«Si es difícil vivir, es aún
más difícil explicar nuestra vida».Marguerite Yourcenar
«Gay is okey». Consigna homosexual
En los últimos 40 años de
este siglo que agoniza, todos y todas fuimos testigos de fantásticas mutaciones
de la sociedad moderna. Entre ellas, una de mayor significación e impacto es,
muy seguramente, expresada por los encuentros entre hombres y mujeres en la
intimidad, desde el cuerpo, el deseo y la palabra; en efecto, la revolución de
la condición femenina por medio de su inaugural deseo de ser, de existir y de
hablar ha transformado hondamente la manera como hombres y mujeres se encuentran
y se juntan hoy, y ha provocado un cambio más radical a lo largo de estas
cuatro últimas décadas, que durante los dos mil años que las precedieron. En
relación con el amor y la sexualidad, las normas se trastocaron, muchos códigos
se derrumbaron y nuevas estrategias, cada vez más individuales, se
multiplican a sabiendas de que todas pueden aspirar hoy a una misma legitimidad
y a un mismo reconocimiento social, aun si todavía estamos lejos de aceptarlo,
por lo menos en Colombia.
No obstante, el camino está abierto; este camino hacia el derecho a ser y
sentir lo que uno o una quiere ser y sentir; el derecho a existir y el derecho a
que su palabra sea tomada en serio. Y, como ya lo anunciaba, si uno de los géneros
sabe algo de esto, es el femenino. Esta mutación la ha luchado, la ha vivido,
la vive todavía día tras día. El hecho de ser mujer, sicóloga y feminista, y
en consecuencia interesarme por los movimientos sociales —específicamente el
movimiento social de mujeres—, me otorga entonces, creo yo, alguna legitimidad
para hablar de la cuestión homosexual. Por otra parte, feministas y
homosexuales compartimos —o deberíamos compartir— muchas estrategias de
lucha, tanto en el campo teórico como en la militancia cotidiana; en este
sentido el movimiento gay y lesbiano nunca me ha sido indiferente, así que he
tratado de seguir con alguna vigilancia su recorrido. Además creo que hoy en día
nadie, quiero decir ningún ciudadano o ciudadana del mundo moderno, puede estar
alejado de los gays y de las lesbianas. Su misma visualización colectiva en la
cultura urbana por medio de una estética, de un destape paulatino pero seguro
en los espacios públicos, en los medios, en las calles y en los bares, nos
obliga a reflexionar sobre la cuestión homosexual porque ahí están: amigos o
amigas, hijos o hijas, aunque podríamos decir —y sobre esto volveremos más
adelante— que las homosexualidades se encuentran hoy en todas partes, menos en
la familia... Pero ya nadie puede obviar del todo su existencia. Alimentan temáticas
de cine, de teatro, de novelas, y de cada uno de los campos de la estética. Ahí
están, querámoslo o no, sin importar si podemos responder a la pregunta de si
nacieron o se hicieron homosexuales. Están, y al igual que para los
heterosexuales el protagonista de su relación es el amor, el mismísimo amor
con todos sus goces y estragos, su sexualidad, exactamente como la heterosexual,
se ha construido subjetiva, histórica y culturalmente.
Me alegro de que los gays y las lesbianas estén ahí; me alegro porque vuelven
a dar sentido a muchas de las grandes cuestiones de la ciencia social en este
fin de siglo, a muchos de los interrogantes sobre la modernidad y la
posmodernidad; de nuevo le dan significado a la cuestión del poder y de las
especificidades de la dominación simbólica que se ejerce todavía sobre las
mujeres, y con más fuerza sobre ellos y ellas, los gays y las lesbianas;
vuelven a cuestionar todos los ordenamientos históricos naturalizados a lo
largo de los siglos; vuelven a cuestionar, tal como lo hicieron los movimientos
feministas, lo incuestionable; nos ayudan a vivir en un mundo en el cual todo lo
que pensábamos imposible se torna posible. En este sentido el movimiento social
de mujeres y el movimiento gay y lesbiano nos devuelven la fe en las utopías.
De lo natural a lo cultural o
de la historicidad de las sexualidades
Volver al paso de un orden natural a un orden cultural me parece importante cada
vez que necesitamos recordar que la única naturaleza de los seres humanos es la
cultura, o que recurrir a la ley natural —como lo hacen todos los detractores
del feminismo o de las homosexualidades— no tiene sentido. No existe tal ley
natural y hoy sabemos que, exactamente de la misma manera como no hay naturaleza
femenina o naturaleza masculina, tampoco existe una ley natural del amor o de la
sexualidad. Ni la masculinidad, ni la feminidad, ni el amor, ni el erotismo son
naturales; todos estos conceptos son constructos culturales e históricos.
Volver a la ley natural como principio de argumentación es retornar al orden de
lo biológico, a la lógica del instinto, de la cópula del macho y de la hembra
que no pueden sino reproducir ciegamente la especie, fuera de toda ética, fuera
de toda historia y, por ende, sin ninguna posibilidad de transgresión, que es
lo que posibilita la cultura, la ley y, en general, los dispositivos ideológicos
de una sociedad.
En efecto, desde que este extraño «mutante humano», en un proceso que duró
millones de años, se levantó sobre sus dos piernas y empezó a habitar el
mundo, ya no sólo perceptual y sensorialmente sino también en forma conceptual
gracias a la liberación de la palabra, del símbolo y por tanto del deseo,
nunca más volvería a someterse simplemente a la lógica del instinto o de la
pura necesidad. Desde que el macho y la hembra cedieron el paso al hombre y a la
mujer, seres hablantes, soñadores y constructores de futuro, seres de memoria y
por consiguiente de amores difíciles y a menudo contrariados, la ley natural
del instinto y de la cópula se volvió insuficiente para explicar la
complejidad de lo humano, en particular en materia de sexualidad, de deseo, de
erotismo, de placeres y de prácticas de sí, conceptos que pertenecen
definitivamente a la cultura.
Poco a poco, y a medida que se alejaban los puros determinismos biológicos en
los cuales están encerradas todas las especies animales, la naturaleza de lo
humano se volvió cultura y se creó un orden de interpretación ya no sólo
biológico sino predominantemente simbólico. Un orden en el cual —en cuanto
al tema que nos interesa hoy— ya no existe un objeto sexual específico a la
necesidad, ni respuesta exacta a la demanda de amor, porque —como dice Michel
Foucault— se problematizó el sexo en sexualidad, que es mucho más que sexo,
porque pasar de éste a aquélla es pasar del acto puro, sencillo y aséptico, a
la demanda, que es demanda de amor, a la relación que es palabra, interpretación,
construcción de un otro o una otra de deseo, de un otro u otra fantaseado
dentro de un contexto histórico y ético que son los que precisan, ordenan y
disciplinan ahora nuestros encuentros.
Significa por consiguiente que al perder la respuesta exacta a la demanda de
amor, cualquier objeto sexual puede volverse objeto posible y que, en materia de
opción sexual, la heterosexualidad representa sólo lo que ha sido más
fuertemente normatizado y disciplinado por una cultura, o dicho en otras
palabras, la actitud más comúnmente adoptada por presión cultural. Nos
permite entonces recordar la historicidad de los dispositivos de la sexualidad
gracias, entre otros, al monumental trabajo de Foucault sobre el tema.
Sabemos hoy que cada época pensó, moldeó y codificó la sexualidad según
esquemas a veces profundamente distintos; en este sentido Foucault nos recuerda
que cuando nos preguntamos sobre la legitimidad de la homosexualidad, nos podríamos
preguntar así mismo sobre la legitimidad de la heterosexualidad, sobre su
invención y sobre los discursos que la construyeron e instalaron en cuanto
realidad normativa. Por supuesto sabemos que el confort de la normatividad nos
vuelve particularmente perezosos en el campo intelectual y por eso preferimos
recurrir a una presunta ley natural. Pero en los Estados Unidos, país que tiene
una larga tradición de movimientos y estudios gays y lesbianos, uno de los
pioneros de estas investigaciones, Jonathan Katz, escribió La invención de la
heterosexualidad, libro que fue seguido de numerosos trabajos articulados a esta
idea de una «invención» o «construcción» histórica de la
heterosexualidad. Además hoy la sexualidad, gracias a la contracepción y la
interrupción voluntaria de la gestación, por cierto no legalizada todavía en
nuestro país, es un fin en sí misma y se separó radicalmente de la reproducción.
La heterosexualidad así evolucionó hacia una sexualidad no reproductiva, tal
como la homosexualidad; en este sentido podríamos hablar de un lento pero
seguro acercamiento en los modos de vida de los heterosexuales y los
homosexuales, y preguntarnos de verdad cuál es la gran diferencia entre ellos,
ellas y nosotros.
Ilegitimidad, clandestinidad y
discreción
Esta nueva mirada (nueva para nosotros, porque es importante recordar que sobre
la cuestión y los estudios homosexuales las universidades colombianas y la
sociedad en general se muestran tan reticentes hoy como lo fueron frente a los
estudios feministas hace algunos años) nos explica en parte por qué hoy se
habla frecuentemente de Queer Studies o Estudios Queer para designar los
estudios que buscan desnaturalizar las categorías tradicionales de la
sexualidad. Queer, palabra que significa originalmente «raro», «anormal», «extraño»,
se utiliza entonces para designar todas las sexualidades. Todas: gays, lésbicas,
bisexuales, travestis, transexuales, heterosexuales, son queer; todo lo que podía
parecer natural también es queer. Nosotros y nosotras, los tan sanos
heterosexuales, también somos queer por el simple hecho de que no somos ni más
ni menos naturales que los homosexuales. Esto, por supuesto, no nos autoriza a
soñar todavía. Si esta mirada que nos centra en la historicidad de todos
los dispositivos de la sexualidad y nos permite relativizar la posición de las
homosexualidades, la forma particular de dominación simbólica que conoce la
comunidad homosexual, gay y lésbica, es aún muy arraigada y resistente, más
en un país como el nuestro en el cual apenas existe un movimiento organizado
militante y en el que cualquier existencia legítima, pública y reconocida es
todavía prácticamente imposible a pesar de alguna visualización que
aceptamos y toleramos, siempre y cuando ésta se quede en el campo de la
discreción.
Y como lo muestra el sociólogo francés Pierre Bourdieu, en uno de sus trabajos
sobre la cuestión, la discreción solicitada a la comunidad gay es exactamente
la violencia simbólica. La discreción consiste en recordarles hasta el
cansancio a los y las homosexuales que sigue existiendo una sexualidad legítima
dominante, y unas sexualidades ilegítimas toleradas. En general es cuando los
gays y lesbianas reivindican visibilidad, que vuelve a solicitárseles, en el
mejor de los casos, discreción o disimulación. Sin embargo Christine Delphy,
en un artículo titulado «El humanitarismo republicano en contra de los
movimientos homo», opina lo siguiente:
«La discreción es la doble vida, la clandestinidad en tiempo de paz. Pero ¿sí
puede existir tiempo de paz para mujeres y hombres que viven siempre al acecho y
en peligro, que temen ser desenmascarados o desenmascaradas, estigmatizados o
estigmatizadas, cuando no agredidos tan pronto son desenmascarados? Y, puesto
que nadie se esconde cuando nada tiene que disimular, los y las homos terminan
por creer que están haciendo algo mal. La discreción es también estar solo;
es mentir un poco, mucho, en acción, en omisión. Aun a sus amigos, a sus
amigas. La autoestima no resiste mucho a este tratamiento. Vivir en el miedo, en
la mentira, en la soledad, en el desprecio de sí. Esto es lo que imponen a los
y las homos los liberales progresistas que piden discreción».
Todos nosotros, tan progresistas, tan liberales y especialmente tan sanos
heterosexuales, es lo que les pedimos día tras día a los gays y a las
lesbianas.
Y ni hablar de las familias, puesto que si el discurso público cambia, éstas
siguen siendo el lugar de más resistencia y fuente de más dramas; anunciar una
sexualidad diferente a sus padres sigue siendo una catástrofe, un cataclismo de
enormes proporciones. La familia continúa siendo el escenario, el lugar de más
violencias simbólicas por ser todavía portadora y reproductora de los valores
más tradicionales de la sociedad; en relación con la familia, la
homosexualidad significa, más que en ningún otro lugar, aislamiento y soledad.
Como lo expresa de manera tan contundente Frederic Martel en su libro Lo rosado
y lo negro, todos los homosexuales tuvieron un día la experiencia de «no
sentirse en casa en su casa». La familia y, en menor grado hoy, la sociedad
obligan a una verdadera esquizofrenia de las prácticas de vida de los
homosexuales. Algunos no lo soportan y cortan todos los puentes familiares para
vivir en guetos; otros se enferman o adoptan comportamientos sexuales de enormes
riesgos. Sin embargo, nada de esto figura como temas de estudio ni para la
sicología ni para la sociología, por lo menos en nuestras universidades.
Y a propósito de esto es interesante anotar que los estudios gays y lésbicos
conocen más o menos la misma historia que los estudios feministas. Muchas
interrogaciones son las mismas, muchas resistencias vienen de los mismos lugares
y se expresan casi de igual manera. El feminismo todavía figura como una
especie de sarampión contagioso y subversivo, y el homosexualismo como otra
enfermedad vergonzosa que bien podría estar en el mismo saco de las plagas de
fin de siglo. Incluso desde la universidad, desde el saber académico, los muros
de contención a estas temáticas son de una solidez a toda prueba, o casi... y
si tenemos hoy una maestría en estudios de género en la Universidad Nacional
(por supuesto nos tocó llamarla así para no asustar a los patriarcas del
saber... si la hubiéramos llamado «Estudios feministas», nos habría tocado
luchar siete años más, ¡y teníamos afán!), ¿por qué no pensar entonces
que pronto, dependiendo de la fuerza del movimiento social de gays y lesbianas,
podrán abrirse módulos o cursos relacionados con los estudios gays?
Se trata, ni más ni menos, de hacer progresar el saber en cuanto realidades que
existen y siempre existieron, pero que fueron desconocidas o subestimadas por la
investigación. Y contrariamente a lo que puede pensarse, no se intenta crear
una cultura gay o lésbica, pues ésta siempre existió. Se trata entonces de
hacerla visible para el saber por medio de estudios históricos, sociológicos,
antropológicos o sicológicos, a sabiendas de que este campo de investigación
y de reflexión se refiere al conjunto de saberes sobre la sexualidad en una
cultura dada y su profunda interrelación con los discursos jurídicos, políticos,
médicos, pedagógicos, estéticos. Interesarse por la sexualidad es interesarse
obligatoriamente por las homosexualidades y por todos los discursos relacionados
con ella, de la misma manera como interesarse por la historia de la humanidad
era obligatoriamente interesarse por las mujeres y visualizar su particular
condición histórica; sin embargo, hubo que esperar varios siglos para que el
feminismo y el movimiento social de mujeres lograran fracturar un saber
patriarcal autosuficiente y sordo a una realidad que habitaba en su mismo corazón
desde siempre: lo femenino. Y si mal no recuerdo, esta historia es por dar valor
y tenacidad a los gays y a las lesbianas. La lucha es dura y larga, pero en este
fin de siglo de escenarios y sujetos inesperados, el camino está ya
entreabierto tanto para las mujeres como para los gays y las lesbianas, aunque
—obviamente— tendrán que superar muchos obstáculos; a este respecto la
organización Amnistía Internacional publicó recientemente un informe sobre
violencias y persecuciones contra los gays y las lesbianas en todos los países
del mundo en el que concluye que ellos y ellas representan una comunidad en
peligro. Los problemas por resolver son muchos y entrañan enormes retos:
preguntarse sobre el sentido de la comunidad gay, sobre su guetización o no
guetización, su militantismo, sus luchas políticas, académicas, jurídicas,
de visualización, sus luchas afectivas desgarradoras, prácticas de sí
novedosas; todos estos deben ser temas de sus agendas de trabajo... Pero para no
desanimarlos, sepan que en la última «gay pride», realizada en París el
verano pasado, desfilaron cerca de 200.000 gays y lesbianas reclamando, entre
otras consignas, el reconocimiento social y jurídico de las uniones
homosexuales. Actualmente la ministra de Justicia francesa está preparando un
nuevo contrato de unión social, abierto a todos y todas los homosexuales, el
cual se estudiará en el Congreso en los próximos meses (los homosexuales de
los países nórdicos ya obtuvieron los mismos derechos que las parejas
heterosexuales casadas). Salir del closet vale la pena.
De la admiración, solidaridad,
envidia y... algo más
Desde una óptica feminista, los homosexuales —y hablo ahora de los homos
hombres— nos interpelan tal vez porque nos dan una esperanza frente a la
posibilidad de una masculinidad diferente. Claro que ahí voy a soñar
despierta, porque la amplitud y complejidad de las sexualidades nos impide una
única caracterización de los gays, y sé que dentro del movimiento o del
conjunto de los gays encontramos desde homosexuales que nos reconcilian con el género
humano —y paradójicamente con una cierta masculinidad—, hasta homosexuales
supermachos y tenazmente misóginos. André Gide nos recuerda a este propósito
que «la homosexualidad, exactamente como la heterosexualidad, comporta todos
los grados, todos los matices: desde el platonismo hasta la suciedad, desde la
abnegación hasta el sadismo, desde la salud gozosa hasta la morbosidad, desde
la simple expansión hasta todos los refinamientos del vicio». Y por supuesto,
desde mi militancia de feminista, no podría solidarizarme con toda la gama de
los homosexualismos o transexualismos; no podría solidarizarme con un grupo que
reproduce, dentro de la variedad de los gays, lo más execrable de una cultura
patriarcal misógina, desde el insoportable orgullo de ser un penetrador, y sólo
un penetrador, reproduciendo finalmente todos los estragos de la
heterosexualidad para la cual penetrador y penetrada perpetúan la dominación
simbólica del uno sobre la otra, o el otro, en el caso del homosexual
penetrador. ¡No me pidan lo imposible! En este sentido nunca seremos
suficientemente prudentes con la terminología y con la tentación de reducir la
complejidad de las homosexualidades, en un conjunto homologador que nombra sin
reparo al homosexual. ¿Cuál homosexual?
Ahora bien, creo, o más exactamente, quiero creer, que el camino de la mayoría
de ellos va en contravía de la más clara opción heterosexual del
patriarcalismo que, como nos lo mostró de manera tan contundente Elizabeth
Badinter, impone como regla inevitable de una educación machista la que repite
de mil maneras distintas a los varoncitos que ser hombre es, ante todo, no ser
mujer, y que para lograrlo es necesario mutilarse lo más posible de su
feminidad, alejándose del mundo de lo femenino y asegurando finalmente su
virilidad «teniendo mujer», que es la mejor manera de no ser mujer. En otras
palabras, ser macho es ser heterosexual, pues consiste en haber enterrado en lo
más hondo de su ser su feminidad, esta tan dulce feminidad hecha de caricias,
juegos y olores del patio de atrás de su pequeña infancia. Ser macho es nunca
más revelar esta enorme y contradictoria atracción por el mundo de lo
femenino, y la solución más radical a esta imprescindible ambivalencia es la
heterosexualidad, es decir, tener mujer para no ser mujer.
Los homosexuales tienen el valor de desordenar y subvertir el disciplinamiento
de la sexualidad oficial, recordándonos a todos y a todas nuestra bisexualidad;
nos recuerdan que fue la cultura la que presionó a los varones para seguir el
camino de una masculinidad definida por una serie de marcadores culturales que
sirven a un orden profundamente patriarcal. En el cuerpo del otro, el homosexual
ama y desea un conjunto de signos que simplemente no responde a los estereotipos
determinados por una cultura. Aman una mirada —la de un hombre—, una expresión
—la de un hombre—, un olor —masculino—, el grano de una piel —de
hombre—; aman un discurso, un momento, un silencio... Imaginemos el escenario:
están los dos sobre la cama, después de hablar durante horas de todo lo
posible e imaginable; de repente, uno de los dos empezó a acariciar al otro,
suavemente, despacio, en silencio. No podían fingir más: había que hacerlo,
simplemente. Luego, agotados pero felices, se durmieron en seguida. Nunca se habían
sentido así, tan bien... Si inventé este escenario no fue para convencerlos de
que esta situación es exactamente igual a un escenario heterosexual, pues no
hay nada más distinto que el mundo masculino y el mundo femenino; por
consiguiente, no me atrevería a comparar la química amorosa homosexual con la
heterosexual. No obstante, sí creo que son escenarios equivalentes en los
cuales los cuerpos hablan, el deseo circula y el amor, simplemente, es el amor.
Admiro el valor de los gays en este camino porque, a diferencia de los
heterosexuales, les faltan códigos, normas y un orden cultural que prevé
instituciones que dan movimiento a sus amores y que no puede afincarse en la
generación de un hijo o una hija. Francisco Alberoni, en su libro Enamoramiento
y amor, dice al respecto:
«El que ama a un joven siente que su amado, un día, puede desear a una persona
del otro sexo y, sobre todo, querer un hijo que él no puede darle. La presión
de la cultura, el hecho de estar siempre acosado, en el fondo, por el otro sexo,
el hecho de no poder dar un hijo, hace que el enamoramiento homosexual tienda a
menudo a permanecer como tal, como enamoramiento, sin lograr convertirse en amor
sereno, duradero».
Y amo también a estos gays que
tienen una mirada distinta sobre las mujeres, que nos hacen sentir que hay
una posibilidad para la amistad entre hombres y mujeres y que son capaces de ver
en la mujer a una amiga y no sólo el eterno refugio materno o un abismo, una
madre o una puta, la una demasiado potente y la otra demasiado infernal. He
sentido a veces, con homosexuales asumidos y gozosos, amigos míos, esta otra
mirada sobre lo femenino, y he apreciado con ellos una amistad fresca y sincera,
cosa tan difícil de encontrar en hombres heterosexuales.
En cuanto a las lesbianas, estas mujeres separadas por fin de la costilla de Adán,
estas rebeldes radicales que tienen el enorme coraje de afirmarse sin reactivar
su valor en la mirada o el deseo de un hombre y sin instalarse en el eterno
registro de la demanda, me parecen admirables. Admirables por su fuerza frente a
la castración, por su desmitificación del pene erecto como única promesa para
la mujer. Admirables porque luchan de manera transparente y radical contra todas
las narrativas de la cultura en las cuales el patriarcado obstaculiza de mil
maneras, desde las más burdas y vulgares hasta las más sutiles, el
reconocimiento y la autoridad femeninos. Sí, las admiro porque luchan sin
tregua contra la agotadora mundialización de la realidad de los hombres; ellas,
desde mi feminismo conciliador y a menudo tan contradictorio, me interpelan muy
especialmente. Las lesbianas son así porque las otras mujeres hacen sentido en
ellas, porque por fin las mujeres se vuelven signos en el espacio simbólico y
de este modo modifican todos los referentes, todos los códigos y la red de
signos diseñada por un sistema androcéntrico.
Así mismo, su propuesta de desorden simbólico es ante todo una propuesta
sexual. Afirman un erotismo de piel, mucho menos genital, mucho más sensual; un
erotismo de tacto y no de táctica, de palabras y no de silencios —hablo de
los silencios masculinos del amor— .Afirman un erotismo de senderos
misteriosos y no de caminos conocidos de antemano; un erotismo que pasea, que
circula para durar más, que se distrae y se encuentra con playas
desconocidas, aldeas misteriosas, veredas perdidas que son nuestra patria oculta
o por lo menos exiliada por una sexualidad oficial tan masculina; un erotismo
sin afanes ni soluciones precisas, sin lugar preciso a dónde llegar; un
erotismo que busca «olasmos» y no orgasmos (que, definitivamente, es un
concepto masculino), olasmos que no se verán truncados por una eyaculación
siempre anticipada. Sí, ellas deconstruyen todos los cánones de la sexualidad
oficial, esta sexualidad que se construyó desde un cuerpo masculino, articulada
a la erección, la acción, la penetración, la genitalidad y la muerte. Esta
sexualidad de hoy que necesita Viagra para no agonizar... De verdad la propuesta
lesbiana pone en tela de juicio toda la gramática sexual, enreda las
referencias fantasmáticas y, subvirtiendo todo, simplemente invita al
viaje, a la aventura....
Creo que, aun si es difícil confesarlo en un mundo tan androcéntrico, muchas
mujeres envidian la sexualidad de las lesbianas. Yo, sin ser lesbiana, pues
siento que el disciplinamiento cultural de mi deseo ha sido tan magistral que no
tengo ya el valor suficiente para desordenarlo, confieso que envidio
profundamente su erotismo que, de hecho, no puedo sino intuir, con el riesgo
evidente de equivocarme. Lo único que puede salvarme en esta descripción de la
erótica lésbica es ser mujer, sentir como mujer, reconocerles autoridad a las
mujeres, creer en sus palabras y reconocerme como una crítica
existencial del sistema y la lógica en la cual me tocó vivir; además de
cualquier manera comparto, como casi todas las feministas, muchos elementos de
lucha con ellas, entre otros esta construcción de un devenir femenino que no
transita obligatoriamente por la maternidad, que se inaugura como sujeto de
deseo, que construye nuevos espacios de solidaridad entre las mujeres, estos
espacios para el «entre ellas», para el «nosotras», para la «sororidad» (y
no la fraternidad) después de miles de años de rivalidad. Un devenir femenino
que busca transformar lo simbólico, la escritura, la palabra, la imagen y la
representación de lo femenino.
Feministas y lesbianas se emancipan de las ideas de docilidad, de pasividad y de
conformismo generalmente atribuidas a lo femenino. Ellas aún representan lo no
pensado de lo real, ese no pensado que está empezando a ser pensado. Es decir
gays y lesbianas, como familias homosexuales, como contratos de unión con los
mismos derechos que cualquier contrato heterosexual, como derechos de adopción
y tantos otros que tienen todavía que luchar, ya que sólo será por esta vía
que, poco a poco, podrán acceder al más fundamental de los derechos: el
derecho a la indiferencia. Y esto es pensar lo no pensado.
Finalmente, para volver a los gays y las lesbianas como movimiento social, me
parece importante que se acerquen al movimiento social de mujeres, específicamente
a las feministas, que tienen ya una experiencia recorrida en organizaciones, en
luchas políticas y jurídicas, en producción teórica y en estrategias de
inserción social y política. Deploro a menudo la insolidaridad de los
homosexuales, sobre todo de los homos masculinos, con las reivindicaciones del
movimiento feminista, como si nuestras luchas no fueran a menudo muy similares;
incluso podríamos mencionar su insolidaridad con sus hermanas de lucha: las
lesbianas. Deploro que no entiendan que el feminismo también representa
una ocasión histórica de lucha contra una dominación simbólica, contra un
poder patriarcal heterosexual que nos concierne tanto a homosexuales como a
feministas; movimiento feminista, movimiento gay y movimiento lésbico luchamos
por la apertura de otros encuentros relacionales, afectivos y eróticos; por
otra escritura, por otra palabra, por darle nuevas posibilidades a este mundo
que agoniza. Deploro el machismo exacerbado de algunos grupos de homosexuales,
afortunadamente no mayoritarios.
Como decía al principio, no me pidan lo imposible, y sobre todo no me pidan
entrar en contradicciones con mis luchas y mi militancia. No apoyaré ni me
solidarizaré nunca con los homos supermachos y penetradores, ni con ninguna
ideología ni grupos excluyentes. Pero sí me siento muy solidaria con los
bisexuales, los gays, las lesbianas, los transgéneros que entendieron que todo
lo que es bueno para las mujeres es bueno para la humanidad entera, así como
también con los homosexuales que incluyen en sus reivindicaciones las luchas de
otros grupos vulnerables y golpeados por una historia patriarcal, heterosexual y
burguesa.
Pero no terminaré con una nota pesimista sino recordando reflexiones de Michel
Foucault, quien declaraba en una entrevista en el año 1981 que «la
homosexualidad era una ocasión histórica para reabrir virtualidades
relacionales y afectivas». Foucault no veía la homosexualidad como una especie
humana singular, sino como una posición marginal, estratégicamente
privilegiada, a partir de la cual sería posible inventar nuevas formas de
relaciones consigo mismo y con los otros. «Ser gay es ser en devenir», diría
un poco más tarde, en 1982. De alguna manera él nos proponía esforzarnos en
devenir gay o lesbiana en el sentido de posicionarse en una dimensión que
permite que nuestras escogencias sexuales tengan efecto sobre el conjunto de
nuestra vida, haciendo de ellas verdaderos creadores de nuevos u otros modos de
vida. Esforzarse por devenir gay significaba para el gran filósofo, entonces,
rechazar modos de vida impuestos, oponer resistencia a la regulación sexual y,
al mismo tiempo, transformar nuestras opciones sexuales en operadores de un
cambio de existencia. De alguna manera devenir gay significa des-anclar y abrir
el espíritu.
Los gays y las lesbianas son portadores de una enorme capacidad transformadora,
pues ellos y ellas nos incitan a cultivar en cada uno de nosotros, en cada una
de nosotras, la voluntad de ir más allá y de actuar sobre nuestro propio
futuro. Necesitamos a los gays y a las lesbianas para entrar al nuevo milenio
con una voluntad clara de reencontrarnos con todas las potencialidades de lo
humano, sabiendo que no hemos explorado todavía ni la décima parte del camino.
Bibliografía
Alberoni, Francisco, Enamoramiento y amor, Gedisa, 1984.
Varios, Les études gay et lesbiennes, París, Ed. Centre Pompidou, 1998.
Revue Esprit, No 11, Novembre 1996.
Foucault, Michel, La voluntad de saber.
Le Monde, varios artículos.
Revista Gaceta No 12, Bogotá, Colcultura, 1991.