de actrices... y de actores, pues también hizo papeles masculinos. El mismo Stanislavsky era sabedor de que Alla Nazimova sólo necesitaba alzar su cimbreante y reptiliano cuello como un elegante áspid o una majestuosa cobra, para embrujar a todo el público; sabedora de la a agonizante fascinación que causaba a sus presas, rematándolas con un arabesco cervical, aprendido en los ballets rusos, que le permitía besar el suelo desde la espalda, bajando la cabeza lenta e hipnóticamente hasta conseguirlo.
La adolescente Alla, que una noche "callejeaba" para sobrevivir y otras actuaba como antídoto para el veneno del teatro, se dio cuenta que había otros mundos, como una fría tarde moscovita en que se percató cómo varias mujeres lanzaban octavillas ilegales en fábricas y talleres, con consignas tan revolucionarias para la época como "la mujer y el sufragio universal: conseguir que la mujer tenga los mismos derechos que el hombre". Asistió tímidamente a varios mítines que dieron mujeres años después legendarias, como Minna Gorbunova, economista y escritora; Elizaveta Fiódorovna, que con el "alias" de Ines Armand fue destacada dirigente del movimiento feminista y posterior miembro privilegiado, desde 1904, del Partido Socialdemócrata Ruso; Emma Goldman, brillante periodista y oradora feminista y una anarquista de vanguardia, con la que intimaría, años después, en Nueva York; o Nadia Krúpskaya, pedagoga y auténtica autora de perlas que años después se "anexionó" su compañero Lenin, como esta: "En Rusia no existe nada tan vil, infame y canallesco como la falta de derechos o la desigualdad jurídica de la mujer, supervivencia indignante de la servidumbre y de la Edad Media, el fusilamiento de sus libertades en todos los países del globo, sin excepción".
Rusia estaba cambiando. Mientras la prensa de habla inglesa escribía desde la repulsión y el horror sobre Oscar Wilde, durante su juicio y posterior condena en 1895, la mayoría de los escritores rusos, incluido Vasili Rozánov, como muy bien señala Simon Karlinsky, veían en este juicio la persecución de un hombre genial por parte de las hipócritas autoridades británicas.
Como asegura el autor citado (Karlinsky), tras la revolución rusa de 1905, desapareció la censura, adelantándose Rusia varios lustros a la República de Weimar, en cuestión de libertades sexuales y varias décadas respecto a países occidentales. Así, Mijail Kuzmín publicó en 1906 sus "roman á thése" autobiográfico, revelando todo tipo de amantes: fornidos o afeminados, imberbes asiáticos y cosacos de brutal mostacho. O "Alas", una elocuente defensa del homoerotismo que gozó de un enorme éxito popular, con varias reimpresiones. Por esa época escribían sobre el amor uranita (según Platon la musa Urania, amante ocasional de Afrodita, protegía el amor de dos hombres) Viacheslav Ivánov; Lidia Zinóvieva-Annibal (especializada en el amor sáfico) y autora del libro de cuentos "El zoológico trágico", en el que en forma de fábula, los animales hembras se emparejan y se enfrentan al dominio del macho; la novelista Evdokia Nagródskaia y unos años más tarde, la famosa Sofia Parnok... Sin olvidar a la gran poeta y escritora Marina Tsvietáieva, que escribió sobre todas ellas, empezando por Polixena, poeta menor del movimiento simbolista, que siempre iba acompañada de su amante y compañera de toda la vida. Al resto de mujeres, Marina las mencionaría más tarde en "Carta a una Amazona", su ensayo de 1933, sobre el amor lésbico. También conoció a Anatoli Steiger, descendiente de suizos rusificados, que componía versos delicados y aforísticos que obsesivamente trataban de la desesperanzada pasión de un hombre sensible y vulnerable por otro (guapo, brutal e inalcanzable). Fue el que enseñó a tocar el violín a Alla y hermano del que la violó, el tiempo y el espacio impidió que Marina y Alla se conocieran. Marina, tras un exilio largo y doloroso en Berlín, Praga y París, volvió a la Unión Soviética, donde fue marginada, aislada, perseguida y sin trabajo, por lo que se ahorcó en 1940.
Por esa época, inconsciente de que el lesbianismo no era un castigo divino, se inventó varios maridos, entre ellos un tal Sergei Nasimoff, para justificar su nuevo y nada judío apellido. A partir de aquí se declararía atea, aunque educada en la niñez en el cristianismo ortodoxo ruso, negando sus orígenes judíos.
Siendo la protagonista de una obra teatral, prohibida por la Rusia revolucionaria de 1905, van de gira por Berlín y al llegar a Londres la Nazimova seduce a la "créme de la créme" del teatro británico. Se estaba convirtiendo en un mito de grandeza actoral, de aureola fantasmagórica, revestida de noche y de humo, se la veía en todas las partes y no estaba en ninguna, como una diosa pagana.
Frente a aquella multitud de, preferentemente, damas sufragistas, de extracto social alto, que no entendían ni una sola palabra rusa, Alla sintió todo el peso de la soledad y se agrandó. Su rostro había adquirido un tono purpúreo, que acentuaba el brillo de su óvalo endiosado, interpretando a Orleneff a través de mil registros, masculinos y femeninos y de una nube de lágrimas, que le permitía ver elevarse, lentamente, a toda la multitud que abarrotaba el teatro. Cada jornada le resultaba corta y la vivía como si todo no fuese más que un sueño cuyo recuerdo debiera borrar el viento que por la noche soplaba sobre el Mar Negro.
Fascinadas por la beldad eslava, un grupo de actrices británicas hicieron una función benéfica para pagar el viaje a todo el grupo hacia Estados Unidos. Allí les esperaba Emma Smith, seudónimo tras el que se ocultaba Emma Goldman, anarquista y rusojudía como Nazimova, que haría labores de traductora, relaciones públicas y recaudadora del vil metal para mantenimiento de toda una "troupe", alojándoles en tiendas de campaña en un campamento alquilado y reconstruyendo un establo lleno de ratas, cercano al Bowery, en un teatro. Emma estaba entusiasmada y tenía grandes contactos en los periódicos neoyorquinos, convenciendo a muchos periodistas que se dejaran caer en ese infierno; incluso grandes actrices de Broadway y una legión de sufragistas consiguieron, vertiginosamente, convertir a Alla Nazimova en una grande entre las grandes. Tendría que aprender inglés. . . la muchedumbre americana le desagradaba; su cruel incultura, solo podía ser comparada a su idiotez; era una multitud envasada al vacío; carecía de aquella espontaneidad desconcertante de la población moscovita o de aquel colorido que daba a las fiestas de Crimea un esplendor tornasolado.
La Nazimova, al igual que Emma, pero con matices, de ideología izquierdista, supo enseguida que los U. S. A. eran del tipo de país hiper-hipócrita, que necesita mil veces al día hablar de libertades inexistentes, porque son arrancadas como capullos antes de su conversión en flores libertarias. Pronto supo que su sexualidad sería allí una síntesis de peste y vampisismo; no necesitaba un armario, sino un féretro que no fuera hallado por los guardianes de la moral. Emma Goldman los llevó de gira por Boston y por Chicago, presentando a Alla a las feministas de mayor renombre, radicales y con dinero, que hicieran causa común con la más insólita y genial de las actrices conocidas hasta entonces. Y como la mujer no había conquistado el sufragio universal, todavía, crearon un sindicato financiero que pusiera a sus pies los mejores teatros y los más diversos personajes, cualquiera de las hermanas, de Chéjov, Nora o Hedda Gabler, de Ibsen, Lady Macbeth o Cleopatra, de Shakespeare. El número de amistades feministas influyentes fue aumentando, desde sopranos a editorialistas, dos primas de Theodore Roosvelt, las más importantes periodistas, actrices y empresarias del nuevo medio, llamado nickelodeon (cines de cinco centavos).
A principios de 1907 y en el Princess Theatre, dio vida a Nora en "Casa de muñecas", de Ibsen, denso y profundo drama fin de siglo, en el que la protagonista femenina rompe los convencionalismos de la época, enfrentándose a un matrimonio que es la antesala de la cárcel, partiendo hacia una nueva vida en la que la libertad es la primordial conquista de la mujer. El teatro se vino abajo, entre atronadores aplausos y estruendosos vítores a una forma revolucionaria y nueva de interpretar. La sombra de Stanislavsky era embrujadoramente alargada.
Fue alternando diversas interpretaciones con infinitos registros, alabados por todos los críticos del país, inundando sus camerinos con toda la gama floral, desde orquídeas hasta violetas (la contraseña sáfica), desde lirios hasta camelias, que enviaban rendidos admiradores, tanto masculinos como femeninas. Nazimova interpretó toda la obra de Ibsen y de Chéjov, alternándola con una comedia trepidante, de sibilino y sofisticado contenido feminista, "Bella Donna", un gran éxito de crítica y público, en el que interpretaba a una parodiante Nora, de "Casa de muñecas", solo que en lugar de romper su matrimonio para liberarse, decide envenenar al marido. Por primera vez expuso al público americano lo aprendido en Rusia: "arqueaba el cuello, ondulaba mi espalda como una S, llevaba un vestido colgante, alzaba las cejas y me agarraba las caderas hasta alcanzar el suelo", recordaba la diva.
Las mujeres de vanguardia adoraban el serpenteante chic de Alla, a la que acosaban y ella las recibía divina y promiscuamente, descorazonando a Emma Goldman que, aunque libertaria, era muy posesiva. Tras varios años de amor, devoción y admiración mutua, el amor que sintió por Emma feneció sin quedar más que un puñado de sal arrojada a las cicatrices del dolor en el lugar donde antes danzaban gigantescos maremotos de pasiones arrastradas. Aquella mañana cuya espesa bruma rezumaba desde los muelles de Nueva York como la luz de una luciérnaga agonizante. . . . . aquella dolorosa mañana de Nueva York sabía a detritus.
Alla Nazimova fue sin duda la abiertamente lesbiana fundadora de la escena estadounidense, 12 años antes de que se construyera Hollywood, pero tras la primera guerra mundial las cosas empezaron a enturviarse. No florecía el feminismo liberador, sino todo lo contrario, florecían por doquier mujeres machistas, en plena vigilancia contra el vicio y la depravación, encabezando Ligas de Decencia, Ligas Anti-alcohólicas (consiguieron imponer la lamentablemente famosa Ley Seca, favoreciendo el gangsterismo), Ligas de Escándalo Público, que afectaban especialmente a Gays y Lesbianas, por lo que se tuvieron que proteger con los llamados matrimonios "lavanda". Las doradas pestilencias yanquis. . . .
Al llegar el crepúsculo subían a los "rascacielos incívicos", como los calificaba Alla, murmullos y rumores uniformes que roían, amenazadores, las relaciones sáficas y uranitas, teniéndose que crear matrimonios de conveniencia, para que la nueva inquisición no les condenara al fuego eterno; matrimonio blanco(entre un gay y una lesbiana) o matrimonio lavanda (lo mismo, pero con derecho a roce si entraba una tercera, cuarta o un batallón de personas en liza).
Pero había quien, ante el miedo a la represión y al castigo, a la humillación pública que eso suponía, se crecía, como una morbidez añadida, como un aliciente más, como fue el caso de Isadora Duncan que, tras venir jubilosa de la Unión Soviética, al ver a la Nazimova moviéndose en el escenario como un felino depredador, utilizando técnicas de danza por ella desconocidas, fue rauda al camerino y con total sumisión, arrodillada, le espetó: "condúceme al desprecio, el subyugamiento y la esclavitud; vilipéndiame, condéname al ostracismo, repúdiame". Alla la abofeteó varias veces, recriminándole lo que ella entendía un estado degradante, remarcándole: "yo sólo repudio a los hombres". No se tiene constancia de que volvieran a verse, pero Mercedes de Acosta, que también fue amante de Nazimova, Eleanora Duse, Garbo y Dietrich, entre otras perlas del amor oscuro, si tuvo una noche de amor febril, de vino y rosas con la Duncan.
Por esa época viajaba de costa a costa, haciendo apología del pacifismo con un drama llamado "Esposas de guerra", porque ella pensaba que su país, envuelto en una vorágine revolucionaria y de guerra civil, decretaba las primeras leyes de objeción de conciencia y en un opúsculo del periodo de la guerra civil, la feminista y escritora Alexandra Kollontaj decretaba el fin de la familia. "La familia ya no es necesaria -decía. No es necesaria al estado porque la economía doméstica estrangula la libertad de la mujer, alejándola innecesariamente de su independencia económica, en trabajos productivos y creativos más útiles. No es necesaria tampoco a los miembros de la familia porque su otra misión, la educación de los hijos, pasa gradualmente a manos de la sociedad ". Se conquistó el derecho al divorcio, al aborto y los brotes revolucionarios propiciaron la despenalización de la homosexualidad y la creación de infinidad de gacetas literarias, en las que se trataba abiertamente de ese "asunto" que llevó a Oscar Wilde al oprobio y al ocaso. Alla Nazimova vio su carrera frenada, al hablar abiertamente de estos temas que resultaban chirriantes y espinosos en los magnates de los medios de comunicación, incluido el teatro. Su nombre iba peligrosamente de boca en boca, asociado a bolchevismo y relaciones" contra-natura". Su gran amiga Elizabeth Marbury, "Bessie para las amigas", de aspecto a lo Calamity Jane, con ásperos botines de cordones y el pelo rapado (lo que en el círculo de intelectuales "entendidas" llamaban un gran virago"), pero tenia fuertes y poderosas conexiones con los políticos demócratas, además de ser una excelente "manager" de gente tan importante como Oscar Wilde, H. G. Wells, Somerset Maugham y otras lumbreras, logró reencauzar la carrera teatral de Nazimova, con nuevas y rendidas admiradoras como Anne Morgan, hija del magnate de la banca y Anne Vanderbilt, multimillonaria excéntrica y mecenas de chicas con talento.
Pero Alla se creía inmune a todo y a todos. En una gala benéfica para damnificados de la guerra, en el Madison Square Garden, junto con otros actores, poetas y bailarines, ella, vestida de cosaco, interpretó "Rusia", con un sable en una mano y con la bandera rusa, despojada de la corona imperial en otra, fusionando la danza clásica, con las étnicas cosacas y tártaras, produciendo que la joven escritora Mercedes de Acosta perdiera el conocimiento, en el patio de butacas, ante el éxtasis de tan sublime y etérea visión Mercedes de Acosta era una joven intelectual neoyorquina, emparentada con la familia de la Duquesa de Alba, que tenía cierta semblanza con Narciso, en su porte y en su aspecto. ¡ Y aquella insolencia de ir al camerino en busca de la diva! ¡Y aquella majestuosidad que se transparentaba en su crisálida juventud! Mercedes tenía iguales músculos finos y ágiles que Alla, duros como el metal; sus gráciles cuerpos, con abdominales de un frescor de piedra, se recortaban bajo una lámpara de oro cuya llama hacía peligrar la oscuridad del camerino. De golpe, Nazimova tuvo un pronto eslavo, se quedó lívida, sus ojos reflejaron tal expresión de crueldad que Mercedes tuvo la seguridad de que iba a levantarse para insultarla, cosa que no le desagradaba del todo. ¡ Ver a Nazimova perder su sangre fría era un espectáculo que Mercedes hubiese orgasmeado!. Su amistad quedó sellada hasta la muerte de Alla.
El cine la tentó y Lewis J. Selznick le ofreció 30.000 dólares por treinta días de rodaje, adaptando "Esposas de guerra" al celuloide, que reportó la friolera de 300.000 dólares de beneficios al productor, pero por su prosélito antibelicista no pudo ser estrenada en Europa, que en esos momentos trágicos asociaban el pacifismo a la cobardía y a la homosexualidad. El público, que en palabras de Diana Mc lellan, veneraba "su hermosa voz de arpa" tuvo que conformarse con una Nazimova muda y gesticulante, en demasía.
Volvió al teatro con una obra de H. Austin Adams, sobre incesto, suicidio e intolerancia, "Ception Shoals", que fue un éxito maximalista, con una joven actriz, que sería su pareja sentimental durante mucho tiempo y de nombre Eva Le Gallienne. Impuso al insulso galán Charles Bryant, homosexual discreto y armarizado con el que Alla ya había planificado un "matrimonio blanco", en caso de que, tras la postguerra, el amor violeta se tornara de negro riguroso. La Nazimova filmó varias películas en la Costa Este, para la Metro, siempre con su galán Charles Bryant, e impuso como guionista a June Mathis, sáfica como ella y que sirvió de tapadera al primer matrimonio de Rodolfo Valentino, con la actriz Jean Acker.
En 1918 la Metro se trasladó al Oeste con el equipo de Nazimova. La rusa compró una gran mansión, de origen español, que ella misma mandó decorar, reconvirtiendo la gran piscina en una réplica del Mar Negro. 14. 000 metros cuadrados, en un camino de tierra, que años después sería el celebérrimo Sunset Boulevard y que ella bautizó con el suntuoso nombre de "El jardín de Alla". Allí se bebía vodka (ilegal, por la Ley Seca, vigente desde febrero de 1919) y la eslava invitaba a unos cigarrillos árabes, que todo el mundo sospechaba que estaban mezclados con hojas de cocaína. Por allí conoció a Theodore Kossloff, que antes trabajó en la Escuela Imperial de Ballet de Moscú y en los Ballets Russes de Diaghilev, y pasó a formar parte, como una alumna más, en esa nueva escuela de danza de Los Angeles.
Nazimova llegó a vampirizar a unos y a otras, llegando a dominar las técnicas de montaje, luminotecnia, con decadentes y vanguardistas filtros para la época y la aplicación de todas las disciplinas, danza, pantomima y el método actoral de Stanislavsky para la obra maestra que se avecinaba. Porque ahí, en los ballets de Kossloff, destacaba una excelente bailarina, Natacha Rambova, cuyo verdadero nombre era Winifred Kimball, nacida en Salt Lake (Utah), el 19 de Enero 1897, hija de un multimillonario minero, que había recibido una educación exquisita, encaminada a las Bellas Artes, la danza, la decoración, el estilismo. . . . . . poseía una singular belleza. La fría mirada surgía de una profundidad de agua negra. La hechura rectilínea de la nariz atenuaba lo que la sonrisa tenia de cruel. Por momentos, Alla se sintió presa de aquella mirada y de aquella maquiavélica sonrisa, con la desagradable impresión de hallarse absolutamente sometida a la voluntad de tan esotérica mujer.
Para Theodore Kossloff, era un honor tener a una gran dama de la escena como alumna, por tanto accedió a crear los trajes para la película "Aphrodite", basada en la novela de Pierre Louys, autor también de "Las canciones de Bilitis" y " La mujer y el pelele", en la que el lesbianismo tendría un protagonismo supremo. Ofreció a la Rambova la dirección artística de todas sus películas y a June Mathis los guiones; empezaba la confabulación sáfica para las mentes mas recalcitrantemente ultraconservadoras de Hollywood. La censura, estricta como en cualquier república bananera, prohibe la película y hace quemar los centenares de bellos amores lésbicos que se habían rodado en celuloide, perdiéndose para lo que ahora llaman "la memoria histórica". Los censores, como señala Diana McLellan, se dieron cuenta de que la historia se burlaba de tales restricciones. El caso es que hacía hincapié no sólo en el asesinato y la tortura sino también en el sexo entre mujeres. Había llegado la hora que tanto temían: la posguerra trajo un reaccionarismo aterrador, que devolvía a las mujeres, en general, a sus hogares y a las lesbianas, en particular, a sus armarios empotrados... algunas a sus féretros, como Mercedes de Acosta, a la que, posteriormente, la niña Maria Sieber, hija de la Dietrich, la llamaba Drácula.
Tras varios fracasos cinematográficos, se prepara la quintaesencia del Art-Déco, "Camille" ("La dama de las camelias"), con una Rambova preparando hipersofisticados decorados megavanguardistas, con dibujos curvilíneos, como doble homenaje a la camelia y a la mujer y con un vestuario que traspasaba las fronteras de la pantalla, con un elegante y decadente Rodolfo Valentino, que venía de filmar "Los cuatro Jinetes del Apocalipsis" y que buscaba desesperadamente una coartada que acallara los rugidos, más que murmullos, de su homosexualidad y su escandalosa relación con la locaza Ramon Navarro. Nazimova le ofreció el "matrimonio blanco" que tanto anhelaba, en la actriz lesbiana Jean Acker, que pronto le abandonó, espantada, porque él quiso consumarlo("lavanda" con derecho a roce).
Rambova intimó con Rudy, invitándole a sesiones de espiritismo y ayudándole en tareas de maquillaje, para disimular su labio inferior partido y resaltar su belleza latina. Mientras tanto, los escándalos sexuales se sucedían: Charles Chaplin y sus pasiones paidófilas, las orgías de Clara Bow, el asesinato de una menor a manos de Fatty Arbuckle, al introducirle una botella de champaña en la vagina. Nadie se hallaba seguro en Hollywood, con la Cruzada por la Decencia y las Buenas Costumbres. Pronto Mercedes de Acosta necesitó un escudo humano, en forma de Sr. Abraham Poole, que la protegiera de los crueles chismorreos.
Entre opiáceos, cigarrillos de cocaína y vodka, la Nazimova entretenía a sus invitadas interpretando canciones rusas, al violín, o al piano, mientras ponía fin a su contrato con la Metro, mientras los críticos escribían que "Camille" " era una obsesiva sucesión de imágenes hipnotizadoras, lenta y extraña". No iban descaminados: Rambova y Nazimova se pasaron todo el rodaje amándose y "viajando" al país de las amapolas del opio. Pero para Alla una mujer no era suficiente; necesitaba estar rodeada de un harén... un peligro para el nuevo Hollywood, en el que las fustigadoras de los vicios no descansaban día y noche. Más que sus admiradoras, que eran legión, le preocupaba el conservadurismo patológico de sus detractores, para dejar bien sentado el desprecio que le merecían sus censores adversarios. En realidad se esforzaba en demostrar una gran seguridad en la escena y aquella autoridad natural que constituía su arma más terrible. La primera "caza de brujas" estaba aflorando. Todos se casaban. Todas se casaban o eran sospechosas de pertenecer al crimen organizado, al bolchevismo más extremista, o al lesbianismo castrador, que usaba tijeras en lugar de collares. Alguien aconsejó a Alla que tantas amantes y su enemistad con la poderosa Metro la podría llevar a la deportación como extranjera "non grata". Diana McLellan se refiere a la psicosis matrimonial de las lesbianas de la época, con una historia apócrifa sobre un joven enfermo de amor que se arrojaba a los pies de Eva Le Gallienne gritando: "¡He de tenerte como a mi esposa!" -oh, ¿de verdad?- contestaba Eva -¿Cuando puedo conocerla?
Nazimova reflexionaba sobre él mil veces interpretado papel de Nora, de "Casa de Muñecas", de Ibsen, cuando el marido Helmer le espeta: "Yo puedo trabajar día y noche, soportar cualquier dolor por ti, ¡pero nadie sacrifica su honor a quien ama!". Nora Responde: "¡Millones de mujeres lo han hecho!" En "Teoría de cuatro movimientos", C. Fourier escribe algo que debió pensar la actriz rusa, que "una conducta que sólo puede ser recíproca, una conducta que si es practicada por uno de los sexos debería ser obligatoria en el otro, es juzgada simpática en uno y odiosa en el otro. A menos que tengan a las mujeres presas en un serrallo, los hombres no pueden tener veinte mujeres consecutivamente sin que las mujeres tengan veinte hombres consecutivamente". Derrotada, tuvo que claudicar, como miles de mujeres anónimas, y organizarse su "matrimonio blanco" con Charles Bryant, gay discreto y viril, que daría visos de realidad "rehabilitadora" a la fama de amazona de la rusa con voz de harpa. Aún así ningún estudio pondría un sólo dólar para un film con Nazimova, por lo que ella misma financió, produjo, escribió, protagonizó y dirigió su gran tributo a Oscar Wilde, aunque su "marido" Charles Bryant, como estrategia ante la censura, aparecería varias veces en los créditos, como "director" y en el papel del incestuoso Herodes. Aquello tenía que ser Arte Grandilocuente. Decidió que todas las interpretaciones fueran coreografiadas como una pantomima ralentizada, adelantándose 50 años al espectáculo "Flowers", de Lindsay Kemp.
Natacha Rambova alcanzó el delirio supremo, en los decorados y en un fastuoso vestuario inspirado en el gran ilustrador Aubrey Beardsley, también caído en desgracia, junto a Oscar Wilde y el no menos fascinante y decadente Erté. Todos eran sabedores de que se estaba realizando una obra maestra, de la que se necesitarían décadas para ser gozada en plenitud, un magistral blanco y negro, con toda la extrafina gama de grises, pasados por los filtros más embellecedores, con una luna llena omnipresente, que se torna violeta ante la concentración de cortesanas, interpretadas por hombres hermosamente travestidos y maquillados por Rambova y una luna que se vuelve roja cuando se corta la cabeza a Juan el Bautista.
Durante el rodaje de Salomé, la diva eslava subió un día lentamente a un estrado colocado junto a los decorados de un puente; parecía salir del Olimpo, arrastrada al parecer, por la cola de plumas de pavo real bordadas que la seguían como un vapor de incienso. Se sentó bajo un dosel de brocado de seda y saludó a una multitud fascinada por el glamuroso milagro. En aquel preciso momento, desde las almenas del decorado se levantó un vuelo de cuervos negros. -¡Dios mio que hermosa está!- murmuró la Rambova -Puede magnificar su belleza hasta extremos inalcanzables.
Hay que entornar los ojos para adivinar el movimiento de los siete velos y contener la respiración para percibir la sorda cadencia del oleaje de una danza que es una gran oda a Oscar Wilde, en la que Nazimova luce, entre otros, un tocado cubierto de burbujas de cristal que se tornasolaban cuando ella manifestaba emoción. Hubo dos finales: el primero, como en la obra teatral, muere atravesada por las espadas de los guardianes del tetrarca; la segunda, fue una licencia que la misma Nazimova se tomó y es que al verla tan bella e irreal, los soldados se negaban a matarla, teniendo que tomar ella un sable y arquear su cuerpo hacia atrás, serpenteando como una víbora escarlata y hacerse ella misma el harakiri, algo que, de haberla visto, debió emocionar e inspirar el suicidio de Yukio Mishima. También inspiró la gran coreografía que Bob Fosse creó para Shirley McLaine en "Sweet Charity", en la que ésta emularía a Nazimova, enroscándose en un árbol, como la serpiente que tienta a Eva.
Como señalaba "Photoplay", "se suponía que la película iba a ser una orquídea de invernadero de decadente pasión". Y así fue, para una minoría de gente cultivada, de gays y lesbianas, pero no para el tosco y apelmazado público estadounidense, adiestrado en las bajezas de la subcultura más galopante. Era 1923 y un público parisino, berlinés, e incluso moscovita, hubiera recibido ese film con la gran categoría que se merecía, sin nada que envidiar a las indudables obras maestras de E. W. Griffith, Erich Von Stroheim, Sergei M. Eisenstein o Fritz Lang, por poner unos ejemplos. Pero la palurdez de la época debió considerar el film una "mariconada" hecha por una lesbiana resentida con los hombres. El código de Will H. Hays, entró en vigor en 1922, implantando una férrea censura que incluía " cláusulas morales" de los actores fuera de la pantalla. " La homosexualidad era un pecado no sólo contra Dios, sino contra la taquilla. Los que desafiasen las nuevas normas serían expulsados", como recuerda Diana McLellan. "Salomé", bella obra independiente, al ser condenada al fracaso, hizo que ningún estudio requiriera la sabiduría actoral de la Nazimova, por lo que volvió a los escenarios teatrales. Pronto, su entorno supo que Alla no podía pedir el divorcio, porque no había habido boda, pero ante los puritanos guardianes de la moral, marchó a París, con la "excusa" de pedir el divorcio de Charles Bryant. Su carrera cinematográfica había periclitado. Tan sólo le ofrecían pequeños papeles, a bajo salario, en la que se autoparodiaba, llegando a utilizar una cabeza de Halloween, a modo de cabeza de Juan el Bautista. Tuvo que vender "El Jardín de Alla" a una nueva rica, que lo convirtió en varios bungalows, que serían alquilados, a las nuevas estrellas de Hollywood, reservándose, en una cláusula del contrato, la seguridad de que tendría su propio bungalow de por vida. En su estancia en París, un mundo superlativamente más libre y desprejuiciado que el de Nueva York o Hollywood, Mercedes Acosta hizo de celestina y presentó a la sáfica sobrina de Oscar Wilde, Dolly, a la Nazimova y ambas recorrían lugares improbables en Londres o en Hollywood, con mujeres paramilitares, vestidas de frac, o a la moda más andrógina, la conocida como " a lo garçon".
Lo contrario que en Nueva York, que el 30 de Septiembre de 1926, porque se representaba en el Empire Theatre, en Broadway, la obra "La cautiva", de Edouard Bourdet y las críticas advirtieron que habían ligeras insinuaciones lésbicas en la obra, la policía hizo acto de presencia en el escenario, llevándose esposada y a la cárcel, por escándalo público, a la protagonista, Helen Menken, por entonces casada con Humphrey Bogart. Hubo redada general en todos los teatros neoyorkinos en los que se representaban obras pecaminosas, como "El Dios de la venganza" y "Casa de viudos", ambas de Bernard Shaw, además de encarcelar a la dramaturga(era autora de todas las obras por ella representadas, algunas llevadas posteriormente al cine) Mae West, por doble motivo: por aparecer en su obra, procazmente provocadora, "Sex" y por su comedia dramática "The Drag", escrita con toda la furia desatada de la que era capaz su brillante intelecto e interpretada enteramente por hombres travestidos de ella. Si Mae West era peligrosa, imaginen 20 Maes contoneándose por el escenario. Como un preludio de la Gestapo alemana, el magistrado del Tribunal Supremo de Nueva York declaró que " el escenario no es lugar donde retratar emociones humanas inmorales", endureciéndose el código de censura para prohibir" todas las obras que tratasen de degeneración o perversión sexual".
Se sintió profundamente asqueada y con unos irreprimibles deseos de vivir en París o volver a su país, pero actoralmente era consciente que en Estados Unidos, al menos, era una grande del teatro, mientras que en París su francés chocaba por el fuerte acento germánico y su propia lengua rusa se había contaminado, lo que la relegaría, tanto en París como en Moscú, a encasillarse en papeles de extranjera. Como feminista era consciente de que la mujer había conquistado el voto, pero los prejuicios seguían enquistados. Sabía que una negra lesbiana podría unirse a sus compañeras de fábrica para conseguir una reivindicación determinada, pero no debía olvidar nunca que, una vez lograda, ella seguiría siendo negra y lesbiana y no habrían desaparecido los prejuicios incrustados en los cerebros de sus compañeras.
De su país llegaban noticias de cine vanguardista frente a la carroña industrial que se hacía en Hollywood. Lev V. Kulechov, con apenas 22 años ya era profesor del Instituto del Cine en 1921. Su película más rompedora la rodó en 1924 con el título "Mr. West en el país de los bolcheviques". También la excentricidad y la renovación fueron la esencia de la FEKS, cuya siglas, traducidas, significan "Fábrica del Actor Excéntrico", en el que diversos autores fusionaban el teatro de vanguardia de Stanislavsky, con el circo y el cabaret, creando una cinematografía insólita, inusual y revolucionariamente audaz, como "Las aventuras de Octobrina" (1924), de Kozintsev y Trauberg, que en palabras de Roman Gubern, "se presentó como una caricatura-comedia propagandística excéntrica, que rendía homenaje a la /Commedia dell´arte/, o "Nueva Babilonia", de los mismos directores, rodada en (1929), recreando imágenes inspiradas en artistas franceses, como Daumier, Manet, Degas o Renoir. Florecen como setas visionarios estético renovadores, como Dziga Vertov, que con sus teorías anti-convencionalistas, tras dirigir el excéntrico noticiario "Kino-Pravda" ("Cine-verdad"), alcanzó su obra maestra en "Kinoglaz" ("cine-ojo"), que (Roman Gubern dixit) exponía en unos poéticos manifiestos a la manera de Maiakovski, y cuya meta era la de desembarazar a la captación de imágenes de todos sus artificios para conseguir una inalcanzable "objetividad integral", que creía posible debido a la inhumana impasibilidad de la pupila de cristal de la cámara.
Junto al gran genio Sergei M. Eisenstein, convivían Vsevolod I. Pudovkin, de entre su filmografía cabe destacar la trilogía compuesta por "La Madre"(1926) adaptación libre de la novela homónima de M. Gorki, "El fin de San Petersburgo" (1927), sobre el décimo aniversario de la revolución y "Tempestad sobre Asia" (1928), una epopeya anti-colonialista. Omito extenderme sobre Eisenstein, dado que es el genio absoluto que, además, mejor conectó con las masas, tanto rusas como del circunbalado orbe, que por esa época rodaba "Oxtiabr"("Octubre"), en 1927.
Nazimova desfallecía, cuando recibía noticias de su admirado "Expresionismo Alemán", reconvertido ahora en un cine estilísticamente más social y políticamente comprometido, desde "Nosferatu, eine Simphonie des grauens"(1922), de Murnau, que junto a "Der letzte man" ("El ultimo") en 1924, constituirían dos obras maestras indiscutibles de Murnau y precursoras de otras tantas y otros directores que, como Fritz Lang, destacó con "Dr. Mabuse der Spieler" (1922) y culminó con su genial y futurista "Metrópolis" (1926). En 1925 Garbo y Dietrich, en papeles secundarios, especialmente la segunda, coinciden en "Die freudlose Gasse", del brillante G. W. Pabst. Los escenarios alemanes se estaban, también, revolucionando, con Max Reinhardt a la cabeza, y se presentan obras abiertamente lésbicas sin que las actrices acabaran en la cárcel, como en la nauseabunda y cateta Nueva York.
"El jardín de Alla", reconvertido ahora en numerosos apartamentos "chic", fue rebautizado añadiéndole una "h" al final, lo que en inglés significaba que Alla había perdido su jardín en favor del dios islámico (Allah). Las cosas que más quería desaparecieron cubiertas por una densa niebla de tristeza, enquistándose en su pecho unas terribles tenazas de carne que la oprimían. Los sirocos arenosos californianos le destrozaron la piel, y a su contacto, su cabeza se llenaba de horribles percusiones (como el simun, ese soplo de fuego que parece arrastrar desde el fondo de África un color de voluptuosidad y de muerte). Un frescor de fuente que se desprendía de los grasos pliegues del cuello y brazos de su compañera y Alla pasaba su lengua entre ellos, porque la piel de la joven sabía a fruta. Se despidió entre lágrimas de lo que había sido su homenaje a Yalta y al Mar Negro, ese jardín que un día estuvo rodeado de diversas arboledas, donde velaban algunas efigies de náyades y de Safo enlazadas; se sumergió, para compensar, en un sueño quimérico en el que el misterio de sus orígenes la confirmaba en sus pretensiones de feminista revolucionaria divina, la madre de todas las lesbianas, reina madre que vivía rodeada de diosas marmóreas y humanas.
Nazimova se dedicó exclusivamente al teatro: Fedra, Yokasta, Electra y todo el repertorio de Chéjov e Ibsen, con excelentes y grandilocuentes críticas, con alguna excursión al cine, animada por su incondicional George Cuckor, como uno de los primeros films anti-nazis de Hollywood, "Escape"(1941) en el que interpretaba a una actriz que, por subversiva, acaba en un campo de concentración. Por primera vez el público no adicto al teatro escuchaba esa voz capaz de congelar la respiración y rasgar los silencios como un cuchillo. Por esa época, Alla estaba predispuesta a llevar a los escenarios la vida de su ex-amiga y amante Emma Goldman, fallecida recientemente, pero ningún empresario tuvo el valor de financiar un bello drama libertario de una mujer que ni tan siquiera había nacido en U. S. A. Aceptó el papel de madre del torero en la nueva versión "Sangre y Arena", que fue el despegue de Rita Hayworth. Todo el mundo destacó la interpretación de Nazimova(ya sin Alla), como muy superior al resto de los actores. El método Stanislavsky estaba entrando con fuerza.
Pero retrocedamos. Tras el "crack" del 29, una nueva oleada de actrices invadió Hollywood, la mayoría de las cuales veneraban a la Nazimova, porque compartían con ella un lenguaje y un código secreto de vergel de violetas, y la visitaban a su camerino o a su bungalow, rindiéndole pleitesía, regalos valiosos y hasta favores sexuales. En 1931, Greta Garbo, que se hallaba en Nueva York, fue varias veces a ver a la Nazimova en "El luto de Electra", pero no se atrevió a visitar a la que los críticos celebraban como "la actriz más grande del mundo", porque la Garbo se pasó toda su triste y armarizada vida escondiéndose, ocultándose, como si hubiera cometido el más atroz de los crímenes. Lo contrario de Natacha Rambova, que la visitó hasta el final de sus días y era la única que se atrevía a bajarla del pedestal, llegándole a decir: "frente a la imagen de diosa absoluta que algunas personas tienen de ti, yo conservo otra, relativa, cálida, llena de matices, cotidiana y terrenal". O Tallulah Bankhead, que a los ojos de la rusa, se hallaba revestida de una especie de belleza bárbara; la cólera la convertía en una brasa y le daba movimientos de llama. Aunque su ordinariez la desconcertaba, la encontraba superlativamente carnal. La menopausia había entrado en Alla justo cuando le gustaban las mujeres más jóvenes.
Una noche, tras una función teatral, la Nazimova recibió a la Dietrich como a una diosa escogida germana, un icono expresionista-sáfico por la que sintió quemarse en su abrazo y el placer la transportó a una luz sobrenatural. Pero la delicadeza acabó metamorfoseada, pues a Marlene le entusiasmaba interpretar su papel favorito, el de barriobajera presidiaria, que arrancaba las bragas de encaje y blondas de Alla, a mordiscos animalizados, renunciando a su deidad, haciendo sonrojar a la eslava. No obstante, Marlene le traía información de primera mano, hablándole de la nueva y terrible situación alemana, que tras la llamada "noche de los cuchillos largos", miles de homosexuales habían sido enviados, con el triángulo rosa cosido a sus harapientas ropas, a campos de exterminio nazis.
Un año después, el escritor Máximo Gorki, escribiría, "que la homosexualidad era producto de la degeneración fascista de occidente". Era un hecho que había que "reeducar" a los homosexuales, que, "con su fina sensibilidad para el arte" (ironizaba Gorki) podían contribuir, "reeducándose", construyendo la obra maestra artística que fue el Metro de Moscú, leyendo, en sus ratos libres, toda la bibliografía sobre "papá" Stalin, para reconvertirse en revolucionarios con mayor rapidez. Nazimova sintió que su mundo se resquebrajaba, como las últimas ruinas pompeyanas.
Los últimos años los vivió con su compañera, a la que llamaba Doodie, interpretando venerables ancianas o patricias aristocráticas, sin lujos, pero sin privaciones, sabedora de que jóvenes como Elia Kazan o Lee Strasberg, pedían su opinión, como último eslabón con el maestro Stanislavsky. Fallecida el 13 de Julio de 1945 de una trombosis arterial. Enterrada en el cementerio de Forest Lawn, en la lápida sólo pone NAZIMOVA. Nunca faltan violetas en su tumba, porque durante décadas esas flores fueron el símbolo que Safo y sus chicas llevaron a la isla de Lesbos y la actriz rusa las adoró con especial vehemencia, porque tenían el color de sus ojos.