EL PODER DEL CUERPO Y SUS GESTOS. TRAVESTISMO E IDENTIDAD DE GÉNERO EN AMÉRICA COLONIAL: El CASO DE CATALINA DE ERAUSO.

                  Victor Rocha. Universidad de Chile

“La mujer no llevara vestido de hombre, ni el hombre vestido de mujer, porque Dios aborrece al que hace tal cosa”.

Deuteronomio 22, 5.

Si bien, Catalina de Erauso o la Monja Alférez sigue siendo considerada una mujer excepcional, en tanto transgresora de los comportamientos culturalmente asignados a las mujeres, y por lo tanto recordada por la historiografía tradicional en su calidad de “anormal” o “excepción que legitima la regla”.  Su historia nos permite acercarnos desde un punto de vista diferente al abordado en estudios anteriores, sobre la historia de las mujeres y de las mentalidades,[1] a la problemática de la construcción histórica de las identidades y relaciones de género durante el ordenamiento de la sociedad colonial americana en el siglo XVII.  En tanto la figura de esta mujer viril, además de ser una monja, alegoría identitaria de una mujer consagrada a Dios, también experimenta la experiencia del travestismo, entendida como ocultamiento y negación de los signos la feminidad con el propósito de transformarse en un soldado de espada y cruz, valiéndose para ello de la indumentaria masculina y la imitación de lo que debía ser un hombre.  Por consiguiente, Catalina de Erauso, al negar las exigencias de género que debía asumir, se constituyó en el “otro” que permitía regular simbólica y prácticamente por medio de los modelos del “deber ser”, la identidad de las mujeres y su rol dentro de una sociedad altamente jerarquizada, de tipo señorial y cristiana.  A través del travestismo podemos indagar en las estrategias utilizadas para definir lo que es propio o “natural”, según el discurso, para una mujer o para un hombre, así como también, esclarecer si este comportamiento era aceptado o sancionado socialmente, y en este último caso, analizar las formas específicas de control y como se ejercían en el caso de las mujeres travestidas.

En este trabajo exploratorio, entendemos el género como el saber que asigna significados a las diferencias corporales producto de los procesos de simbolización que cada cultura desarrolla.  Esta simbolización cultural nacida de la diferencia sexual conforma lo que se ha denominado el sistema sexo/género, es decir, aquel conjunto de prácticas, ideas, discursos, representaciones que dan atribuciones a la conducta objetiva y subjetiva de las personas en función de su sexo.  Al mismo tiempo, dicho sistema da sentido a la satisfacción de los impulsos sexuales, a la reproducción de la especie humana y en general a las relaciones sociales y de poder entre las personas.  Por esta clasificación cultural se definen no sólo la división del trabajo, las prácticas rituales y el ejercicio del poder, sino que se atribuyen características exclusivas a uno y otro sexo en materia de moral, psicología, sexualidad, comportamientos afectivos, etc.[2]   Desde este punto de vista, la identidad de género supone siempre un constante cruce de variables que determinan la vivencia de la feminidad o masculinidad en una época y en un lugar determinado.  La identidad de los sujetos históricos no se construye a partir de una sola categoría, más bien, es múltiple, ya que en ella confluyen la clase, etnia, edad y la sexualidad, entre otros.

En este contexto, el travestismo lo analizaremos tanto desde el plano simbólico como social, porque además de ser un producto cultural una condición y un status, también involucra una experiencia ontológica, vivida y experimentada de forma diversa y particular, sin embargo, siempre se encuentra articulada con la experiencia de la colectividad de la cual el sujeto forma parte.  Partiendo de la idea de que la identidad de género es un proyecto incesante de construcción e interpretación por medido del cual los sujetos se construyen a sí mismos, consideramos al cuerpo, en tanto realidad material definido dentro de un contexto social específico, como el nexo privilegiado entre el yo y la sociedad, lo real y lo imaginario[3], es decir, el cuerpo como en el soporte entre la posibilidad de elección ante las normas aceptadas y los modelos de género impuestos culturalmente.  De hecho, en el travestismo se juega con la diferencia entre la anatomía y el género que se exhibe, poniendo incesantemente en tensión el sexo anatómico, la identidad de género y la “performance de género”, entendida como la puesta en escena a través de gestos, actos y discursos de lo que se considera propio del ser mujer y hombre ante la mirada de los otros.  El carácter imitativo, contingente y dramático de la construcción de la identidad nos permite analizar por medio del concepto de “parodia de género”, propuesto por Judith Butler[4], las experiencias concretas de los sujetos históricos con las ideologías e imaginarios que definen su existencia y lugar en la sociedad.

La identidad dijo una vez Borges, es una fatalidad o una máscara[5], una construcción laboriosa en relación con los espejos, en palabra de Lacan[6].  Una mascarada para Joan Riviére[7] que obliga a las mujeres a exagerar su imagen de feminidad con el fin de disimular el verdadero poder alcanzado en la sociedad contemporánea, y así podemos seguir citando otros ejemplos sobre la emergencia de la problemática de la identidad en la actualidad, pero sólo queremos demostrar que la pregunta por ésta no es exclusiva al siglo XX, aunque asume un carácter diferente, el cuestionamiento sobre las llamadas identidades hegemónicas, basadas en la complementariedad de los sexos y la heterosexualidad, históricamente han sido subvertidas por el accionar de hombres y mujeres que consciente o inconscientemente se han sentido excluidos por un sistema de construcción “legítima” de las identidades en términos de oposiciones binarias y maniqueas, donde no existe posibilidad de escapar sino solo constituyéndose en el otro distinto.  Para ello, debemos construir una nueva memoria histórica que rescate la vivencia de aquellas/os que han tensionado desde las prácticas concretas un sistema sexo/género patriarcal y naturalizado a partir del siglo XVIII de acuerdo a Michel Foucault[8].

Antes de comenzar nuestro análisis, debemos recuperar, aunque de forma superficial, las experiencias de otras mujeres travestidas para dar cuenta de la problemática relación entre identidad femenina en sus múltiples fragmentos (esposa/madre/monja) y la necesidad de redefinir o escapar de estas identidades hegemónica impuestas e inscritas políticamente en el cuerpo de las mujeres.

Genealogía de los cuerpos femeninos enmascarados con ropajes masculinos: el travestismo en la tradición cristiana.  Una revisión teórica[9].

"Eunucos que se hicieron tales a sí mismo por el Reino de los Cielos".

Evangelio según Mateo 19, 12.

“Otras se visten de hombres, cambian la indumentaria, se avergüenzan de ser de lo que nacieron, se cortan los cabellos y alzan, con impudor, la apariencia de un hombre” (eunuco en el original latino).

San Jerónimo. Carta N° 22. A la virgen Eustoquia.

“Lo que la propia naturaleza aborrece tiene que ser inapropiado. La naturaleza viste a cada sexo con la indumentaria adecuada”.

San Ambrosio. Carta N° 78.

Existe una desconocida tradición de vida de santas en las que mujeres, a causa de su conversión a la virginidad, visten ropas de hombre y viven como hombres, ya sea en sus propias casas, el monasterio o en el desierto[10].  El ejemplo más antiguo de esto, transformado luego en el principal modelo ascético femenino, se encuentra relatado en los Hechos Apócrifos de Pablo y Tecla, (excluido de los libros canónicos) en los que santa Tecla se vistió de hombre para unirse a Pablo en su misión evangelizadora para convertir a los paganos.  Uno de los hechos más importante que cruza la historia de Tecla es el rechazo al matrimonio y la desobediencia ante las órdenes de su madre, todo ello con el propósito para seguir como un verdadero apóstol “la palabra virginal de la que Pablo había hablado”[11].  Otro ejemplo, más bien de transformación simbólica de género, se pude encontrar en el diario escrito hacia el año 203 por una mujer notable de la ciudad de Cartago antes de vivir la experiencia del martirio junto a su esclava Felicidad.  En este diario, santa Perpetua nos habla de sí misma, de su conciencia y de un Dios todopoderoso, para lo cual se apropia de los instrumentos de la escritura, sin embargo, transgrede sus reglas, ya que el lenguaje docto no le permite expresar sus vivencias relacionadas con lo divino  En uno de sus tantos sueños, antes de morir por la fe, se vio en el anfiteatro despojada de ropa y transformada en un hombre que luchaba contra las fieras.  Estas dos historias fueron recordadas constantemente como modelos a imitar por las autoridades de la Iglesia y utilizadas por las propias mujeres con la finalidad de legitimar la elección de una vida casta y dedicada a la vida espiritual.  Sus vidas adquirieron gran popularidad gracias a la complicación de relatos hagiográficos en lengua italiana hecha por el padre dominico Santiago de la Vorágine en el siglo XIII.  Esta colección encontró una rápida acogida en el medio clerical como secular, lo que permitió su publicación en distintas lenguas vernáculas, entre ellas la española.  Distintas investigaciones sobre la cultura literaria de los conventos en España y en América colonial, además de comprobar su existencia en las bibliotecas, han logrado establecer que era un libro fundamental en la educación de mujeres piadosas y de las propias monjas [12].  Sabemos que Catalina de Erauso además de saber leer y escribir, conocía latín, una herramienta útil para la lectura de libros religiosos, lo cual nos lleva a pensar que tal vez Catalina conocía muy bien estas historias convertidas leyendas hagiográficas.  Contemporánea a la vida de Catalina, aparece la recopilación de vidas de santos del Padre Rivadeneira (1599) llamada “Flos Sanctorum”[13], producto literario y espiritual de la política contrarreformista desarrollada a partir del Concilio de Trento (1545), en ella se recogen la historia de otras santas y monjas travestidas, entre ellas destacan: Pelagia, Marina/Marino, Margarita/Pelagio, Eugenia/Eugenio, anteriormente recogidas en la Leyenda Dorada del clérigo Santiago de la Vorágine[14].

Entre los antecedentes más próximos a la vida de Catalina de Erauso, destaca sin lugar a dudas, el de Juana de Arco, la virgen-caballero que salva a Francia de la invasión inglesa pero que luego sería condenada a muerte por las autoridades políticas y religiosas por su supuesto falso misticismo [15], y el de la española María Pérez en el siglo XII, quien combatió vestida de hombre contra los musulmanes, recibiendo por su heroica acción en defensa de la fe y del reino de Castilla, el apodo de la Varona.  Durante la Edad Media y el Renacimiento, el travestismo era una práctica muy común en el ámbito ritual de los carnavales y fiestas de locos, espacios legitimados para el desorden institucionalizado y para la supresión temporal de los tabúes y limitaciones normales, aunque claramente controlados por las autoridades, estos carnavales permitieron encauzar una cultura popular propia en donde las inversiones sociales y sexuales eran parte de un lenguaje reconocido por todos.  Sin embrago, y a pesar de su carácter de válvula de seguridad o de control social donde se purgaban resentimientos y frustraciones, los carnavales fueron utilizados por el mundo popular para dar inicio a motines y revueltas que cuestionaban profundamente el orden social, político y religioso imperante[16].  En este contexto debemos entender entonces la práctica social del travestismo.

La comprobación de la existencia de vidas de santas que se visten de hombres y de mujeres travestidas ha intrigado a los investigadores y ha generado una discusión teórica  en el ámbito de los estudios históricos y religiosos, destacando por sobre todo, el aporte fundamental de las perspectivas feministas en el análisis de este fenómeno.  El primer investigador interesado en este tema fue el escritor alemán de la segunda mitad del siglo XIX, Hermann Usener[17], quien considera que el origen de tales santas travestidas era el antiguo culto pagano a los bisexuales Afroditos de Chipre, a quienes se les ofrecían en sacrificio mujeres vestidas de hombres y los hombres los adoraban vestidos de mujeres.  Esta opinión prevaleció durante más de un siglo, hasta que la mitóloga francesa Marie Delcourt[18] señaló que no se trataba de la simple continuación de una práctica pagana, sino que tuvo motivos cristianos, sobre todo de origen gnóstico, es decir, de aquellos cristianos considerados herejes por la jerarquía eclesiástica, y que veían en la imagen de Dios una fusión de los principios masculinos y femeninos: un andrógino primordial de carácter divino [19].  La autora veía el arquetipo de la santa travestida no en los Afroditos de Chipre sino en la historia de santa Tecla.  Esta historia registrada en los Hechos Apócrifos de Pablo y Tecla, los cuales provienen de la tradición ascética que produjo muchos textos donde se habla de mujeres que usaron la castidad cristiana para afirmar una soberanía personal.  Para Marie Delcourt, el cambio de ropa de las mujeres de estas historias simboliza el rompimiento con su pasado femenino y su negación a aceptar el orden masculino establecido.  Las mujeres travestis anteriormente señaladas, y según sus historias relatas por Santiago de la Vorágine, emplearon la virginidad religiosa para escapar a los requerimientos impuestos por las ideologías de género existentes.  De acuerdo a la opinión del historiador norteamericano Wayne Meeks[20], la popularidad que gozaron las historias de las travestidas se basaba en el hecho de que estas mujeres representaban en el imaginario de ambos género, el ideal de asexualidad esencial para el cristianismo ascético.  En muchas de las fuentes consultadas se pone de manifiesto que mediante el cambio de ropa la mujer se transformaba metafóricamente en un eunuco con el objetivo de escapar a su destino social y también biológico: el matrimonio, la maternidad, el enclaustramiento cotidiano, lo que se esperaba tradicionalmente de una mujer, situación que volveremos a encontrar el la figura de Catalina de Erauso.  Por otra parte, en el caso de la monja alférez, es gracias a la renuncia de su  sexualidad que puede conquistar la representación, salvarse del olvido y entrar en la Historia, al acogerse a la sexualidad del que puede ser representado.  El cronista Pedro del Valle, estando en la cuidad de Roma en el año 1626, conoce casualmente a la ya famosa monja alférez, la que se encontraba visitando al Papa Urbano VIII con el propósito de conseguir su apoyo y seguir vistiendo como un  hombre, gracias a este inusual encuentro. Pedro del Valle nos entrega la siguiente representación masculina de tan espléndida figura (véase imagen 1):

“El 5 de junio vino por primera vez a mi casa el alférez Catalina de Erauso, vizcaína, venida de España y llegada a Roma el día antes.  Es una doncella de unos treinta y cinco a cuarenta años.  Su fama había llegado hasta mi en la India Oriental.  Fue mi amigo el padre Rodrigo de San Miguel, su compatriota, quien me la condujo.  Yo la he puesto después en relación con muchas damas y caballeros, cuya conversación es lo que más le agrada.  Francisco Crescensio, buen pintor la ha retratado.  Alta y recia de talle, de apariencia más bien masculina, no tiene más pecho que una niña.  Me dijo que había empleado no sé qué remedio para hacerlo desaparecer.  Fue, creo, un emplasto que le suministró un italiano; el efecto fue doloroso, pero muy a su deseo.  De cara no es muy fea, pero bastante ajada por los años.  Su aspecto es más bien el de un eunuco que el de una mujer.  Viste de hombre, a la española, lleva la espada bravamente como la vida, y la cabeza un poco baja y metida en los hombros, que son demasiado altos.  En suma, mas tiene el aspecto bizarro de un soldado que el de un cortesano elegante.  Únicamente su mano podría hacer dudar de su sexo, porque es llena y carnosa, aunque robusta y fuerte, y el ademán, que, todavía, algunas veces tiene un no sé qué de femenino”.[21]

A través de su cuerpo y gestos, Pedro del Valle concluye que Catalina es todo un hombre en apariencia, en tanto ella reproduce los signos y actúa de acuerdo a la norma de la masculinidad de tipo caballeresca y heroica vigente.  Pero es en la mano de Catalina donde el autor concentra su atención como signo de su feminidad, en tanto remite a su sexo, a su destino biológico, y no a la teatralidad del artificio exterior desarrollado por esta varonil mujer.  No debemos olvidar que en el barroco, contexto mental de la época, la apariencia no sólo era la carta de presentación del individuo, sino una sustancia moral, su ser verdadero expuesto a la mirada exterior.  El cuerpo y sus artificios eran la base material donde se gestaban los estereotipos que permitían definir la identidad social y genérica de los sujetos.[22]

Del Convento a la Conquista de América: Catalina de Erauso, una mujer soldado “de armas tomar”.

“Mi inclinación era andar y ver el mundo”.

Catalina de Erauso. Historia de la monja alférez, pág. 33.

“Militaba en estos tiempos en esta guerra una Monja encubierta, y en habito de soldado, con acciones varoniles, y desgarros de soldado que nadie juzgaba, que era mujer ni pudiera presumir, que era monja”.

Diego de Rosales. Historia General del Reino de Chile. Flandes Indiano, libro V, capítulo XXXVIII, pág. 808.

A pesar de los conflictos que suscita la autoría de estas memorias[23], a nosotros nos interesa la creación simbólica de esta figura femenina llamada Catalina de Erauso y las representaciones que de ella se han realizado.  Esta memoria de hechos y hazañas heroicas, se desplaza entre la autobiografía característica de la escritura conventual y la épica caballeresca.  Catalina al apropiarse de la palabra escrita va creando un discurso sobre si misma y sobre los otros, en el comienzo de esta relación, nos dice:

Nací yo, doña Catalina de Erauso, en la villa de San Sebastián, de Guipúzcoa, en el año de 1585 (1592) hija del capitán don Miguel de Erauso y de doña María Pérez de Galarraga y Arce, naturales y vecinos de aquella villa. Criáronme mis padres en su casa, con otros mis hermanos, hasta tener cuatro años. En 1589 me entraron en el convento de San Sebastián el Antiguo, de dicha villa, que es de monjas dominicas, con mi tía doña Úrsula de Unzá y Sarasti, prima hermana de mi madre y priora de aquel convento, en donde me crié hasta tener quince años, en que se trató de mi profesión.  Estando en el año de noviciado, ya cerca del fin, me ocurrió una reyerta con una monja profesa llamada doña Catalina de Aliri, que, siendo viuda, entró y profesó. Era ella robusta y yo muchacha; me maltrató de mano y yo lo sentí. A la noche del 18 de marzo de 1600, víspera de San José, levantose el convento a media noche a maitines. Entré en el coro y hallé allí arrodillada a mi tía, la cual me llamó, y dándome la llave de su celda, me mandó traerle el breviario. Yo fui por él. Abrí y lo tomé, y viendo en un clavo colgadas las llaves del convento, dejeme la celda abierta y volvile a mi tía su llave y el breviario... Fui abriendo puertas y emparejándolas, y en la última dejé mi escapulario y me salí a la calle, que nunca había visto, sin saber por dónde echar ni adónde ir. Tiré no sé por dónde, y fui a dar en un castañar que está fuera y cerca de la espalda del convento. Allí acogime y estuve tres días trazando, acomodando y cortando de vestir. Híceme, de una basquiña de paño azul con que me hallaba, unos calzones, y de un faldellín verde de perpetuán que traía debajo, una ropilla y polainas; el hábito me lo dejé por allí, por no saber qué hacer con él. Corteme el pelo, que tiré y a la tercera noche, deseando alejarme, partí no sé por dónde, calando caminos y pasando lugares...” (pág. 17-18. Hemos mantenido la ortografía y acentuación original.  La cursiva es nuestra).

Luego de esta breve reseña biográfica y de su transformación física en mozo, Catalina nos va relatando en un tono picaresco sus distintas aventuras por España y luego cuando se embarca al Nuevo Mundo, tierra de esperanza y desafío donde podrá demostrar ante otros hombres que es un varón hecho y derecho.  Tenía trece años cuando se embarco como grumete en un galeón que partía hacia América.  Establecía en Tierra Firme, se dirigió a Lima y se alistó como soldado en el ejército y en Chile luchó con extrema crueldad contra los mapuches sublevados y por su valentía fue nombrada alférez.  Prototipo de soldado español, Catalina encarnaba el ideario masculino de conquista y evangelización.  En estas tierras peligrosas, no es casual que se le diera el nombre del Flandes americano a Chile, Catalina buscaba la fama y la gloría, demostrando su lealtad al Rey y a su patria, que incluso la llevó a arriesgar su vida para recuperar el estandarte real en manos de los indígenas[24].  Uno de los episodios más interesantes, tiene que ver con el grado de perfección al que ha llegado en la imitación del accionar masculino, que incluso impide a sus compañeros de guerra y a su propio hermano, secretario del gobernador de Chile, darse cuenta que era una mujer y más aún, su propia hermana.  Sólo cuando fue herida de gravedad en el Cuzco y acusada de dar muerte a otro español, uno de los pasatiempos preferidos por Catalina eran las peleas callejeras y los desafíos de muerte luego de los juegos de naipes, confesó su verdadero sexo al obispo de la ciudad que incrédulo encargó a unas comadronas que reconocieran su “verdadera naturaleza” por medio de su sexo:

“A la mañana, como a las diez, Su Ilustrísima me hizo llevar a su presencia, y me preguntó quién era y de dónde, hijo de quién, y todo el curso de mi vida y causas y caminos por donde vine a parar allí. Y fui en esto desmenuzando tanto, mezclando buenos consejos y los riesgos de la vida y espantos de la muerte y contingencias de ella, y el asombro de la otra si no me cogía bien apercibido, procurándome sosegar, y reducir, y arrodillarme a Dios, que yo me puse tamañito. Y viéndolo tan santo varón, pareciéndome estar ya en la presencia de Dios, descúbrome y dígole: «Señor, todo esto que he referido a Vuestra Señoría Ilustrísima no es así. La verdad es ésta: que soy mujer, que nací en tal parte, hija de Fulano y Zutana; que me entraron de tal edad en tal convento, con Fulana mi tía; que allí me crié; que tomé el hábito y tuve noviciado; que estando para profesar, por tal ocasión me salí; que me fui a tal parte, me desnudé, me vestí, me corté el cabello, partí allí y acullá; me embarqué, aporté, trajiné, maté, herí, maleé, correteé, hasta venir a parar en lo presente, y a los pies de Su Señoría Ilustrísima.»  El santo señor, entretanto que esta relación duró, que fue hasta la una, se estuvo suspenso, sin hablar ni pestañear, escuchándome, y después que acabé se quedó también sin hablar, llorando a lágrima viva. Después me envió a descansar y a comer. Tocó una campanilla, hizo venir a un capellán anciano, y enviome a su oratorio, donde me pusieron la mesa y un trasportín, y me encerraron; yo me acosté y me dormí. A la tarde, como a las cuatro, me volvió a llamar el señor obispo, y me habló con gran bondad de espíritu, conduciéndome a dar gracias a Dios por la merced usada conmigo, dándome a ver el camino perdido que llevaba derecho a las penas eternas. Exhortome a recorrer mi vida y hacer una buena confesión, pues ya por lo más la tenía hecha y me sería fácil; después, Dios ayudaría para que viésemos lo que se debía hacer. Y en esto y en cosas ocurrentes se acabó la tarde. Retireme, diéronme bien de comer, y me acosté. A la mañana siguiente dijo misa el señor obispo, que yo oí, y después dio gracias. Retirose a un desayuno, y me llevó consigo. Fue moviendo y siguiendo su discurso, y vino a

decirme que tenía éste por el caso más notable, en este género, que había en su vida, y remató diciendo: «En fin, ¿esto es así?» Dije: «Sí, señor.» Replicó: «No se espante que su rareza inquiete a la credulidad.» «Señor -dije-, es así, y si quiere salir de dudas Vuestra Señoría Ilustrísima por experiencia de matronas, yo me allano.» Dijo: «Conténtame oírlo, y vengo en ello.» Y retireme por ser la hora del despacho. A medio día comí, después reposé un rato, y a la tarde, como a las cuatro, entraron dos matronas y me miraron y se satisficieron, y declararon después ante el obispo, con juramento, haberme visto y reconocido cuanto fue menester para certificarse, y haberme hallado virgen intacta, como el día en que nací. Su Ilustrísima se enterneció, despidió a las comadres y me hizo comparecer, y delante del capellán, que vino conmigo, me abrazó enternecido, en pie, y me dijo: «Hija, ahora creo sin duda lo que me dijisteis, y creeré en adelante cuanto me dijereis; os venero como una de las personas notables de este mundo, y os prometo asistiros en cuanto pueda y cuidar de vuestra conveniencia y del servicio de Dios.» Mandome poner cuarto decente, y estuve en él con comodidad y ajustando mi confesión, la cual hice en cuanto pude, y después, Su Ilustrísima me dio la comunión. Parece que el caso se divulgó, y era inmenso el concurso que allí acudió, sin poder excusar la entrada a personajes, por más que yo lo sentía y Su Ilustrísima también. En fin, pasados seis días, acordó Su Ilustrísima entrarme en el convento de monjas de Santa Clara de Guamanga, que allí de religiosas no hay otro, púsome el hábito. Salió Su Ilustrísima de casa, llevándome a su lado, con un concurso tan grande, que no hubo de quedar persona alguna en la ciudad que no viniese; de suerte que se tardó mucho en llegar allá. Llegamos finalmente a la portería, porque a la iglesia, donde pensaba Su Ilustrísima entrar antes, no fue posible; entendido así, se había llenado. Estaba allí todo el convento, con velas encendidas, y otorgose allí, por la abadesa y ancianas, una escritura en que prometía el convento volverme a entregar a Su Ilustrísima, o prelado sucesor cada vez que me pidiesen. Abrazome Su Ilustrísima, echome su bendición, y entré. Lleváronme al coro en procesión e hice oración allí. Besé la mano a la señora abadesa, fui abrazando y fuéronme abrazando las monjas, y lleváronme a un locutorio, donde Su Ilustrísima me estaba esperando. Allí me dio buenos consejos y exhortó a ser buena cristiana y dar gracias a Dios Nuestro Señor y frecuentar los sacramentos, ofreciéndose Su Ilustrísima a venir a ello, como vino muchas veces, y ofreciome largamente todo cuanto hubiese menester. Corrió la noticia de este suceso por todas partes, y los que antes me vieron y los que antes y después supieron mis cosas en todas las Indias, se maravillaron. Dentro de cinco meses, año de 1620, repentinamente, se quedó muerto mi santo obispo, que me hizo gran falta” (pág. 87-89. La cursiva es nuestra).

Soldado y virgen eran dos de los principales ejes de la identidad de esta monja travestida, quien a pesar de romper con la norma del enclaustramiento conventual, seguiría manteniendo intacto su voto de pureza con Dios, seguía siendo una mujer con/sagrada a un masculino superior, su deseo no era vivir una sexualidad masculina activa, sino experimentar la vida de un hombre conquistador.  El travestismo de Catalina lo debemos entender como un medio para acceder al derecho de elegir una forma de vida negada para las mujeres, esos seres ambivalentes y peligrosos, no olvidemos la sentencia pronunciada por uno de los hombres engañado por Úrsula Súarez en el Chile del siglo XVII: “esta niña ha de ser santa o gran mala”.  Por esta razón, la transgresión cometida por Catalina, pues colocó en crisis un sistema binario de construcción de las identidades basadas en las diferencias anatómicas (macho/hembra), no sería castiga ni por la ley eclesiástica y civil, porque seguía siendo una mujer virtuosa aunque repudiara los papeles femeninos impuesto, logrando a través de su accionar exaltar un modelo masculino altamente valorado en una sociedad.  En un expediente redactado para pedir una pensión en su favor por los servicios prestado a la corona, la que luego sería concedida por el mismísimo rey Felipe IV, se señala:

“Señor: El alférez doña Catalina de Erauso, vecina y natural de la villa de San Sebastián, provincia de Guipúzcoa, dice: que en tiempo de diez y nueve años a esta parte, los quince ha empleado en servicio de Vuestra Majestad en las guerras del reino de Chile e indios del Perú, habiendo pasado a aquellas partes en hábito de varón, por particular inclinación que tuvo de ejercitar las armas en defensa de la fe católica y emplearse en servicio de Vuestra Majestad, sin que en el dicho reino de Chile, en todo el tiempo que asistió, fuese conocida sino por hombre, hasta que algunos años después, en los reinos del Perú, fue descubierta ser mujer, forzada de un acontecimiento que no hace a propósito el decir aquí, y con estar en compañía del alférez Miguel de Erauso, su hermano legítimo, en el reino de Chile, nunca se descubrió a él, aunque ella le conocía por tal hermano; y esto hizo por no ser descubierta, negando la afición de sangre, y en todo el tiempo que servía en la guerra, y en la compañía del maestre de campo don Diego Bravo de Sarabia, fue con particular valor resistiendo a las incomodidades de la milicia como el más fuerte varón, sin que en acción ninguna fuese conocida sino por tal, y por sus hechos vino a merecer tener bandera de Vuestra Majestad, sirviendo como sirvió de alférez de la compañía de infantería del capitán Gonzalo Rodríguez, con nombre que se puso, llamándose Alonso Díaz Ramírez de Guzmán, y en el dicho tiempo se señaló con mucho esfuerzo y valor, recibiendo heridas, particularmente en la batalla del Perú; y habiendo sido reformado, pasó a la compañía del capitán Guillén de Casanova, castellano del castillo de Arauco, y fue entresacado de ella, por valiente y buen soldado, para salir a campear al enemigo. Como todo lo cual, y más, consta por las certificaciones de don Luis de Céspedes, gobernador y capitán general de Paraguay, que fue de infantería en Chile; de don Juan Cortés de Monroy, gobernador y capitán general de Veraguas, que también fue de infantería en Chile, y de don Francisco Pérez de Navarrete, que todos tres, y otros caballeros que han sido sus oficiales y maeses de campo, se hallan hoy actualmente en la corte, y le conocen muy bien por haberle visto servir a Vuestra Majestad, y saben hizo de capitán en el dicho reino de Chile y en el del Perú, y además de lo referido no queda su tragedia en lo dicho, pues habiendo llegado a estos reinos de España el año pasado de 1624, trató de ir en el de 1625 a la corte romana a besar el pie a Su Santidad, por ser el año santo, y caminando por el reino  de Francia, en Piamonte encontró con una tropa de caballería francesa, y como ella iba a caballo, con un criado y otros peregrinos españoles que iban en su compañía, la prendieron a ella como quien iba señalado entre los demás en hábito de peregrino, nombrándose el alférez Antonio de Erauso; y luego que asieron de ella la tuvieron por espía de Vuestra Majestad y dijeron que por tal la prendían, y después de haberla desvalijado y quitándola doscientos doblones de oro que llevaba para su gasto, la echaron en una cárcel, donde estuvo catorce días cargada de cadenas; y porque habiendo oído algunas cosas había respondido en decoro y reverencia de Vuestra Majestad, la maltrataron así de palabra como de manos, y si acaso la hubieran conocido que era mujer, confirmaran ser espía, con lo cual sin duda le quitaran la vida, y después que la soltaron no la quisieron dar paso para Roma, y así, ha vuelto a esta corte, que también este particular parece por información, con tres testigos contestes, sin otros de oídas. Por tanto, y porque así bien interpone los servicios del capitán Miguel de Erauso su padre, y del dicho alférez Miguel de Erauso y de Francisco de Erauso, que sirvió en la armada de Lima con don Rodrigo de Mendoza, y Domingo de Erauso, que se fue en la armada que salió para el Brasil, y volviendo de allá fue uno de los que perecieron en la almiranta, de las cuatro villas que se quemó, que todos tres fueron sus hermanos, Suplica a Vuestra Majestad se sirva mandar premiar sus servicios y largas peregrinaciones y hechos valerosos, mostrando en ella su grandeza, así por lo que tiene merecido como por la singularidad y prodigio que viene a tener su discurso, teniendo atención a que es hija de padres nobles e hidalgos y personas principales en la villa de San Sebastián, y más por la seguridad y rara limpieza con que ha vivido y vive, el testimonio de lo cual se puede sacar del mismo tiempo; por lo cual recibirá merced de que se le dé un entretenimiento de setenta pesos de a veintidós quilates al mes, en la ciudad de Cartagena de las Indias, y una ayuda de costa para poderse ir, en que conseguirá la que de Vuestra Majestad y su grandeza espera” (Expediente relativo a los méritos y servicios de Doña Catalina de Erauso, que se halla en el archivo de Indias de Sevilla, págs. 135-136).

Este modelo masculino reproducido por la monja alférez se basaba en lo que ella resume en una frase: “me embarqué, me alisté, maté, herí, maleé, engañé a mujeres y correteé”.  El travestismo de Catalina de Erauso se constituye en una estrategia para habitar en el mundo más allá de las fronteras de los sexos, por esta razón ella borra de su cuerpo y escritura los signos de la feminidad.  Las heridas y cicatrices provocada en su andar en América son el símbolo de este ir más allá, y no los estigmas de la santa o la mística[25], ella prefiere exhibir los signos de guerra, los tatuajes de la violencia.  Catalina ve borrada su feminidad porque su mundo de valores está constituido por lo épico y la gloria, porque abraza los valores del héroe.  Un héroe que coincide con el perfil del conquistador en América, con la ideológica del género de las Vidas de soldados, y con el discurso imperialista español del siglo XVII.  El hecho de que el personaje femenino hable en masculino contribuye a perfilar su excepcionalidad y su “rareza”, es decir, favorece la heroicidad de la narración y, en consecuencia, su legitimación, mientras por otra parte, marca también su carácter “monstruoso”, el “fenómeno de barracón”, que supone una mujer desviada de su destino “natural” de esposa, madre, santa o beata.

Nunca sabremos si Catalina[26] realmente se sentía lesbiana, aunque no duda en ciertas ocasiones en confesar cierta “inclinación hacia las mujeres”.  Además porque en una sociedad premoderna como América colonial la relación tan estrecha entre identidad y sexualidad todavía no era tan clara ni psíquicamente natural.  Comentarios médicos y psiquiátricos realizado a su personalidad enigmática en el siglo XIX, no dudan en catalogarla de hermafrodita, encasillando por lo tanto su comportamiento en lo abyecto y lo amoral, porque escapa al sexo unívoco y al sistema binario que gobierna las normas de género.  Parafraseando a Foucault, Catalina confunde al sexo y a la identidad, encargados de entrega a los individuos la verdad sobre su ser[27].  A partir del siglo XIX, Catalina de Erauso deviene en un objeto pataologizado en el espacio de una nueva construcción teórica: el de los desordenes sexuales, la hipersexualidad y la homosexualidad.

Fuentes

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Villemur, Frédérique. “Saints et Travesties”, en: Clio. Histoire, Femmes et Sociétes. N° 10, Press Universitaires du Mirail, Université de Toulouse, 1999, págs. 55-89.

_________

[1]

Para un panorama general de las temáticas abordadas por los estudios de la historia de las mentalidades y de las mujeres, y sobre la incorporación reciente de la categoría de género en la historiografía, véase: Carmen Ramos Escandón. “La nueva historia, el feminismo y la mujer”, en: Género e Historia: la Historiografía sobre la Mujer. Carmen Ramos E. (compiladora) Instituto Mora-Universidad Autónoma Metropolitana, México, 1992, págs. 7-37, y Víctor Toledo Llancaqueo. “Historias de las mujeres en Chile y la cuestión de género en la historia social. Apuntes para un balance preliminar”, en: Huellas. Seminario Mujer y Antropología. Sonia Montecino, María Elena Boisier (editoras). CEDEM, Santiago, 1993, págs. 51-64.

[2]

Cf. Teresita de Barbieri. “Sobre la categoría de Género. Una introducción teórica-metodológica”, en: Fin de Siglo. Género y cambio civilizatorio. Ediciones de las Mujeres N° 17, Isis Internacional, Santiago, 1992, págs. 11-26.  Gayle Rubin. “El tráfico de mujeres: notas para una “economía política” del sexo”, en: El Género: la construcción cultural de la diferencia sexual. Marta Lamas (compiladora). PUEG-UNAM, México, 1996, págs. 35-93, Rubin define el sistema de sexo/género como "el conjunto de disposiciones por el que una sociedad transforma la sexualidad biológica en productos de la actividad humana, y en el cual se satisfacen las necesidades humanas transformadas... sede de la opresión de las mujeres, las minorías sexuales y algunos aspectos de la personalidad humana en los individuos”, pág. 37.  La historiadora norteamericana Joan W. Scott, en su influyente artículo “El Género: una categoría útil para el análisis histórico”, indica que éste "es un elemento constitutivo de las relaciones sociales basadas en las diferencias que distinguen los sexos", agregando que es también “una forma primaria de relaciones significantes de poder", en: El Género: la construcción cultural de la diferencia sexual, pág. 289.

[3]

Cf. Roy Porter. “Historia del cuerpo”, en: Formas de Hacer Historia. Peter Burke (editor). Alianza Editorial, Madrid, 1994, págs. 255-286.

[4]

Judith Butler. Gender Trouble. Feminism and the subversion of identity. Routledge, New York y Londres, 1990.  De la misma autora, véase también: “Variaciones sobre sexo y género. Beauvoir, Wittig y Foucault”, en: El Género: la construcción cultural de la diferencia sexual. Marta Lamas (compiladora). PUEG-UNAM, México, 1996, págs. 303-326.

[5]

J. L. Borges. “El Aleph”, en: Obras Completas. Emecé Editores, Buenos Aires, 1984, págs. 533-629.

[6]

Jaques Lacan. Ecrits. Seuil, 1996.

[7]

J. Riviére. La feminidad como máscara. Editorial Tusquets, Barcelona, 1979.

[8]

M. Foucault. Historia de la Sexualidad. La voluntad de saber. Siglo XXI Editores, México, vol. 1, 1998.  Entendemos por patriarcado al sistema de dominación que permite a los hombres controlar la capacidad reproductiva, erótica y la fuerza de trabajo de las mujeres, y al patriarca que ejerce ese dominio.  Para profundizar en este concepto: Gerda Lerner. La Creación del Patriarcado. Editorial Crítica, Barcelona, 1990, introducción.

[9]

El mejor estudio para aproximarse a este tema es el de Frédérique Villemur. “Saints et Travesties”, en: Clio. Histoire, Femmes et Sociétes. N° 10, Press Universitaires du Mirail, Université de Toulouse, 1999, págs. 55-89.

[10]

Margot King, en su estudio: The Desert Mothers: a Survey of the Feminine anchoretical. Tradition in Western Europe.Peregrina Publishing, Skatoon, 1984, señala que el desierto de Egipto estaba virtualmente poblado por  mujeres ascetas entre los siglos III y V., pág. 2 y 3.

 

[11]

Vie et Miracles de Sainte Thècle. Dagron Gilbert. Société des Bollandistes, Subsidia Hagiographica 62, Bruxelles, 1978, pág. 12.

[12]

M. Leticia Sánchez Hernández. “Las variedades de la experiencia religiosa en las monjas de los siglos XVI y XVII”, en: Arenal. Revista de Historia de las Mujeres. Universidad de Granada, Vol. 5, n° 1, Julio 1998, págs. 69-105.  Josefina Muriel.  Las mujeres en Hispanoamérica colonial. Editorial Mapfre, Madrid, 1992.

[13]

Nosotros hemos podido acceder a la reedición del original publicado por Alonso de Villegas en 1775. Santoral Extravagante. Una lectura del Flos Sanctorum. Ana Martínez Arancón. Editora Nacional, Madrid, 1978.

[14]

S. De la Vorágine. La Leyenda Dorada. Traducción de Fray José Miguel Macías. Alianza Editorial, Madrid, 2 vols.

[15]

Para profundizar, ver: Frédérique Villemur. “Saints et Travesties”, Op. Cit.

[16]

Peter Burke. La Cultura Popular en la Europa moderna. Alianza Editorial, Madrid, 1996, págs. 257-291.

[17]

Esta información es proporcionada por Sabino Perea. El Sexo Divino. Dioses hermafroditas, bisexuales y travestidos en la Antigüedad Clásica. Alderabán Ediciones, Madrid, 1999.

[18]

M. Delcourt. Hermaphodite: mythes et rites de la bisexualité dans l´ Antique classique. PUF, Paris, 1958.

[19]

Cf. E. Pagels. Los Evangelios Gnósticos. Editorial Crítica-Grijalbo, Barcelona, 1996, págs. 91-115.

[20]

Margot King, The Desert Mothers: a Survey of the Feminine anchoretical. Tradition in Western Europe.Op. Cit.

[21]

Pedro del Valle. “El peregrino”, documento citado en: Historia de la Monja Alférez escrita por ella misma.  Presentación y epílogo de Jesús Munárriz. Ediciones Hiperión, Madrid, 2000, págs. 107-108. La cursiva es nuestra. Cf.  Sor Imelda Cano. La Mujer en el Reyno de Chile. I. Municipalidad de Santiago, 1981, págs. 143-152.

[22]

F. Tomás y Valiente, B. Clavero. Sexo Barroco y otras transgresiones premodernas. Alianza Editorial, Madrid, 19990, págs. 11-31.  Isabel Cruz de Amenábar. “El ropaje barroco como metáfora del cuerpo, 1650-1750”, en: El Traje. Transformaciones de una segunda piel. Ediciones Universidad Católica, Santiago, 1996, págs. 27-83.

[23]

Véase: Historia de la Monja alférez Doña Catalina de Erauso, escrita por ella misma, e ilustrada con notas y documentos por D. Joaquín María de Ferrer. Imprenta de Julio Didot, París, 1829.

[24]

 El relato de su participación en la guerra de Arauco es uno de los capítulos más extensos de este memorial de méritos.

[25]

Margo Glantz. “El cuerpo monacal y sus vestiduras”, en: Sor Juana Inés de la Cruz. ¿Hagiografía o autobiografía?. Editorial Grijalbo, México, 1995, págs. 203-215.

[26]

El problema del lesbianismo desde una perspectiva histórica es abordado por Judith Brown. “Sexualidad lesbiana en la Italia del Renacimiento: el caso de sor Benedetta Carlini”, en: Historia y Género. Mujeres en la Europa Moderna y Contemporánea. Edición a cargo de James S. Amelang y Mary Nash. Ediciones Alfons el Magnánin, Valencia, 1990, págs. 167-176.