El
cana como entendido. “El Estado” y la cultura íntima del ambiente gay en
Argentina, 1983-1996.
Horacio
Federico Sívori*
En este trabajo
examino narrativas acerca de la intervención policial y parapolicial en el
circuito callejero de encuentros entre varones homosexuales de una ciudad
argentina de porte medio durante 1992, documentadas por medio de la observación
participante. Más que constatar los ilegalismos involucrados en el control y
represión de la actividad homosexual como cuestión jurídica, propongo
analizar las imágenes que son evocadas y los agentes y contextos involucrados
en los relatos de quienes participan de esa actividad. El propósito de esta
investigación es estudiar etnográficamente el inventario de agencias
imaginadas en relación con las ‘prácticas estatales’, que implican un
abanico de posibilidades que se abren o cierran, mediadas por la participación
ambivalente de individuos a quienes se identifica ambiguamente con el ‘control
estatal’. La evidencia sociológica nos conduce a poner en cuestión la utopía
liberal de una esfera pública organizada para el diálogo horizontal de una
comunidad individuos libres. Los espacios públicos contemporáneos se
presentan, más bien, como una serie de arenas sometidas a las tensiones de una
compleja jerarquía de desigualdades, donde se actualizan violentas disputas
hegemónicas.
Horacio Sívori,
PPGAS, UFRJ-MN
Buenos Aires
El
cana como entendido. “El Estado” y la cultura íntima del ambiente gay en
Argentina, 1983-1996.
Horacio
Federico Sívori*
Lo que queremos
como comunidad frecuentemente no es lo que deseamos.
Lane, 1999:272.
Homosexualidad
y espacios públicos: la politización de la intimidad
Un recorrido no
demasiado exhaustivo por los espacios de sociabilidad homosexual de Buenos
Aires, Río de Janeiro o de cualquier otra metrópolis occidental es suficiente
para llamar la atención sobre la diversidad de lugares y estilos de asociación
existentes. Aunque hoy en día a menudo se los engloba bajo el término
“ambiente gay”, cada espacio conserva y reproduce atributos que lo separan
del resto. Durante las últimas décadas se expandió rápidamente, amparado por
las garantías del Estado democrático, un mercado de bares, discotecas y
teatros, clubes y boutiques gay, si bien ya existían en América Latina, desde
la más temprana urbanización, circuitos de “levante” en lugares públicos,
determinadas calles, pasajes, parques, playas, plazas y baldíos adoptados como
refugio para encuentros más o menos clandestinos,1.
No obstante, aparte de los establecimientos designados como exclusivamente gay,
“para gays y simpatizantes”, como se dice en Brasil, o gay-friendly (donde
los gays son bienvenidos), el yiro2 y
levante más discreto continúan también siendo practicados en bares,
restaurantes, discotecas, cines, parques y estaciones y particularmente en los
sanitarios masculinos de esos locales, adonde quienes participan de estas redes
sin identificarse como homosexuales asisten con más frecuencia. Se suman al
listado también algunos lugares privados no necesariamente identificados públicamente
como gay; ciertos locales de exhibición de películas condicionadas (porno),
saunas y hoteles están diseñados específicamente para albergar encuentros
homoeróticos. Todos los lugares mencionados detentan las marcas de redes de
relación social que son perdurables a través del tiempo. Una observación más
demorada de su uso los revela, más que como meros espacios físicos, como
procesos de reproducción social, que involucran no sólo capacidades materiales
y sociales, sino también los significados construidos por sus usuarios y las
agencias externas a que se ven sometidos.3
Algo que esos sitios tienen de común y distintivo es que su
funcionamiento está montado sobre la posibilidad, asociada con el fenómeno
urbano, de desarrollar una vida privada individual, separada no sólo de la
esfera pública, sino también de los lazos ‘tradicionales’ de la familia y
de la comunidad.4 Con la expansión
de la democracia, las posibilidades de congregación e identificación grupa l y
la emergencia concomitante de un movimiento político de afirmación han
conducido no sólo a que un número creciente de hombres (y mujeres)
homosexuales organicen sus vidas personales alrededor de su homosexualidad, sino
también a que creen sus propias instituciones civiles.5
A partir de la ampliación de la base identitaria homosexual durante las
últimas décadas del Siglo XX,6 fueron
constituidas instituciones gays y lésbicas que proyectaron una ‘comunidad
imaginada’, en el sentido dado por Benedict
Anderson a las comunidades nacionales: ficciones posibilitadas por la
tecnología de la prensa, evaluables más por la creatividad con que son
imaginadas, que por la verdad o falsedad de su construcción. 7
Sin embargo, tanto desde el punto de vista de la sociedad, como desde el
del individuo, la conducta, el deseo o el amor homoerótico no determinan
necesariamente una identidad homosexual. Así como muchas personas que tienen
relaciones sexuales con miembros del mismo sexo no se definen como diferentes de
las demás, del mismo modo, las sociedades no tienen “homosexuales”
naturalmente.8 La homosexualidad,
como es entendida hoy en Occidente, como una dimensión de la personalidad,
motivo de estigmatización, discriminación y exclusión, pero también de
afirmación y celebración, fue ‘inventada’ o ‘apareció’ a partir del
Siglo XIX, inicialmente como codificación médica y jurídica.9
Así como es rechazada por amplios sectores de la sociedad,10
la identidad homosexual es frecuentemente repudiada también por quienes tienen
conductas o deseos homoeróticos. No todos los que frecuentan los sitios de
encuentro homosexual o los “hombres que tienen sexo con hombres” se
identifican autónomamente como homosexuales o “asumen” públicamente una de
las identidades englobadas en el campo semántico de las homosexualidades.
En un campo
caracterizado por tal fragmentación, las interacciones se caracterizan no sólo
por adoptar padrones segmentarios, sino también por cierta ambigüedad y
ausencia de coherencia –que sería un error sociológico juzgar como carencia.
En un plano pragmático, la inestabilidad de las categorías sexuales y de los
modos contradictorios con que la homosexualidad es comprendida y organizada se
debe a los variables tipos de situaciones que tornan una trayectoria homosexual
materialmente viable, definidos principalmente por la posibilidad de establecer
contactos sexuales. No existe correspondencia entre prácticas sexuales,
identidades y las categorías disponibles para su descripción, pues ambas son
irreductibles a tipos de individuos o discursos de época. Es como resultado de
procesos desarrollados en sitios específicos que se dan las condiciones para
determinada practica, determinada identificación o modo de nombrar. Varios
estudios políticos recientes sobre la homosexualidad en la Argentina evalúan
la politización de la “minoría sexual” y sus posibilidades de organización
como movimiento social, enfatizando, aunque con diferentes matices, el grado y
las dificultades para la publicización o “visibilización” de la
homosexualidad y de los y las gays, lesbianas, bisexuales, travestis y
transexuales en la esfera pública.11 Esas
versiones adoptan la metáfora de la “salida del armario” (coming out),
tropo canónico del movimiento homosexual, que avizora el ideal utópico de
abolir la distinción público/privado, lo cual liberaría a los disidentes
sexuales del prejuicio social que los condena al silencio y los inhibe de una
ciudadanía plena.12 Aún
compartiendo ese proyecto político, considero que en el análisis se está
operando un deslizamiento conceptual problemático, al fusionar no sólo la
carrera de determinados sujetos, sino también diversos contextos sociales y
horizontes ideológicos y prácticos empíricamente diferenciados, interpretando
las acciones según el sentido de un ideal dado. Someter los estilos de vida
homosexuales existentes a la escala valorativa del proceso civilizador es caer
en los dos tipos de desvío que Norbert Elias asigna a muchas investigaciones
históricas:13 el de la valoración
heterónoma (según los ideales del investiga dor) y el de reducir la
complejidad del fenómeno a la interpretación preconcebida del sujeto históricamente
situado. A modo de relativización, de lo que pretendo dar cuenta en este
trabajo es, como precisa Elias, “de la dimensión real del campo de decisiones
[... y] de la red de dependencias [del] hombre individual”,14
‘desencantar’ esas realidades para producir un conocimiento
comparable.
Para comprender
la complejidad de la sociabilidad homosexual desde un punto de vista
comparativo, examinaré la especificidad de un sitio en particular, el circuito
de yiro y levante homosexual en un parque público, como aparece situado en la
constelación de los diversos espacios de interacción homosexual viril en una
ciudad argentina de porte medio, Rosario, 300 kilómetros al norte de Buenos
Aires, durante los primeros años de la década de 1990. Estaba reconfigurándose,
por esa época, el ambiente gay citadino; la expansión y consolidación de una
red de locales privados de entretenimiento (bares y discotecas) acompasaba una
tendencia a ver, especialmente desde el punto de vista de los gays más jóvenes,
al yiro y al levante callejero como una opción moralmente corrupta.15
Esas prácticas pasaban a ser asociados más intensamente con la
prostitución (de travestis y de “taxi boys”), con la actividad de los
“tapados” y, en general, con un estatus de clase subordinado. El movimiento
homosexual rosarino era apenas incipiente, habiendo pasado por experiencias
organizativas relativamente efímeras. Entretanto, se asistía, en la TV y la
prensa nacional de Buenos Aires, a una intensa exposición de imágenes públicas
de la homosexualidad, que mediatizaba una disputa hegemónica entre los
discursos moralizadores del mainstream conservador y la disidencia sexual
representada por activistas de la Comunidad Homosexual Argentina, que se había
convertido recientemente en la primera organización gay argentina con estatuto
legal.
No pasa nada
–anuncia resignado cuando me acerco a saludarlo. Alude a que hay poca gente,
‘poco yiro’. Le pregunto qué pasa cuando ‘pasa algo’.
- Y... Vos te
vas por el alambrado del hipódromo, por allá atrás. El problema es cuando estás
vestido así, ‘de civil’. Hay que ponerse el uniforme. Si uno está vestido
de gimnasia, está corriendo. Por lo menos tenés la excusa de que estás
haciendo otra cosa. Porque la cana a veces se coloca allá por el caminito.
Jaime (músico,
30 años) Parque Independencia, Rosario, mayo de 1992
No dejó de
sorprenderme, cuando hice trabajo de campo en el circuito de yiro de Rosario, la
recurrencia y elaboración con que el control policial era mencionado en las
conversaciones entre sus frecuentadores.16
Frente al peligro de ser atrapado in fraganti, la actitud de conversación
servía a veces para encubrir otras actividades no consideradas licitas, como el
merodeo o el sexo en un lugar público. El comentario acerca de la proximidad de
agentes policiales también servía de advertencia para el novato o el distraído.
Pero, fuera de esos usos más pragmáticos, lo que más me sorprendía era la
frecuencia con que la presencia policial aparecía en el contenido de las
conversaciones, cómo era el tema escogido, por ejemplo, para iniciar un
contacto verbal entre desconocidos y ocupaba las rondas de charla entre los
frecuentadores habituales. El comentario de episodios de acoso policial, la
advertencia sobre áreas “peligrosas”, la cotación de la “coima”
(soborno) para no ser llevado a la comisaría, una minuciosa exégesis de la
conducta de los policías y la discusión acerca de la legalidad o ilegalidad
del control policial eran las temáticas recurrentes, casi exclusivas, de las
conversaciones durante el ‘tiempo muerto’, cuando el yiro “estaba flojo”
y “no pasa[ba] nada”. Podría decirse que la presencia policial y su
tematización eran elementos integrales de la práctica cotidiana de quienes
participaban de la interacción homosexual en espacios públicos. El merodeo y
el ‘sexo público’ entre varones fueron reportados y descritos en variados
contextos históricos y espacios nacionales, a partir del célebre trabajo de
Laud Humphreys sobre el sexo entre hombres en las áreas de descanso de las
autopistas suburbanas norteamericanas a finales de la década de 1960. 17
En la Argentina, las redes informales de homosexuales ya habían surgido
en el espacio urbano local antes de la vuelta del siglo XX. 18
La sociabilidad homosexual era caracterizada por el uso estratégico del
secreto y un código restringido que al mismo tiempo protegía y viabilizaba la
comunicación y la circulación por un circuito de calles, esquinas, plazas,
paseos y teatros, en búsqueda de encuentros –eróticos, amistosos o ambos–
entre pares. Con variados estilos de socializar la homosexualidad, los llamados
“entendidos” y “las locas”, que podían asumir una fachada estereotípicamente
masculina o presentarse como “amanerados” e inclusive travestirse, cargando
con el estigma de la afeminación, resistieron las investidas de regímenes
represores todo a lo largo del Siglo XX, expresando ya sea un interés, ya una
identidad, y asociándose en redes más o menos secretas, no obstante ya
territorializadas –por lo tanto, publicizadas– en burdeles, garçonnières,
salas teatrales, cines, circuitos de merodeo y tertulias.
Rosario en la década
de 1990 no es un caso aislado de preocupación oficial por la moralidad pública.
No resulta extraño reencontrar la intervención policial tematizada en relatos
etnográficos de la cotidianeidad homosexual en variadas partes del globo,19
en relatos literarios del Buenos Aires de los años 50 y 6020
o, recientemente (años 1998 a 2001) en las conversaciones y relatos de
frecuentadores de sitios similares en Buenos Aires y en Rio de Janeiro. Lo que
llama la atención retrospectivamente es, por un lado, cómo el Estado, a través
de la hegemonía del control sobre el uso del espacio público y en la producción
misma de ese espacio, está involucrado en los actos más íntimos y banales de
los individuos (varones) homosexuales.21
En una perspectiva comparativa, se hace útil señalar cómo esa relación
es atravesada por mediaciones que son múltiples y no se agotan en la figura del
Estado como principio regulador unificado.
En este trabajo
estudiaré cómo la presencia del Estado es elaborada en las prácticas del
merodeo, de la conversación y del sexo entre hombres en lugares públicos, a
través del relato de la participación policial en la vida cotidiana
homosexual. Es sugerente en este sentido la propuesta de Akhil Gupta,22
de estudiar el Estado etnográficamente, analizando tanto las prácticas
cotidianas de las burocracias locales, como la construcción discursiva del
Estado en la cultura pública. Gupta llama la atención sobre la distinción
entre lo que él llama ‘cultura pública’ y el concepto habermasiano de
‘esfera pública’, y discute el alcance de las nociones de sociedad civil y
de Estado como entidades monolíticas.23
Cabe señalar que la diferencia aludida no remite solamente a diferentes
unidades de estudio, como puede intuirse al comparar el circuito callejero con
el comercial, la vida doméstica y la vida pública, sino que hay también
implicaciones a ser exploradas en las conexiones entre las diversas escalas de
relación de individuos y grupos con el Estado, en una diversidad de espacios públicos.
Así como hablamos de una cultura pública, podemos referirnos a nuestra unidad
de análisis como la ‘cultura íntima’ de un determinado espacio social. 24
La idea de lo público y lo íntimo como modos de comprender espacio de
relación nos ayuda a enfatizar que ambas nociones aluden a un juego de escalas
y no a unidades sociales de contornos nítidamente diferenciados o plenamente
objetivables.25
“El Estado”
no tiene existencia empírica más allá de las objetivaciones y reificaciones
del mismo que múltiples agentes producen en su interacción cotidiana. Esas
relaciones concretas, las ‘prácticas estatales’, resultan centrales para la
definición, siempre situacional, de las fronteras entre lo público y lo íntimo,
entre lo público y lo privado y entre lo que es concebido como lícito e ilícito
en cada compartimento de ese orden traducido a dimensiones espaciales. Las prácticas
territorializadas del levante y del ‘sexo público’ entre hombres son
especialmente sensibles a lo que es construido como una presencia permanente de
la policía y de individuos identificados como “canas”26
en los espacios apropiados para la sociabilidad homosexual. Los espacios
de interacción homosexual se conforman demarcando áreas más o menos íntimas,
en relación con su visibilidad, y más o menos privadas, con relación al
acceso a recursos materiales y al mercado. El Estado como fiscalizador
(“naturalizador”, del griego physikós: relativo a la naturaleza) es una
presencia constitutiva –entre otras– de la intimidad en el cotidiano
homosexual. Examinaré las narrativas acerca de la intervención policial en el
circuito rosarino en 1992 y analizaré algunas de las imágenes producidas e
movilizadas en esos relatos, referidas tanto a lo público y a lo íntimo en el
espacio urbano, como a “la” sociedad, “la” policía, “los” policías,
“el” ambiente gay y “la” homosexualidad. Aparte de los grados de
‘ilegalismo’27 de las prácticas
estatales de control y represión de la actividad homosexual, me interesa
reconstruir el inventario de agencias imaginadas con relación a esas prácticas,
que implica un abanico de posibilidades que se abren o cierran, mediadas por la
participación ambivalente de individuos ambiguamente identificados con el
control estatal. La ley argentina, según el criterio napoleónico, adoptado
desde la bolición del Santo Oficio, no penaliza los actos homosexuales, en
tanto sean consensuados y se consumen en la intimidad de un espacio privado, o
sea, que no afecten el orden público. No existe, en Argentina la sodomía como
figura legal. Sin embargo, los espacios de encuentro y de socialización
homosexuales siempre han estado sujetos al control policial. La sospecha de que
los homosexuales, dada su marginalidad, participaban de otras ilegalidades
(“vagancia”, uso de tóxicos, “subversión” política) legitimó, tanto
durante dictaduras militares como en períodos democráticos, prácticas de
detención y acoso. Figuras como el “escándalo en la vía pública” y el
travestismo eran hasta muy recientemente codificadas como contravenciones
menores (no criminales) o “faltas”, en general pasibles de multa. En muchos
distritos las faltas estaban sujetas a juicio sumario a cargo de la autoridad
policial, como era el caso en la antiguamente llamada Capital Federal, hoy
Ciudad Autónoma de Buenos Aires, con la mayor concentración de población del
país, hasta un cambio de código acontecido en 1997. El control de la actividad
homosexual tuvo un lugar de singular privilegio en una agenda policial
desarrollada en el límite de la formalidad y de la legalidad, que llegó a los
extremos del secuestro, la tortura y la desaparición de personas, no sólo
durante la última dictadura militar, sino también durante el presente período
democrático, como lo relatan Sebreli, Perlongher, Rapisardi y Mondarelli y se
ve reflejado en los informes anuales de la Comunidad Homosexual Argentina, de
Amnesty International y en acciones de alerta de la Gay and Lesbian Human Rights
Commission. No obstante, las prácticas más frecuentes fueron y son la extorsión
de una “coima”, como pago de una especie de ‘peaje’ por la circulación
en zonas de ‘ligue’ y la detención por algunas horas bajo el pretexto de la
“averiguación de antecedentes” penales, autorizada por los códigos de
procedimientos policiales de muchas provincias y de la Ciudad de Buenos Aires y
a menudo legitimada por la no portación de documentos que acrediten la
identidad del detenido. Las personas travestis que realizan trabajo sexual (no
penalizado por la ley) son hoy en día las víctimas principales de este acoso,
como instrumento de presión para que su lucro sea compartido con las arcas
policiales. Los varones gays son víctimas ocasionales de ese tipo de control y
también de otros. Los agentes, de servicio, uniformados o “de civil” y
también fuera de servicio, como así también “canas truchos” (falsos policías),
se ofrecen como ‘carnada’, merodeando, dando a entender un interés sexual
para generar una oportunidad de extorsión.
Diversas
situaciones de abuso policial han sido denunciadas públicamente y desafiadas
por acciones jurídicas y políticas por parte del movimiento homosexual.28
Entretanto, en esta investigación me interesa otra dimensión de esa
interacción en tanto politización de la intimidad. Comprender el abuso
policial sólo en términos jurídicos, como violación de derechos ciudadanos
nos brinda un una visión bastante restringida de la construcción social de la
minoría, que privilegia determinados agentes y contextos: las instancias
estatales formalizadas de marco burocrático legal, por un lado, y la
“comunidad homosexual” representada a través de un modelo burocrático de
organización, por otro. En las páginas que siguen, exploraré algunos otros
modos de tematizar la intervención policial, reconstruidos con base en la
observación por medio de la participación y entrevistas informales con
frecuentadores del circuito callejero.
Hice
trabajo de campo en Rosario (aproximadamente 1.000.000 de habitantes, por
aquella época) entre mayo y agosto de 1992, beneficiándome de haber conocido
anteriormente algunos espacios y personas del ambiente gay. 29
Los enunciados de mis informantes durante mis observaciones y entrevistas
informales contienen referencias saturadas por los sobreentendidos y el interés
de charla de “entendidos”30 En
el contenido de los relatos, en las marcas indexicales que sitúo al ‘yo’
del enunciador y en las performances sociales que presencié es posible
descubrir, como coloca Federico Neiburg, refiriéndose a relatos de la
‘intimidad pública’ de elites políticas provinciales, “percepciones
acerca de la proximidad y la distancia social [donde] el sentimiento de vergüenza
propio de la exposición pública de la intimidad se combina con un[o] de
orgullo, porque los eventos [son parte de] historias políticas y culturales de
dimensión nacional”.31 En este
trabajo me interesa explorar el proceso social de ese sitio particular, el
circuito homosexual viril callejero, en sus posibles relaciones con el que se
que se estaba gestando en la prensa nacional, un agitado y amplificado debate
acerca de las imágenes públicas de la homosexualidad y sobre los proyectos del
movimiento homosexual. Mientras en esa esfera el activismo denunciaba públicamente
graves situaciones de discriminación y reclamaba el reconocimiento de derechos,
en el espacio más íntimo de la sociabilidad cotidiana, los puntos de vista de
los frecuentadores de los espacios de interacción homosexual se confrontaban
con los problemas del contacto con un público concreto e inmediato y con una
dimensión del “Estado”, la del poder de policía, que implicaba otro tipo
de mediaciones.32 Ese contraste
puede servir para iluminar las complejas relaciones que existen entre los
diferentes ‘públicos’ involucrados en las disputas contemporáneas que, con
foco en las “minorías sexuales”, refieren a nociones de una ‘buena
sociedad’ y de una ‘buena comunidad’. Argumentaré que las jerarquías
sociales puestas en juego en la performance concreta de identidades sexuales, la
multiplicidad de espacios, de agentes mediadores, de públicos involucrados y de
sentidos y valores asociados a la intimidad y a la publicidad requieren la
concepción no de una esfera pública –como imagina el ideal utópico moderno
de un diálogo entre iguales y como denota el recorte de la diversidad sexual
como cuestión de ciudadanía y de derechos humanos–,33
sino de varios espacios públicos compleja y conflictivamente
relacionados.34 En ese momento
existía poca actividad asociativa y acciones concretas del activismo homosexual
local. En el circuito comercial de entretenimiento, dos discotecas y dos bares
se disputaban una clientela fija, tratándose de una área consolidada y en
expansión. Pasé tres meses frecuentando esos espacios y los circuitos de yiro
de la ciudad: la “tetera”35 y
los terrenos baldíos linderos con una estación de trenes en vías de ser
clausurada (circuito diurno), las calles adyacentes a la estación de ómnibus
de larga distancia (contacto entre automovilistas y peatones), la zona comercial
del centro de la ciudad y el Parque Independencia (circuito nocturno). Las
características topográficas del parque y de los terrenos ferroviarios, a
diferencia de la calle, permitían realizar actos sexuales en el lugar y que
desarrollar en ellos una sociabilidad característica, con rondas de charla y
amigos que se encontraban diariamente, que traían novedades e inclusive una
merienda para compartir. Quienes concurrían a las tertulias improvisadas en el
Parque Independencia eran conocidos como “las locas del parque”. Era
frecuente el “loqueo” por parte de un grupo más acotado de frecuentadores,
cuya compañía era evitada por los demás, por considerar su actitud demasiado
ostensiva. “Esas locas”, con sus gritos y carcajadas, eran criticadas,
acusadas de espantar a los participantes más discretos y de provocar
incomodidad a los demás transeúntes, facilitando con ello la intervención
policial.
Los muchachos
con quienes conversé, participantes más o menos frecuentes del grupo
mencionado estaban todos alfabetizados, muchos habían completado el ciclo de
enseñanza secundaria y algunos eran estudiantes o graduados universitarios.
Todos veían cotidianamente programas de televisión y con frecuencia comentaban
noticias aparecidas en los periódicos locales. Conocían la acción de las
organizaciones homosexuales, pero si bien, como en tantas situaciones
cotidianas, se hablaba de “derechos” y de “justicia”, el lenguaje
utilizado para referirse a la negociación de los espacios homosexuales no era
uno específicamente jurídico, que aludiera a “derechos constitucionales”,
a la “ciudadanía” o a alguna instancia de la burocracia estatal. En la
convivencia cotidiana con el control policial y con otras interferencias de la
sociedad más amplia, el recurso más frecuente era la apelación a una ética
específica del yiro, una serie de normativas prácticas de carácter
moralizador, compartidas por los frecuentadores del circuito. El tropo más
frecuentemente movilizado en esas evaluaciones era el de la discreción, que
ligaba las conductas más preciadas a los valores de la masculinidad y la
distinción de clase y las más devaluadas a la mariconería y la necesidad.
Ese invierno en
el parque “había más yiro” que en temporadas anteriores, según mis
interlocutores, y eso parecía tener que ver, también según su relato, con un
recrudecimiento del control y de la represión policial en los baños y en la
zona de la estación de trenes.36 Había
habido el verano anterior, en el norte del país, un brote epidémico de cólera.
Una fuerte campaña de la Secretaría de Salud Pública de la Municipalidad en
radio, televisión y en la prensa local advertía a la población sobre los
peligros del agua contaminada y la importancia de la higiene doméstica.
Durante el
verano habían sido clausurados varios baños públicos de plazas y parques de
la ciudad, entre ellos el del Parque Urquiza y otro recientemente inaugurado en
la terminal de ómnibus suburbanos de la Plaza Sarmiento, ambos parte del
circuito de yiro y usados como teteras. Fue este uno de los primeros eventos que
me fueran relatados en relación con “la vida gay en Rosario” en las rondas
de charla. El cólera había sido, al parecer de algunos de mis informantes, un
pretexto. El objetivo encubierto era cerrar las teteras, como parte de una campaña
de “remoralización” encarada por el Intendente Héctor Caballero, que había
sido elegido, de acuerdo al relato corriente, gracias al discurso
“moralista” del Partido Socialista Popular (PSP). La remoralización del
discurso de Caballero consistía –al menos explícitamente– en “acabar con
la corrupción [política]”, pero no era difícil para mis interlocutores
establecer la conexión con la moral sexual. Poco tiempo antes, el Senador
Guillermo Estevez Boero, Presidente del PSP, había lanzado una campaña contra
la pornografía y era común entre la izquierda intelectual referirse a los
cuadros de ese partido como “puritanos”, “mormones” de la política.37
El deslizamiento en la interpretación de mis interlocutores no sólo era
posibilitado por la polisemia del término moral (moral política, moral
sexual), sino que venía pautado por la asociación entre corrupción política
y “promiscuidad sexual” que se atribuía al “entorno” del entonces
Presidente de la República, Carlos Menem –relato que era amplificado en los
medios masivos de nivel nacional y manipulado por el discurso político del PSP.38
Otra campaña pública
–esta concretamente “contra los gays”– fue lanzada en esa época por una
asociación local “de bien público”, la Liga de la Decencia. Junto con
agrupaciones afines de Buenos Aires, ligadas a la Iglesia Católica, solicitaron
a la Secretaría de Comunicaciones y luego demandaron ante la Justicia que se
censurase Zona de Riesgo II, una serie de ficción producida y difundida por una
cadena de televisión nacional con alto rating , cuyos protagonistas eran, en la
ficción, una pareja gay. Las entidades civiles demandantes consideraban al
drama televisivo un “atentado a la moral”. Tanto la Secretaría de
Comunicaciones como el Juez de turno rechazaron el pedido, pero el asunto alcanzó
una visibilidad inusitada en medios periodísticos,39
produciendo un efecto no deseado por quienes lanzaron la campaña: el
programa continuó aumentando su audiencia. La controversia sirvió para
instalar la homosexualidad como temática legítima de la esfera pública. Desde
inicios del Siglo XX, la prensa escrita expuso, apelando al escándalo,
historias de homosexuales. Los textos literarios colocaban la homosexualidad
bajo el signo de la degeneración que amenazaba a la nación como proyecto
moral. 40 Sólo a partir de la década
de 1960 comenzaron a ser proyectadas voces abiertamente homosexuales valoradas
positivamente en el campo literario. En 1969 se forma la primera agrupación política
homosexual, pero luego se sucedió una década de violencia política, silencio
y terror (1973-1983). 41 La
“apertura democrática” generó la reemergencia de la temática en la esfera
pública: dio nueva fuerza al movimiento identitario, con una significativa
presencia en los medios. Noticias, comentarios, reportajes, talk shows, series
de ficción y hasta bandas, canciones y anuncios comerciales comenzaron a
incorporar y discutir, ya sea afirmativamente, como resistencia o de modo
ambiguo, cuestiones de “orientación sexual”, “identidad de género” y
los “estilos de vida” de gays, lesbianas, travestis.
Situación 1:
El parque como hogar. La fiesta familiar.
Así como la
noción de una ‘política de la identidad sexual’ y la defensa de derechos
legitimaban la representación de los homosexuales a través de asociaciones
como el Movimiento de Liberación Homosexual (MLH), que existió en Rosario
durante la década de 1980, la misma publicidad hacía plausibles “campañas
oficiales” contra la sociabilidad gay. La actividad de la Liga de la Decencia
hacía evidente esa conexión. Entretanto, mis interlocutores en la rueda de
charla también se referían frecuentemente a lo oficial y a lo público de otro
modo y, particularmente, a través de otros agentes mediadores. El siguiente
extracto de mi diario de campo se refiere, con tono jocoso, a cómo se construye
la relación con el “control municipal” del Parque Independencia, una de las
principales zonas de yiro, levante y sexo entre hombres de la ciudad:42
Parece que el sexo en el parque había decaído últimamente, porque el parque está “más cuidado”. Comentan que “antes” todo era mucho más oscuro, y que incluso había más vegetación; que cortaron las ramas bajas de los árboles. Uno de los muchachos comenta, en tono de broma, refiriéndose al intendente Caballero:
- Parece que le
dijeron a la gorda caballera que los gays hacían mucho escándalo en el parque
y mandó a cortar todo el yuyal.
Y otro: - Antes
[al indagar surge que este “antes” podía ser el verano pasado] vos venías
y ahí había un grupo de cinco, ahí un grupo de cuatro, en cada arbolito había
una fiesta [se refiere a sexo entre más de dos personas].
Recuerdan la
‘edad de oro’ de “la catedral sumergida” [como llamaban al baño público
subterráneo clausurado a fines de los 80, a pocos metros de donde estamos
parados charlando]:
José: - Ahí
vos venías y te quedabas. Era todo una fiesta. Si el cuidador [municipal] no
estaba, era que se lo estaban culeando o estaba chupando pija.
Gerardo cuenta:
- siempre estaba uno más marica, de pantalón ajustado, que no tenía ni pelo
ni dientes. Yo llegaba siempre del ministerio y decía ahí viene la doctora.43
El Intendente
(el burócrata, el político) es parodiado como una “mujer torpe” (la gorda
caballera), que interviene en una situación sin conocerla directamente (le
dijeron) y, basado en información proveniente de fuentes tendenciosas (que los
gays hacían mucho escándalo ), perturbaba un funcionamiento que sólo se torna
potencialmente disruptivo, precisamente, a partir de su intervención. Protegida
por “los yuyos” y “las ramas bajas de los árboles”, la “fiesta” es
íntima y resulta inofensiva. Se torna pública, un “escándalo”, en cuanto
alguien, con un interés espurio, avisa (“le dice”). La intervención
oficial respondiendo al aviso (el intendente que manda a cortar el yuyal y las
ramas bajas de los árboles e iluminar la zona), también es vista como una acción
interesada, una toma de partido. El trabajo de la memoria en el relato nostálgico
evoca un “antes e la intervención” (del cierre de la tetera, de la llegada
de la iluminación, de la limpieza de la vegetación) inocente, de intimidad y
de eficaz regulación autónoma, a través del cual se expresaba –se expresa,
en el presente de la enunciación– cierta solidaridad comunitaria (donde el
“cuidador” estatal participaba de la fiesta) unida a un orden jerárquico
(una “marica” pobre que siempre estaba y una “doctora” que llegaba del
ministerio). El relato evoca una imagen hostil de la sociedad organizada
–lejos de una posible idealización de la esfera pública como espacio de
debate en pie de igualdad entre ciudadanos libres, democráticamente
representados. Como contrapunto, la sociabilidad homosexual se presenta por
intermedio de recursos que evocan la familiar autenticidad de una vida
comunitaria.
La
cana
Otra campaña,
que no parecía responder a ninguna coyuntura particular, pues era permanente,
era la de “la policía”. Por medio de la presencia ostensiva de móviles y
de policías uniformados que recorrían el parque a pie y desalentaban el yiro.
A esa “presión” se sumaba, según los relatos de mis interlocutores, la
estrategia de “canas de civil”, que se aproximaban sigilosamente y sorprendían
a los frecuentadores in fraganti, durante el acto sexual, o que se ofrecían
como “carnada”, dando a entender que estaban yirando, para luego atrapar a
quien se aproximase y llevarlo a la comisaría o extorsionarlo para que
contribuyera con las arcas policiales o con el bolsillo del propio agente, a
cambio de su libertad. Los relatos reconstruyen una imagen bastante nítida del
“cana” involucrado, dando cuenta de un arquetipo. Las narrativas indagan las
posibles motivaciones de este ‘cana entendido’ y explican la ilegitimidad de
su práctica. Por otra parte, tanto la racionalidad atribuida a la acción
policial, como la reconstrucción de la víctima, responden también a cómo el
enunciador entendido se representa a sí mismo. Los relatos aluden a un
horizonte de valor completamente saturado por marcas de relaciones de clase y de
género.
Situación 2:
“La joda” en Rosario Norte
[La estación]
Rosario Norte está difícil por la cana.44
Han hecho estragos por la zona atrás de la estación.
Sin embrago,
José aclara: - Los de Prefectura [policía náutica que controla esa zona,
sobre las barrancas del Río Paraná] están en la joda. Una vez me dijeron –
¿Vamo’ a tomá’ mate o a culeá’? Eran cinco y nosotros éramos tres.
José no
termina de contar la historia, pero aclara que él no aceptó la invitación
[que, con “los de prefectura”, para un homosexual, hubiera significado ser
penetrado]. Luego, con tono indignado, José le comenta a Gerardo el final de
una historia cuyo inicio habían presenciado juntos: - Al rubiecito al final se
lo culearon. Me cuentan que se trata de un chico joven [menos de 25, que es la
edad de José] a quien los de la guardia de Policía Federal de la Estación
Rosario Norte - le sacaron guita y después lo violaron en el destacamento que
tienen dentro de la estación. Dice que esto se lo contó uno de los de “la
federal” con quien siempre charla [dando a entender que a él no lo
maltratan]. Aparece con nitidez en el fragmento un tema que, doblemente
especificado, organiza el relato de la intervención policial: “la cana”
como predadora económica y como predadora sexual. La conducta policial es
explicada por esas dos motivaciones, las cuales componen la ética que viene a
caracterizar, para mis informantes, tanto la política de la institución en
general como la de sus miembros en particular. Más adelante veremos cómo el
interés sexual es tematizado de modo particular, profundizando sus
implicaciones con relación a las inclinaciones de ciertos policías. Por ahora
me interesa apuntar la ‘solidaridad entendida’ (homosexual) que se sugiere
en el reconocimiento de que “los de prefectura están en la joda”
(participan en relaciones homosexuales). Por ahora me interesa subrayar otro
matiz que alude, retóricamente, a la situación del narrador entendido, sujeto
de la enunciación. El estuprado es alguien más joven y delicado, un
“rubiecito”, mientras que José tiene piel morena y Gerardo tiene 40 años
de edad. Esas características personales y haber sido víctima del robo y del
estupro colocan al referente, protagonista de la historia narrada, en una posición
doblemente subordinada, por su juventud y por su delicadeza. El rubiecito es
disminuido al lugar de víctima a causa de su subordinación y feminizado por
obra del estupro, en cuanto el narrador y su interlocutor cultivan, ambos, en
estilo estereotípicamente masculino y el primero dialoga fluidamente con los de
prefectura y los de la federal. Al ser invitado a tener relaciones sexuales con
los primeros, él pudo negarse, por no aceptar ser penetrado por ellos y uno de
los últimos le contó, en confianza, la historia de la violación. La víctima
homosexual no es en este caso construida como ‘un entendido’ –que conoce,
entiende. Cae, precisamente, por no entender; a diferencia del sujeto de la
enunciación, que comparte códigos masculinos con los canas.
Situación 3:
La segunda prisión
En el cuento
Las Dos Prisiones de Víctor, Oscar Hermes Villordo 45
tematiza la victimización del homosexual en su relación con el policía
que actúa como “chongo” (hombre que tiene sexo con hombres, pero recusa la
preferencia por esas prácticas y la identidad homosexual46).
Víctor, preso por homosexual, es visitado durante la noche en su celda
individual por un hombre desconocido, masculino, a quien satisface sexualmente,
y que inmediatamente es retirado de la celda. Su soledad, desde ese momento, fue
muy grande. Confinado en la celda, arrinconado por el remordimiento, sufrió el
abandono de su condición. Ni siquiera tuvo el consuelo de llorar porque algo
oscuro le indicaba que las lágrimas no lo desahogarían –no lo redimirían–
de la pena de ser homosexual y de haber sucumbido a la tentación. En el epílogo,
el protagonista se reencuentra con el visitante misterioso, que resulta haber
sido el comisario de turno. No falta un comentario pedagógico, a modo de
moraleja: No podía pensar, no entraba en sus cálculos, que había sido
arrastrado por otro igual, o parecido , hacia la felacio que lo preocupaba y lo
afligía. La culpa era suya.47 Se
establece una estrecha relación entre la culpa y la soledad de Víctor y su
ignorancia –que lo distinguiría de quien, en algún registro, pudiera
entender. Expresando una distancia similar a la que establecen José y Gerardo
con respecto a la posición del rubiecito, aunque desde una posición diferente
con relación al victimario, el narrador plantea, apelando a la complicidad del
lector, un extrañamiento condescendiente con respecto a la posición de la víctima,
a su ‘segunda prisión’.
Situación 4:
Un tipo “sospechoso”
El siguiente
fragmento se refiere a la única conversación que tuve con Leonel (34), que
conocí en el principal punto de encuentro del parque, una tarde a fines de
julio, cuando no había otros frecuentadores presentes. El contacto comenzó
como un levante, pero enseguida se transformó en una charla de entendidos. Su
relato de una situación traumática involucrando a la policía fue espontáneo:
Nos miramos de
lejos y le sonrío, estableciendo algo de confianza y dando a entender que mi
interés no es sexual. Nos vamos acercando los dos. Nos saludamos y enseguida me
cuenta, comenzando así la charla, que estaba con miedo porque una vez lo llevó
la cana:
Él “lo
marcaba”48 desde el claro del
medio y el tipo “se pajeaba”49 contra
los arbustos. Se acercó y el tipo le preguntó: - ¿Qué te gusta hacer?
[aludiendo a sus preferencias en cuanto a los roles sexuales]
El tipo le
parecía “sospechoso”, por lo cual, - en vez de decirle “cualquier cosa”
o “de todo”, vos viste, le dije “nada”.
Se alejó, pero
el tipo, “pelando” la credencial, lo increpa: - Policía, acompáñeme.
El relato
continúa ya en la comisaría: - Me revisaron de arriba abajo. Por suerte tenía
nada más que treinta lucas encima [3 dólares]. Había ido a pagar el alquiler y estaba de vuelta. Si me agarraban a la
ida me pelaban.
Lo dejaron ir
con el compromiso de que dos días después, cuando estuvieran de guardia los
mismos, les llevara un millón y medio [150 dólares]
Yo había
juntado, con el cagazo que tenía, pero un amigo me dijo que un par de años atrás
le había pasado igual, que no me podían hacer nada hasta que me encuentren. Me
tomaron todos los datos, todos falsos. Lo único que les di, como un boludo, que
pueden usar, es el teléfono de mi vieja. Llamaron un par de veces pidiendo mi
dirección, pero yo a mi vieja le tengo prohibido que se la dé a nadie de
Rosario. En este relato, a diferencia de los anteriores, la víctima es el
narrador mismo. Por una parte, se destacan los recursos personales –en este
caso, su capital social– y comunitarios movilizados para minimizar el costo de
ser detenido: la experiencia del amigo, los datos falsos, el silencio de la
madre. Pero me interesa más llamar la atención sobre un detalle que, al ser
construido como banal y presentado lacónicamente en la conversación, como
sobreentendido, está saturado de sentido: Leonel introduce en su relato la opción
de responder “nada” a la pregunta del tipo “sospechoso”, aclarando cuáles
son las demás alternativas, “cualquier cosa” o “de todo”; y agrega,
dirigiéndose a mí, con complicidad, - vos sabés. Entre entendidos, queda
claro que la “sospecha” alude a la posibilidad de que el tipo “sea
cana”, esté ofreciendo sexo por dinero o ambas cosas. Todas esas alternativas
entrañan grados de peligro físico y moral. Con alguien no sospechoso hubiese
respondido “cualquier cosa” o “de todo”, indicando disponibilidad y
ausencia de prejuicios en relación con los papeles sexuales. Eso, entre
nosotros, era sobreentendido –yo, como entendido, “sabía”. Pero, para
alguien que se sospecha que actúa por intereses espurios, que en este caso
tienen que ver con la predación, la respuesta es “nada”. El predador es
construido como extraño, usuario ilegítimo del código del yiro, de quien hay
que cuidarse, porque puede incluso recurrir a la violencia si su trampa fracasa.
Situación 5:
“Tendrían que asumirse”
En el extracto
siguiente, de principios de agosto de 1992, los comentarios de mi interlocutor
son inducidos por mi participación en la escena. Yo había concluido, con
razonable certeza, que uno de los muchachos que estaba merodeando “era
cana”. Desde la acera perimetral del parque lo había visto pasar varias
veces, circulando alrededor de la zona “de yiro”, manejando un Ford Falcon
antiguo, pintado de negro, sin placa de registro, que imaginé resabio del
arquetípico Falcon verde, símbolo de la represión parapolicial de los años
70 y principios de los 80. Cuando entré en la zona, él ya estaba allí; alto y
corpulento, pero no gordo, representaba unos treinta años de edad. El cabello
negro corto, el bigote recortado y la piel oscura respondían al estereotipo de
los bajos rangos policiales y militares argentinos. Desde mi puesto de
observador comprobé que el pantalón de gabardina azul marino y el anorak del
mismo color que vestía podrían formar parte del uniforme de la Policía
Provincial o de “la Federal”. 50 El
supuesto cana se colocó junto a los arbustos a la sombra de una arboleda
lindera, como para orinar, pero se quedó mirándome, sin esbozar gesto alguno.
Simulé falta de interés o pudor, mirando en otra dirección, pero me quedé en
mi puesto, unos veinte metros en dirección a la avenida que bordea el parque,
bajo la iluminación de la senda principal que lo atraviesa. Percibí la
presencia de otro hombre, sentado en un banco, equidistante del presunto cana y
de mí, mirándonos a ambos. De entre treinta y cinco y cuarenta años de edad,
con barba recortada, piel más clara y de mi estatura (1,75 m), de complexión
delgada, calvo, vestido con ropas claras, cuidadosamente arregladas y
combinadas, llevaba una pequeña mochila escolar sobre sus espaldas. La
combinación de esos detalles, en ese lugar, respondía al estereotipo del varón
gay. En aquel momento interpreté que hasta ese momento ninguno había notado la
presencia del otro. Sin embargo, luego reconstruí que ya había habido algún
contacto entre ellos. Quien yo había identificado como gay se alejó, volviendo
en dirección a la avenida y estableciendo contacto visual conmigo mientras
pasaba. Lo seguí, con la intención de comentar la presencia de quien yo ya había
designado como policía. Habiendo establecido confianza con la mirada, después
de caminar unos cien metros a lo largo de una larga fuente, iniciamos la
conversación:
H: - ¿Ese tipo
será cana?
I: - A mí me
dan bronca los manejos que tiene la gente. Porque si tiene onda, que se la
banque y venga de frente. Y si no hay onda, que se deje de joder. Si el tipo se
bultea y a vos te gusta, bien. Pero si a otro no le va, que no siga jodiendo. Me
yiraba ahí, yo me voy, y el tipo me sigue... Si el tipo es horrible, la
dignidad es la misma, pero si uno no quiere saber nada con él, que no te siga
jodiendo.
[breve
silencio]
Para mí que éstos
[los canas que yiran] tienen onda pero no se la bancan. Como los que te piden
para el colectivo. A mí me contaron de un rubio de la Federal de Rosario Norte.
A los tipos les gusta y no se la bancan, entonces hacen como que te tienen que
levantar por obligación. Yo, si me yira uno, me gustaría decirle, “vení,
vamos para allá”, y pasar por la puerta del destacamento de ellos y decirle a
los otros, “miren lo que está haciendo un agente de ustedes”. Porque lo que
hacen es muy jodido. Si tienen onda tendrían que asumirse y ofrecerse, hasta
por unos mangos, a hacerte de campana por si viene alguna parejita [“hétero”]...
O cuidar que un tipo de cincuenta no se meta con uno de catorce.
En este
fragmento también, el significado y la evaluación de la conducta policial
fueron codificados con base en el sobreentendido de que mi interlocutor y yo
compartíamos las reglas implícitas que componen la ética del levante entre
hombres. El “bulteo” (tocarse la zona de los genitales, más o menos
ostensivamente, por encima del pantalón, mientras se establece contacto visual
con el destinatario de la seña) constituye una prueba irrefutable de interés
(real o simulado) en el intercambio sexual. Mi interlocutor relató que el
tercero involucrado en la interacción (que yo había designado como cana), al
insistir frente a su negativa explícita, había violado la etiqueta del yiro,
la frontera del contacto consensuado, lo cual lo tornaba un intruso. La exégesis
que produce con respecto a la motivación sexual de los policías
‘interesados’ en el levante homosexual no es una invención personal, sino
que expresa un dato del sentido común del ambiente entendido: se dice
frecuentemente que los policías que se entrometen en el yiro son homosexuales
reprimidos, gays no asumidos.
Conclusión
La construcción
discursiva de los canas como intrusos, participantes espurios del levante, y de
los homosexuales en algunos casos como víctimas del abuso policial, pero en
otros como expertos negociadores, moviliza no sólo imágenes públicas del
espacio urbano y de la sociedad, sino también vivencias más íntimas de y
acerca de los sujetos del relato. El peligro de la publicidad para la intimidad
homosexual asume un valor crítico para la definición de la ‘buena
comunidad’ en diferentes escalas: como buenos homosexuales en el código-territorio
segmentado del ambiente gay,51 como
buenos ciudadanos para la vida civil –la sociabilidad más pública– y como
buenos hijos, esposos y padres de familia – inclusive cuando en nuevas
alianzas se adoptan patrones “gay”. La violación, por parte de los policías
y de algunos homosexuales, de la intimidad que, desde el punto de vista
imaginado de la comunidad, debería ser resguardada, es evaluada como desvío.
Como operación discursiva, esa evaluación es también instrumental a la
construcción de la comunidad y a cómo la pertenencia a la misma, esa
‘intimidad cultural’, puede ser concebida, no en el nivel abstracto del
proyecto utópico, sino más bien como el horizonte vivido del día a día con
las relaciones más próximas.52 La
comprensión sociológica de la politización de la esfera íntima se ve tan
comprometida por perspectivas normativas que refuerzan a separación de esas dos
esferas –las políticas del don’t ask, don’t tell–, como con las que
idealizan su fusión –las políticas del outing. El desarrollo del ámbito de
la vida privada, como proceso histórico, más que aislar eficientemente lo que
sucede “puertas adentro”, intensificó su regulación y potenció el grado
de significación social de su publicidad. 53
Lo que los individuos quieren o pueden hacer en su intimidad es intrínsecamente
político, pues sus cuerpos, sus conductas, sus deseos y sus personalidades están
sujetos a ser representados públicamente de diversas maneras. Sin embargo,
desde sus manifestaciones más íntimas, asociadas en el pensamiento moderno con
la idea de comunidad, hasta las más públicas, ligadas a la constitución de la
sociedad,54 el deseo y la acción
no son reducibles a ningún dispositivo de representación. Por lo tanto, tanto
la aspiración de tornar la diferencia sexual algo completamente público y
visible, como la de segregar la conducta sexual como un aspecto privado,
escindido de la personalidad pública –cada una de esas aspiraciones–
expresa la soberanía de un principio y, en vez de reducir la tensión en el
punto de ruptura, “se torna síntoma de la violencia cultural y política que
produce [esa] separación”.55
El ejemplo de cómo
“el Estado” es mediado, en el espacio del yiro y el sexo callejero, desde el
punto de vista de los ‘entendidos’, por la participación ambigua y
ambivalente de “la cana”, nos advierte sobre el error de concebir al Estado
y a la sociedad civil como entidades monolíticas e imaginar a “la comunidad
homosexual” como un ente intrínsecamente solidario del movimiento político.
Lo que propongo incorporar, desde una perspectiva etnográfica, introduciendo,
como contrapunto, la experiencia y punto de vista de otros actores, es la
percepción sociológica de la existencia de una multiplicidad de sitios de
reproducción social de la sociabilidad homosexual, más allá de la normativa
emanada de discursos de época. Aunque dentro de los límites del presente
trabajo no haya sido posible completar una historia detallada de la
homosexualidad en el Argentina ni ofrecer un cuadro exhaustivo de los diferentes
sitios constelados en el ambiente gay contemporáneo, espero haber iluminado las
solidaridades y disputas que, desde los puntos de vista de los individuos que
participan del circuito homosexual callejero, informan y median las concepciones
vigentes de la división entre el espacio íntimo y el espacio público. Las
nociones del “Estado”, de la sociedad y de la comunidad homosexual
viabilizadas y los agentes que las mediaron en las interacciones examinadas
indican la necesidad de un concepto de espacio público organizado, mas que como
diálogo horizontal entre una comunidad de individuos libres, como una serie de
arenas sometidas a las tensiones de una compleja red de jerarquías,
desigualdades y violentas disputas hegemónicas.
Buenos Aires,
30 de abril de 2003
Referencias
* candidato doctoral, Programa de Postgrado en Antropología Socia l/ Universidad Federal de Rio de
Janeiro – Museo Nacional. hfsivori@yahoo.com.ar
1 Green 1999, Sebreli 1997.
2 A lo largo del presente trabajo adoptaré el uso gay de voces rioplatenses. Yiro del lunfardo porteño “yirar”: circular, andar sin un fin preciso, pero también merodear, andar al acecho, en general con fines sexuales; por extensión, “un yiro” es una mujer licenciosa (que anda a la búsqueda de encuentros sexuales). El habla gay rioplatense actual restringe su uso para denotar, exclusivamente, el fin sexual: andar al acecho en busca de encuentros eróticos o amorosos; en su forma transitiva, “yirar a alguien”, equivale a seducir a un desconocido en un lugar público.
3
Hollister
1999.
4
Sennet
1978.
5
Adam
y Duivendak 1999.
6 El movimiento gay-lésbico tiene antecedentes tan antiguos como la codificación científica de la homosexualidad.
7
Anderson
1983.
8
Brown
1999.
9
Foucault
[1976] 1977, Salessi 1995.
10 Kornblit y otros 1998.
11 Sebreli, op. cit.; Kornblit y otros, op. cit.; Brown, op. cit.; Rapisardi y Mondarelli 2000.
12 Lane 1999.
13 Elias [1969] 1982.
14 Op. cit.: 46.
15 Sívori 1994.
16 Aunque menos frecuente y menos ostensiva que otrora, la razzia, instrumento del “terrorismo de Estado” durante los años de la dictadura militar (1976-83) y otros “procedimientos” (detenciones más o menos indiscriminadas en la calle, por “averiguación de antecedentes penales”) continuaban siendo practicados en discotecas y bares gay y en los circuitos de yiro homosexual, tanto en Bueno Aires como en las ciudades del interior, por años después de la restauración de las garantías constitucionales. No obstante denuncias de organizaciones de derechos humanos durante todo el período, el abuso policial particular en contra de los homosexuales y travestis no se tornaría tema de debate en la esfera pública hasta ser colocado en la agenda de la Legislatura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires en 1997-98.
17
Humphreys
[1970] 1975.
18
Bao
1993; Salessi, op. cit.; Sebreli, op. cit.
19 En Leap (1999) encontramos una variedad de relatos, de Moore sobre Brisbane (Australia), de Nardi sobre Los Angeles, de Murray sobre pequeñas ciudades en el sur de California y en Arizona y sobre Tailandia, de Hollister sobre Binghamton, New York, de Aronson sobre Hanoi, Vietnam, y de Higgins sobre el Montréal previo a Stonewall. Green (op. cit.) se refiere al Rio de Janeiro de los años 40 y Perlongher (1987) al São Paulo de los 80.
20 Correas 1984, Sebreli, op. cit.
21 Repito aquí la formulación de Gupta (1995), a propósito de la relevancia del “discurso de la corrupción” en la India contemporánea.
22 Op. cit.
23
Habermas [1961] 1986. Cf.
Calhoun; Dean.
24
Lomnitz
1992; Herzfeld 1997.
25
Neiburg,
ms, s/d, s/n.
26 En el registro coloquial, “cana” es frecuentemente utilizado para un agente policial, miembro de cualquiera de las fuerzas distritales (provincial, federal o de fronteras) o de los servicios de inteligencia y seguridad estatal; también para expresar la sospecha, característica de la memoria de una sociedad militarizada, de que una persona está formal o informalmente ligada a las fuerzas de seguridad (como “parapolicial” o “paramilitar”).
27 Según Foucault, el dispositivo policial-carcelario no “controla” la ilegalidad, sino que la crea: sus prácticas “se desplazan en la medida en que nunca alcanzan su objetivo”. Entretanto, “el corte entre su delincuencia y otras ilegalidades” suscitan luchas y provocan reacciones (1975:250).
28 www.cha.org/derechos humanos/denuncias
29 La investigación de campo fue conducida en 1992 durante mi maestría en la Universidad de Nueva York (NYU), bajo la orientación de Claudio Lomnitz y Connie Sutton, con financiamiento de la NYU y de la Fundación Tinker. La temática desarrollada en el presente trabajo no fue explorada en la tesis de maestría (Sívori, op. cit.). Este trabajo se beneficia de los comentarios de Federico Neiburg y de Ricardo Benzaquen, en cuyos seminarios tuve la oportunidad de desarrollar el marco interpretativo. Los errores y omisiones, claro, corren por mi cuenta.
30 Aunque su uso ha caducado en el ambiente gay porteño, he escogido el término “entendido” porque condensa, en la jerga homosexual, la referencia a “quien conoce” (acerca de la homosexualidad) y “quien pertenece” (al ambiente homosexual).
31
Neiburg,
op. cit.
32 No intento decir que las acciones del movimiento sean menos concretas, que su contacto con el resto de la sociedad sea menos inmediato, ni que las organizaciones no se comprometan en la confrontación con el poder de policía. Propongo contrastar dos dimensiones de una relación, que en este caso se da entre varios agentes y en sitios diferentes, por un lado entre los frecuentadores de lugares públicos y los agentes de policía y por otro entre los activistas homosexuales y el aparato jurídico del Estado en la prensa nacional.
33 Habermas [1961] 1986, 1989 y 1990.
34 Dean, op. cit.
35
Préstamo de la voz inglesa
“tearoom”, cuyo significado literal es “salón de té”, sentido dado en
castellano a tetera como espacio; homófono de “T-room”, toilet room, que
designa, en la jerga homosexual viril tanto anglo como hispanohablante, a los baños
públicos que, en parques, plazas, estaciones, shoppings, bares, confiterías y
pizzerías, son apropiados como lugares de ligue homosexual y para relaciones
sexuales rápidas, que
generalmente no comprometen la identidad de los participantes. Cf.
Humphreys, op. cit.; Nardi, op. cit.; Hollister, op. cit.; Rapisardi y
Mondarelli, op. cit.
36 Como lo había observado Néstor Perlongher unos años antes en São Paulo, los desplazamientos territoriales de estas redes no acontecen apenas en el espacio físico, delimitando las fronteras de la interacción, sino que abarcan “el propio espacio del código”. La ‘deriva homosexual’ pone en movimiento toda la serie de atributos sociales que harían a la construcción de identidades, al punto inducirnos a dudar de la utilidad analítica de ese constructo: “no interesará tanto la identidad, construida representativamente por y para el sujeto individual, sino los lugares (las intersecciones) del código que se actualizan en cada contacto” (Perlongher 1987: 143-44)
37 El eslogan de la campaña versaba, cacofónicamente, “contra el manipuleo de lo erótico”, prestándose a innumerables humoradas, inclusive en la prensa y medios audiovisuales.
38 La misma asociación era recurrente en la cobertura periodística (simpatizante) de las denuncias y reclamos del movimiento homosexual. Sus argumentaciones explotaban, retóricamente, la paradoja entre la “insolvencia moral” del gobierno y la pretensión de regular la moral sexual de los ciudadanos.
39 Penchansky 1992. La serie tuvo 13 capítulos entre julio y setiembre.
40 Salessi, op. cit.
41 Rapisardi y Mondarelli, op. cit.
42 En los registros de campo la letra normal corresponde a mis comentarios ampliados, los comentarios entre corchetes son aclaraciones contextuales y las cursivas corresponden a citas aproximadamente textuales. Los nombres y profesiones (cuando corresponde) son ficticios.
43 Jueves, 23 de julio, alrededor de las 9 de la noche, en un claro iluminado de la parte exterior del parque, donde Gerardo (40), José (25), Hernán (24) y dos o tres grupos más de entre tres e cinco muchachos se quedan conversando “entre yiro y yiro”.
44 Los terrenos e instalaciones del ferrocarril se encontraban bajo jurisdicción de la Policía Federal.
45 Villordo 2000.
46 Sívori 2000.
47 Villordo, op. cit., 247, el subrayado es mío.
48 “Marcar”: establecer contacto visual.
49 “Pajearse” o “hacerse la paja”: masturbarse.
50 En territorios provinciales, la Policía Federal sólo actúa oficialmente en asuntos de contrabando, terrorismo y de tráfico de estupefacientes. El Parque independencia estaba bajo la jurisdicción del la Policía Provincial. La Brigada de Moralidad de esta última realizaba redadas diarias en la zona, tanto de modo encubierto (agentes de civil y coches sin identificación) como ostensivo (agentes uniformados y móviles policiales).
51 Perlongher, Cf. nota # 36.
52 Aunque quede fuera del alcance del presente trabajo, el análisis de los discursos oficiales (y “oficiosos”) acerca de la intervención policial estatal en la vida cotidiana homosexual, bajo la forma de reglamentaciones, controles y represión las prácticas de merodeo, levante y sexo entre hombres en espacios públicos, es relevante también para la discusión de la cultura íntima homosexual, en relación con la constitución de diversas esferas públicas y con el Estado. Los sugerentes análisis de Aronson (op. cit.), Beng Hui (1998) y de Higgins (op. cit.) se refieren al control de la sociabilidad homosexual como evento espectacular, como escena ejemplar tecnológicamente amplificada a través de campañas públicas en medios de comunicación, de control policial ostensivo y de intervenciones judiciales y sanitarias, donde se pone en juego la producción de la nación como comunidad moral.
53
Ariès
1985; Sennet, op. cit.
54 Tönnies (1979) explica la transición del mundo tradicional al mundo moderno a través de la oposición
idealizada entre ‘comunidad’ y ‘sociedad’.
55
Lane,
op. cit.: 250.
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