El poder de la mirada.
Bienvenidos a la cúpula del placer.
Por Juan Vicente Alaiaga
Es harto habitual al hablar de relaciones perceptivas entre el sujeto que mira y
el objeto que es contemplado recurrir a frases hechas o expresiones del tipo
"mirada universal", o simplemente referirse a la Mirada con mayúsculas,
que engloba tanto el acto de percepción del sujeto como la lógica de su
entendimiento. En este orden de cosas, se presupone que el mirar puede ser
fuente de placer, lo que se denomina escoptofilia. Quien mira parece obtener
placer del hecho de tomar a otras personas o imágenes de personas como objetos.
Lo cual presupone cierta carga posesiva. Es un mirar que a menudo escruta y
controla. La función de mirar es, en este senido, activa y se relaciona en
Freud, especialmente en Tres ensayos sobre teoría sexual con la actitud
voyeurista del niño (1) y su deseo de ver lo que le está vedado, prohibido o
fuera de su alcance - la curiosidad acerca de los genitales y de los usos
corporales de otras personas, acerca de la presencia o ausencia del pene, que le
distingue de su opuesto, el sexo femenino, así como el acceso al coito de sus
progenitores en lo que se denomina "la escena originaria"-. Freud,
posteriormente, en Los instintos y sus vicisitudes, establecerá un vínculo
entre el surgimiento de la escoptofilia con el erotismo pre-genital "tras
de lo cual el placer de mirar se transferirá a los otros por analogía".(2)
. Se trataría entonces de la pulsión o instinto activo que puede desarrollarse
de forma narcisista, y esto es debido a la constitución del ego, que según
Lacan se moldea en la fase del espejo, aunque la libido del ego continúa
existiendo como base erótica para el placer de mirar a otras personas como
objetos.
Si se piensa que vivimos en un mundo fabricado en torno a la desigualdad
cultural, social y sexual entre hombres y mujeres, y que son éstas quienes se
ven impelidas a desempeñar un papel subsidiario, a partir de la analogía
construida culturalmente entre activo/pasivo y masculino/femenino, se puede
entender, aunque no justificar ni aceptar, que se tome por verdad única y
universal la mirada del hombre. Así, al hablar del placer de mirar se colige el
que obtiene el hombre de la mujer que es sólo imagen contemplada, exhibida,
sujeta a un rol tradicional. Laura Mulvey lo estudia en Placer visual y cine
narrativo, denominando la codificación del cuerpo de la mujer como ser pasivo
con la expresión to-be-looked-at-ness (ser-mirada-dad) (3) .
Esta perspectiva que, de tan asumida e inserta en lo consuetudinario, se
sobreentiende como la exclusiva y excluyente, y que hace de la mujer una imagen
poseída, está lejos todavía de ser borrada, pese a algunas modificaciones
debidas al denodado esfuerzo del feminismo (entendido en el sentido lato y
plural del término) por introducir la presencia de la mujer como sujeto activo
y también deseante. De ahí que sea una falacia hablar en términos de miradas
universales pues esta retórica neutralizadora sólo oculta o disimula, cuando
lo cree necesario pues a veces se exhibe impúdicamente, el deseo masculino del
hombre por dotarse de poder y ejercerlo sometiendo lo femenino. Y entiéndase
que, por si cupiera alguna duda, no empleo el término hombre en su acepción
genérica, sino enmarcado en un conjunto de valores forjados culturalmente, y
por tanto sujetos también a cambios y alteraciones de mayor o menor calado, en
función de las coordenadas históricas de que se trate. Sostengo que cuando se
habla de cuestiones representacionales, y utilizo el adjetivo en su sentido
anglosajón, equiparable a una iconología interpretable, la noción de mirada
conlleva, las más de las veces, una semántica sexuada, y ésta es masculina y
heterosexual. Vivimos en un régimen de heterosexualidad obligatoria. El
lenguaje se define en relación a la norma heterosexual. Un sistema así se
atrevió a definirlo Adrienne Rich en un texto capital titulado Compulsory
Heterosexuality and Lesbian Existence (4) .
Se trata de un sistema que no quiere explicitar su nombre, y ni siquiera lo
necesita, pues es el hegemónico, y el poder no se dice, se ejercita,
parafraseando a Foucault, desparramándose mediante una compleja red de formas
del saber basadas en la exclusión de las diferencias. Tradicionalmente, en el
caso de la mujer proyectada como imagen que estimula el placer masculino, se da
la paradoja de que, aun aprisionada en la pasividad, la mujer existe en la
representación, aunque no por derecho propio, sino por voluntad ajena,
desprovista de conciencia autónoma. Hay, sin embargo otros sujetos que ven
negada su existencia, incluso en las estrategias publicitarias contemporáneas,
que parecen tener en cuenta a la mujer como consumidora (y no sólo de
electrodomésticos, sino de productos que adquieren para embellecer al/a su
hombre). En los últimos años las estrategias publicitarias focalizan su interés
en el cuerpo del hombre, que es lanzado para ser devorado y consumido por las
mujeres, pero, también a sabiendas de que, aunque el contexto en que se muestra
el cuerpo masculino es exclusivamente heterosexual, un prurito subliminal que
flota en la trama del anuncio lo hace también tentador para el consumidor
homosexual.Sea como fuere, y pese a cierta diversidad reciente en distintas
disciplinas, la oferta iconográfica - en el cine, la publicidad, la televisión
y también el arte- no deja de presuponer, mayoritariamente, que el espectador
es siempre heterosexual.
¿Hay alguna posibilidad de zafarse de ese imperativo en lo referente a la
recepción de imágenes? Una película como The Celluloid Closet (El celuloide
oculto), de Jeffrey Friedman y Rob Epstein (5) ahonda en dos aspectos
importantes: la invisibilidad de la homosexualidad y el lesbianismo y su
representación estereotipada y grotesca por el cine de Hollywood. Con un tono
irónico, no exento de dureza, se pone de manifiesto que la escoptofilia no es
cosa solamente de machos heterosexuales, y que el placer de mirar brota también
desde la homosexualidad, aunque éste no se represente debido a la puesta en
escena de unos mecanimos represivos y censores. Los mensajes cifrados, los guiños
puestos subrepticiamente por el guionista gay que no podía decir su nombre,
como fue el caso de Gore Vidal, las lecturas subliminales, las citas veladas que
sólo los entendidos captaban, las pulsiones latentes, lo no-dicho y sólo
intuido es el material del que se valen los autores de The Celluloid Closet para
señalar que hay otras miradas, y que éstas, desde el margen opuesto a la
centralidad heterosexista, por seguir un paralelismo derridiano, a veces se
construyen desde el esfuerzo suplementario que supone leer entre líneas a través
de una red de signos y metáforas cifradas.En ese orden de cosas, trataré de
hurgar en la otredad de la mirada entendida, en este caso, como un conjunto de
imágenes creadas por artistas que exponen abiertamente el cuerpo masculino y
femenino considerando que hay un público gay y lésbico respectivamente, que se
aparta y desplaza de la heterosexualidad obligatoria mediante la necesaria
visibilidad de sus realidades sexuales y de su derecho innegable a sacarlas a la
luz.
Es sabido que la represión en el terreno de la palabra o de la imagen equivale,
a efectos prácticos, a una negación de su existencia. De ahí que al contrario
de lo que predomina en el contexto español donde se prefiere el hacer mutis por
el foro ante temas supuestamente espinosos, creo conveniente subrayar y dar
carta de naturaleza a la representación de las diferencias, particularmente a
aquéllas amparadas bajo el feo término de minorías sexuales, ya que este
enunciado no tiene en cuenta la posibilidad de crecimiento y de cambio, fijando
a modo de antinomias inamovibles una serie de prácticas sexuales (6) que se
acercan más a la idea de continuo de actividad y sentimiento, como manifestara
Alfred Kinsey en Sexual Behavior in the Human Male (1948), entre el polo de la
homosexualidad y el de la heterosexualidad. Y para empezar, quisiera creer en la
posibilidad, aunque se me tache de iluso, de que la exposición de las
diferencias sexuales no sólo interese a gays, lesbianas y bisexuales, sino que
también implique a los/as heterosexuales, incluso a los/as más contumaces.¿Qué
mirada/s proyectar ante la iconografía que a continuación analizaré? Uno
siente la tentación generosa de decir: "todas, salvo las que se excluyen a
sí mismas, aquéllas tiznadas de prejuicios y apriorismos carpetovetónicos".
Pero las dificultades que entraña este enunciado son innúmeras, considerando
que la significación perceptiva y la carga deseante inserta en la mirada se
inscriben tradicionalmente en terreno masculino heterosexual. ¿Por qué? Las
razones, que son varias, pueden encontrarse en parte en la etapa formadora del
ego, la fase del espejo, en la que se constituye la esfera de lo imaginario, en
términos lacanianos, pues el cuerpo troceado de quien mira aspira a la
totalidad formadora, y dicha totalidad es la ley, el poder, el falo, que reina
en la esfera de lo simbólico. Poseer el falo puede simbolizarse mediante
cualquier órgano corporal (7) , ha argumentado Judith Butler, pero no puede
olvidarse la adscripción consuetidunaria con el pene, y lo arduo que supone
desmontar un sistema de poder afianzado a lo largo de centurias. El ojo es sin
duda uno de los óganos privilegiados que hace las veces de pene/falo. A menos
que dicho régimen sufra modificaciones en el plano simbólico e imaginario, lo
que implicaría una transformación radical de las bases sociales/familiares
sobre las que se sustenta la ley patriarcal y masculina ésta impondrá sus
reglas, conscientes o inconscientes, a quien proyecta su mirada.
¿Son obscenas esas imágenes o lo son las miradas de los espectadores? Confieso
mi desconcierto a la hora de definir dichos vocablos, pues a la postre la
obscenidad es una cuestión de principios morales. Y éstos no son siempre los
mismos. ¿Qué es entonces una mirada obscena? Respecto de lo obsceno parece
claro que la vara para medir sus variados sentidos gira sobre todo en torno al
sexo, o mejor dicho a la sexualidad, y a los grados y niveles de transgresión
que se le supongan en relación a lo establecido, pues el sexo biológico no
tiene por qué sugerir "maliciosa o groseramente cosas relacionadas con lo
indecoroso". Aplicado especialmente a las acciones y palabras y a los
escritores y artistas, etc. por sus obras, y poco a las personas, -María
Moliner, dixit en su Diccionario del uso del español- este lábil concepto se
enfrenta indefectiblemente a la moral vigente de la época histórica y del
contexto socio-cultural y religioso de que se hable en cada caso. Pero, en líneas
generales, apunta a que la sexualidad, ajena a las pautas de normalidad
aherrojadora, es todavía en nuestras sociedades supuestamente laicas y
desinhibidas un problema.
Laura Mulvey, apoyándose en el análisis del texto cinematográfico, ha
expuesto abiertamente el juego de miradas que se dan en esa disciplina en el
plano narrativo: la de la cámara, la del espectador y la de los personajes de
la película entre sí. Considerando que la mujer es mirada por el hombre y poseída
por él, Mulvey analiza dos tipologías: la mirada voyeurista y la fetichista.
Antes de explayarme conviene señalar que la mujer evoca en el inconsciente
patriarcal, según el psicoanálisis clásico, la ansiedad de la castración. A
modo de solución apotropeica, defensiva y protectora, el hombre opta por hurgar
en la mujer, cachearla metafóricamente, demistificando su misterio, como mejor
vía para controlar sus impulsos castradores, que le adjudica el macho, temeroso
de perder su virilidad. Otra forma de domeñar el miedo a la castración estriba
en transformarlo en un objeto fetiche para que se convierta en tranquilizadora,
desposeyéndola así de su supuesta carga peligrosa.
La primera mirada, la voyeurista, "guarda asociaciones con el sadismo: el
placer reside en el hecho de probar la culpa (inmediatamente asociada con la
castración), en la afirmación del control y en el subyugar a la persona
culpable a través del castigo o del perdón" (8) Huelga decir que tras
esta definición estamos ante una mirada depredadora, rayana en la posesión de
la mujer por haberse atrevido ésta a mentar la posibilidad de la castración,
viva y dibujada en su propio cuerpo por la falta de pene.
La escoptofilia fetichista "construye por acumulación la belleza física
del objeto, convirtiéndolo en algo satisfactorio en sí mismo". No se
requiere la mirada masculina global del protagonista, sino que la mujer
fetichizada se dirige directamente al público que la mira. Dicho de otro modo,
el hombre puede identificarse con un objeto sexual, parcial siempre, que le hace
pensar en la persona que desea, que, en este tipo de construcción textual ha de
ser forzosamente del sexo opuesto. Piénsese que Laura Mulvey escarba en películas
de un periodo determinado (cine de Hitchcock, de Sternberg...), es decir en
narraciones diegéticas en las que se producen interacciones entre los
personajes y el cruce de miradas.
¿Hasta qué punto pueden ser de utilidad estas tipologías para indagar en la
iconografía masculina, fundamentalmente topográfica, en la que el cuerpo del
hombre es mirado por otros hombres especialmente en obras de arte sin
movimiento? ¿Es lícito hablar de otras direcciones en el juego de miradas? Si
el mirar es la expresión fundamental de la sexualidad masculina como paso
previo a la posesión, lo cual reduce el cuerpo de la mujer a una dimensión
objetual, inane, ¿se produce acaso el mismo fenómeno cuando se trata de un
hombre dueño del cuerpo mirado? Si la mirada no sólo organiza y estimula el
deseo sino que le da legitimidad pública (9) , ¿qué valor acarrea la mirada
cuando se posa sobre un cuerpo idéntico/semejante al de quien mira? Trataré de
ofrecer algunas respuestas, amén de abrir otros interrogantes en relación a la
obra de algunos artistas.
La producción dibujística de Tom of Finland, nombre de guerra de Touko
Laaksonen (1920-1991) es harto conocida tanto en la comunidad gay anglosajona
como en la de otros países. Pero no es así en otros círculos. Hasta 1956 en
que envió algunos de sus dibujos a una revista norteamericana de culturismo su
obra apenas había tenido resonancia alguna. En la primavera de 1957 la portada
de la revista Physique Pictorial (10) , que representa a un par de leñadores
sonrientes, de torsos desnudos, que navegan sobre sendos troncos por un río,
certifica su despliegue en un mundo de hombres al que sólo tenían acceso éstos,
más allá de cuál fuera su orientación sexual. Su carrera como dibujante erótico
- empezó a forjarse cierta fama como autor de dirty drawings- se consolida en
los años sesenta en la revista de Bob Mizer Athletic Model Guild (AMG), una de
las publicaciones pioneras del culturismo, y del culto a la belleza y fuerza del
cuerpo del hombre.
Con el paso del tiempo, Tom of Finland no se limitó a la creación de imágenes
sueltas sino que decidió narrativizar y completar la ambientación y
contextualización de sus figuras masculinas -Tom´s men, como él los denominó
en sus dibujos tanto a lápiz como en las acuarelas, gouaches o lápices de
colores- mediante la gestación de personajes, especialmente Kake, un nombre que
en finlandés equivale a Butch, un término éste referido a la masculinidad
exacerbada. Las ocupaciones, como explicaré más tarde, de Kake son todas
sexuales. De esta forma el cómic, una de las fórmulas más exitosas de cultura
popular, permitirá dar a conocer a un público adulto unas formas de
representación de la homosexualidad que poco o nada tenían que ver con el
estereotipo dominante.
Los modelos iconográficos de este dibujante finlandés, que hoy en día unánimamente
se relacionan con la cultura norteamericana, y que se han dado a conocer a través
de la mercantilización y divulgación de su obra (carteles, tarjetas postales,
camisetas, chapas, libros de ilustraciones como los publicados por Benedikt
Taschen) tienen un origen claramente nórdico. Téngase en cuenta que Tom of
Finland (nombre que acuñó ante la dificultad supuesta del público
norteamericano de pronunciar su verdadero nombre) no viajó a Estados Unidos
hasta 1978, invitado a realizar una exposición de sus dibujos en Los Angeles.
Durante ese viaje conoce a Durk Dehner, quien se encargaría de promocionar su
carrera en Estados Unidos, a Robert Mapplethorpe y más tarde a Andy Warhol.
¿Pero cuál es el mundo que retrata Tom of Finland y que tipologías de miradas
se cruzan en él? La primera indagación en sus códigos sicalípticos lleva a
constatar que las mujeres son apenas representadas. El suyo es un paisaje cuya
geneología hay que buscarla en los primeros recuerdos de pubertad del artista.
Procedente de un medio en el que las urbes no eran de gran tamaño, el ojo del
Tom of Finland se posó sobre los campesinos, granjeros y leñadores tan
abundantes en un país agreste como el suyo. Su interés erótico por un mundo
exterior al que pertenecía, protegido por unos progenitores que, siendo
maestros, le educaron de puertas adentro rodeado de música, literatura y arte
(11) , creció tras su traslado en 1939 a Helsinki donde pudo cultivar su
fascinación por un conjunto de claros símbolos de virilidad: obreros de la
construcción, policías, marineros...
Si bien los primeros dibujos y acuarelas que se conservan - de mediados de los años
40- muestran a algunos hombres jóvenes y delgados, de rasgos suaves y gentiles,
lo que no supone la renuncia a sus prácticas sexuales, los prototipos creados
por Tom of Finland son otros. ¿Pero son realmente suyos o responden a una
tentativa lograda de aclimatación a los patrones estéticos predominantes en
las revistas de culturismo que le abrieron sus puertas?.
Frente a la fabricación cultural, interesada y falaz de que todo homosexual por
naturaleza ha de ser afeminado, lo cual presupone un abajamiento (humillación)
de sus valores, pues lo femenino, desde una perspectiva machista, debe estar
excluido del orbe varonil, los personajes de Tom of Finland encarnan una
masculinidad hiperbólica. Sus cuerpos, musculados y rotundos exhiben un culto a
la fuerza y a los genitales, resaltado por el uso del uniforme, las prendas de
trabajo o la indumentaria militar o paramilitar que lucen, complementada con
diferentes ropas procedentes de ámbitos en su momento exclusivamente
masculinos: el del deporte, la construcción, la marina, los moteros, la policía.
La fuerza bruta a que se entregan, y la violencia de algunos actos están al
servicio del placer. Thomas Waugh se refiere a una masculinidad grotescamente
exagerada y a la vez estilizada, y describe a los modelos empleados tanto por
Tom of Finland como por Art Bob de la siguiente manera: "musculosos,
activos, erguidos, potentes, de barbilla cuadrada, de hombros anchos, y con una
entrepierna abultada" (12) .
La novedad que aportan estos cuerpos del deseo estriba en que permiten la
existencia de diferentes miradas. Por un lado, una mirada externa, la del
espectador o lector de dichas revistas; por otro, la interna formada por los
distintos personajes que interactúan y que se sumergen en guiños y juegos cómplices.
En estos dibujos el lector puede entrar desde su atalaya voyeurista y limitarse
a una contermplación distante de los objetos de su deseo, o también optar por
una dinámica de identificación con esa comunidad primaria que ya aparece
retratada en estas obras: la de los equipos de rugby que hacen bromas en los
vestuarios, la de los moteros y sus travesuras violentas en medio del campo, la
de los soldados rasos en el dormitorio de un cuartel. Todas ellas representación
de un espacio homosocial fuertemente teñido de heterosexualidad pero con la
salvedad de que el cuerpo del hombre no es una barrera que repele las miradas
sino un objeto disponible. Tom of Finland refleja esa disponibilidad con todo
lujo de detalles, extrayéndola en cierto modo de la femineidad donde se hallaba
recluida. Y decir disponibilidad conlleva la aceptación de una pasividad,
tradicionalmente vinculada con la esfera de lo femenino y de lo socialmente
degradado por tratarse de dominación. De ahí que en el teatro, urbano y
campestre, de gestos y rasgos eróticos que pone en marcha Tom of Finland
desempeña un papel clave la disposición de sus hombres a la hora de aceptar
los avances sexuales de sus compañeros. La languidez y caídas de ojos, las
redondeces de algunas partes del cuerpo, la desnudez insólita de los cuerpos
dado el contexto, la apertura de labios, ojos y piernas, la hinchazón de los
pezones y de los glúteos, el contoneo de las poses que dibujó Tom of Finland
dota a la hombría hipermasculina con más de un destello de femineidad.
Actividad y pasividad se entremezclan de la misma manera que la sexualidad no se
limita a la pareja o al trío clásico. La orgía grupal adquiere plenos
derechos como lo ejemplifican las andanzas de Kake. En una de ellas (13) , en
unos urinarios públicos, siete hombres (de diferentes tipologías pero
igualmente ictifálicos: marinero, oficinista, lederona, estudiante, obrero de
la construcción...) ensartados en una penetración múltiple, sonríen y gozan
satisfechos. Con ello, se daba carta de naturaleza a las fantasías sexuales más
promiscuas.
Con estas manifestaciones de la subcultura gay se trata, de alguna manera, de
utilizar la parafernalia simbólica del hombre heterosexual - el poder fálico-
tan mitificada/desmitificada por el cineasta Kenneth Anger en su vanguardista
Scorpio Rising (1963) (14) , que a su vez se inspiró de la fotografía homoerótica
popularizada por Bob Mizer en su Physique Pictorial, y de las películas sobre
criminales de serie B, y de transferirla a un contexto homosexual en el que las
miradas circulan entre hombres. Hombres que son objeto y sujeto a la vez, que
miran y son mirados, que se identifican por la semejanza de los cuerpos, que se
reconocen por sus revestimientos externos, en años previos al surgimiento del
movimiento gay. Y siempre desde la gozosa, descarada y traviesa, y a veces
violenta, no hay que olvidarlo, reivindicación de la jouissance.
Sirviéndose de la indecencia, por su crudeza visual, que facilita la exposición
fotográfica, y su carga de realismo, en mayor o menor medida manipulado, Robert
Mapplethorpe (1946-1989) descuella como productor de imágenes que exhiben impúdicamente
la pulsión sexual, y que inciden también en la representación de miradas
internas a la composición artística. Para ser entendidas en su justa dimensión
sus obras piden a gritos ser leídas en una dimensión contextualizada. No basta
con el texto artístico por sí mismo, pues sin olvidar que la obra es el locus
fundamental de análisis y disfrute hermenéutico, sería inexacto y caeríamos
en formalismos estrechos si orillásemos que su presencia autónoma se ha
nutrido, en este caso, de un conjunto de elementos de ciertas subculturas que la
dotan también de sentido. De ahí la significación de la obra y del marco que
la envuelve.
R. Mapplethorpe se hizo a sí mismo en el seno de la comunidad gay de Nueva
York, y en concreto en los ambientes leather, en un periodo -principios de los
setenta- en el que se había producido la primera revuelta de gays y lesbianas
contra el hostigamiento de la policía (las continuas redadas en los bares), y
por extensión contra el establishment: la rebelión del Stonewall Inn: un
episodio altamente significativo de la historia del movimiento gay que supone el
inicio del fin de la invisibilidad homo. Y que sitúa este tipo de
reivindicaciones en un línea semejante a la de las organizaciones feministas
que luchaban por la igualdad racial y los movimientos de defensa de los derechos
civiles.
Sus primeras exposiciones tuvieron lugar en espacios tan poco habituales como la
galería Fey Way de San Francisco, dirigida por Robert Opel, cuyo nombre saltó
a los medios de comunicación al irrumpir desnudo en la ceremonia de entrega de
los Oscars en 1974. Según relata Jack Fritscher(15) : "Mil millones de
espectadores se escandalizaron al contemplar en directo al individuo más
desnudo de todo el ancho mundo". Tal vez en un intento de depuración
curricular y "estética", esta exposición ha sido borrada de los
listados de exposiciones individuales que recogen los distintos catálogos de la
obra de Mapplethorpe. Cabría preguntarse las razones de esta eliminación.
La mirada de Mapplethorpe es desapasionada, fría, cerebral. Muy alejada de la
jovialidad y sentido del humor de las breves historietas de Tom of Finland, de
quien Mapplethorpe poseía una estupenda colección que se subastó a su muerte
en Christie's y que hizo subir los precios de los dibujos del finés. Incluso en
los primeros collages -inicios de los setenta- en los que emplea fotografías
propias junto a otras procedentes de revistas porno o de anuncios de ropa
interior para hombre, combinadas con franjas de color amarillo, rojo o granate,
escasea el ardor sexual. Los cuerpos aparecen fragmentados o insertos en una
suerte de compartimentos o celdillas, visibles a través de una reja o rejilla,
que refuerza la sensación de enclaustramiento, pero también las ansias
perceptivas del espectador. O mejor dicho de ciertos espectadores, pues no es la
suya una obra estética dirigida a todos los públicos. El cuerpo masculino es
el astro rey. Y en él brilla con luz especial el pene, órgano capital que
supuestamente espolea y, lo que es más, centra y focaliza el deseo, hasta el
punto que en muchas de sus fotografías el rostro del modelo es eliminado o
dejado fuera de plano en favor de la primacía fálica. ¿Quién puede sentirse
implicado o atraído por esas imágenes de hiperbolización del pene, en las que
el tamaño descomunal en muchas ocasiones acapara la composición iconográfica?
Parece improbable, aunque no imposible, que la mujer, en general poco proclive a
valorar el placer en función de medidas y dimensiones, sienta el aguijón de
esas fotografías, y no por incapacidad, sino más bien por habérsele inculcado
unas pautas educativas en las que cuenta más la calidad de la relación sexual
y las emociones que la cantidad métrica del órgano. Dicho esto, conviene
especificar a qué mujer espectadora me estoy refiriendo, pues las diferencias
existen y son notables en función de determinados parámetros - clase, raza,
orientación sexual, formación cultural...-. Entre el abanico de posibilidades,
no dejaría de presentarse quienes hablaran de una mirada femenina fálica, es
decir, la de la mujer que, al contemplar el pene en su desnudez, quisiera
arrebatarlo metafóricamente como una forma de control y posesión. ¿Pero no
sería ésta una lectura freudiana a la inversa? ¿Y a qué conclusiones llegaría
un hombre heterosexual al ver esas formas priápicas desorbitadas que se adueñan
de la imagen? ¿Es posible pensar en términos de identificación como lo hace
el cine narrativo clásico? ¿Se pueden ver retratados en esos cuerpos volumétricos?
Es probable, aunque el culto a la religión del pene erecto puede resultar
desalentador para quienes no lo tienen por epicentro de sus apetencias. Más
plausible parece, en cambio, considerar la sensación de envidia, por agravio
comparativo, y el consiguiente rechazo o desinterés en el hombre heterosexual,
o la simple negación de la fruición de la mirada. Los hombres gays, aunque en
esta categoría hay más diversidad de la que algunos están dispuestos a asumir
son, por tanto, los espectadores privilegiados. Pero también aquí, como he
apuntado, hay diferencias entre los diferentes, pese al discurso heterosexista
hegemónico que los reduce a un lamentable amasijo de lugares comunes. Insisto:
¿a qué gays apelan esas fotografías? Parece razonable deducir que despiertan
el apetito especialmente de los embriagados por la estética MBD (Muy Bien
Dotado). ¿Únicamente, me pregunto? ¿Estamos ante una estética que, en su
culto a las proporciones y medidas, iguala, paradójicamente, a hombres gays y
heterosexuales en su obsesión por lo desmedido, aunque con finalidad erótica
distinta? Hondo es el anclaje de estas cuestiones en la cultura actual. Que van
más allá de la magnificación masculina del falocentrismo, al incardinarse en
el seno de unas estructuras sociales nutridas de parámetros computables, de
reglas y fórmulas contables y de competitividad. Si se quiere ejemplos de lo
dicho un simple repaso a la prensa gay contemporánea, a veces efímera - limitándome
a los periódicos gratuitos: Boyz, Lowdown, en Gran Bretaña, HX, en Estados
Unidos, Shangay Express o Nois en España- ilustra el culto al músculo y al
pene de gran tamaño para size queens (16) : un modelo de origen anglosajón que
contrasta con el relativismo de lo genital que la cultura efébica mediterránea
propuso y dispuso, y que fue predominante en épocas pasadas, como lo
ejemplifican los textos de Oscar Wilde, André Gide, Jean Cocteau, Juan
Gil-Albert y las fotografías de Wilhelm von Gloeden, Gaetano d'Agata, Vincenzo
Galdi, F. Holland Day, Frederick Rolfe y Wilhelm von Plüschow.
El valor de la obra de R. Mapplethorpe reside también en la visibilidad de lo
que hasta el periodo en que vivió fue considerado irrepresentable. Escoger
cuerpos negros como protagonistas de sus fotografías, en un ámbito
abiertamente racista como el norteamericano, era una osadía. Mostrarlos en
interacción afectiva y sexual con cuerpos blancos lo era más todavía, como
dan a entender Embrace, de 1982, y Marty & Hank del mismo año.
Especialmente si el abrazo es, como en el primer caso, entre dos hombres, y va más
allá de la interactividad homosocial hasta convertirse en un gesto amoroso,
cuestión ésta más desestabilizadora si cabe que la mera práctica sexual,
pues la capacidad amatoria se supone inviable fuera del marco social formado por
un hombre y una mujer.
Explorar la sexualidad sadomasoquista entre hombres y ofrecerla a la luz pública
de las galerías y centros de arte, con una mirada fría, casi analítica,
desprovista de emoción, requiere atrevimiento, al que se une el hecho de que la
composición formal elegida para estas imágenes está marcada con las líneas
armónicas del clasicismo. ¿Es acaso una vía que eligió Mapplethorpe para
hacerlas más aceptables a ojos de sus posibles compradores y para buscar su
revalorización al desposeerlas de su aura marginal, o es simple reflejo de una
estética genuina que, en el fondo, trata de introducir desorden mediante
apariencias convencionales en las impolutas salas de exposiciones frecuentadas
por las clases pudientes?
Indagar en los límites de la sexualidad, hasta lo insoportable (como en las
fotografías escatológicas, o en las que se exhibe el fistfucking) es mérito
suyo, en un periodo inmediatamente anterior a la crisis que produjo el Sida y su
estigmatización por parte de los sectores conservadores de la sociedad
norteamericana. Un periodo en el que surgieron formas de visibilidad (17) poco
frecuentes en la historia de los Estados Unidos, tan marcados por prohibiciones,
interdictos y censuras. La experiencia de los límites, del placer y del dolor,
en algunos casos, mediante obras del calibre e impacto de Untitled (1978) - un
hombre desnudo exhibe sus laceraciones en el pecho a la par que interpela al
espectador, al otro lado de la imagen, con la mano y la lengua-, o la que se
centra en los genitales crucificados (Untitled, 1978), sujetos por cuerdas y
empotrados en una tablilla de tortura), la secuencia de las prácticas úricas
de Jim and Tom, Sausalito (1977-78) en un ambiente de claroscuro
post-industrial, el fetichismo del cuero que exhibe por detrás Helmut
(1978-79), o el acto de celebración anal del fistfucking en Helmut & Brooks
(1978), que tanta tinta ha hecho correr y que muestra en un primer plano dicha
práctica sexual: todas ellas son signos de libertad, pues muestran
descarnadamente la condición humana sin prejuicios, sin el peso de la moral
constreñidora. En esta última imagen, hasta hace poco restingida a ámbitos de
consumo pornográfico, el ojo se convierte metafóricamente en la mano que
recorre las entrañas del cuerpo en una fantasía hecha realidad. ¿Pero quién
querría ser ese ojo? ¿Y qué consecuencias acarrearía el acto? Por la
brutalidad (no deprovista de sensualidad) que dicha práctica supone, sea cuales
fueren los condicionamientos sociales y raciales, se da a entender que el único
espectador que podría identificarse con lo mostrado es masculino. Y ello no lo
apunto, en absoluto, para señalar la incapacidad activa de la mujer a la hora
de asumir esa función. Piénsese que la práctica del fistfucking vaginal se da
en las relaciones lésbicas y también en las heterosexuales. En la fotografía
de Mapplethorpe se pide algo más: darse de bruces con un acto de penetración
anal literalmente no fálico, de fusión con el cuerpo del otro, que es uno
mismo en su igualdad corporal; un acto de exploración, de indagación, de búsqueda,
de saber de la materia física intransferible del que se requiere toda una
cultura sexual antes de dar el paso, y esa cultura a finales de los años
setenta era fundamentalmente masculina.
Siendo todos los actos sexuales semejantes en cuanto a la importancia individual
que se le pueda otorgar, no hay que dejar de lado que cada práctica está
tipificada de manera diferente mediate el lenguaje y a través de sus
manifestaciones sociales, culturales y antropológicas. La realización del
fistfucking anal, simple o doble, requiere de preparación, de enorme paciencia
y de cantidades ingentes de lubricante para evitar desgarros intestinales o
lesiones de la mucosa. Llevarlo a cabo se ha convertido a veces en un rito -
como así se hacía en clubs míticos como el desaparecido Mineshaft de Nueva
York o en el actual Fist de Londres -, que necesita de las miradas de otros, de
un reconocimiento y aquiescencia silenciosa de muchos ojos, para cumplir sus
objetivos simbólicos.
En el terreno de la mirada hay una diferencia notoria entre la obra de Tom of
Finland y la de Mapplethorpe, además del hecho de que éste emplee modelos
reales, de carne y hueso para sus piezas y Tom of Finland no. La complicidad escópica
que se ofrece, con generosidad en la obra del finés está ausente en el corpus
estético del norteamericano. La presencia de dos personas no suele activar el
juego de miradas, y mucho menos la reciprocidad, o los guiños sexuales y/o
afectivos. Ni siquiera en una pieza inocente como la que presenta a dos niños,
Sebastian & Nda, 1981, en donde el segundo parece propinar embromado una
bofetada a su compañero, mientras éste mira hacia otro lado, se aparta
Mapplethorpe de su frialdad habitual. La época vivida por Tom of Finland y
Robert Mapplethorpe, a pesar de las prohibiciones vigentes y la represión de la
diferencia sexual permitió un conjunto de libertades que, tras el impacto del
SIDA, que todavía condiciona sobremanera las relaciones sexuales, no pueden
manifestarse con las mismas premisas. ¿De qué forma se han modificado los
juegos de miradas, las vías perceptivas que escapan de la norma estalecida en
el arte contemporáneo? ¿Los estragos del Sida han supuesto la renuncia de una
concepción de la sexualidad cercana a lo orgiástico, o cuanto menos a los
aledaños de una cúpula del placer como la cantada y prometida por Frankie goes
to Hollywood en su tema Relax? Voy a tratar de ofrecer algunas repuestas, a
veces sumidas en la paradoja, dando un salto en el tiempo respecto de las obras
de arte analizadas y comentar algunos ejemplos de obras surgidas en nuestra época,
la del SIDA, en la que, paulatinamente, especialmente en la comunidad gay, se ha
forjado una conciencia del sexo más seguro, del safer sex. Empezaré con dos jóvenes
artistas españoles, que desde perspectivas disímiles, trabajan en cómo se
construye y funciona el deseo homosexual en un contexto como el español, aunque
los préstamos anglosajones sean evidentes, en que aquél se disfraza bajo una
aparente neutralidad que no es tal, sino la del discurso mayoritario y
normalizador. Cabría preguntarse si en sus respectivas obras se desprende un
aire de nostalgia o rememoración por aquellos tiempos un tanto mitificados de
liberación sexual, tiempos en que las relaciones sexuales más extremas no
contaban con el freno mental de saberse prácticas de riesgo, época que estos
dos artistas, por razones de edad, no han podido vivir en su plenitud. En el
caso de Jesús Martínez Oliva (Murcia, 1969), hay una tentativa por reconstruir
algunos espacios existenciales a donde acuden gays y homosexuales, y hago este
distingo para el/la lector/a no conocedor de esta terminología, lo cual da fe
de la invisibilidad manifiesta existente en torno a estas cuestiones en la arena
pública.
Homosexual: Término de origen médico, acuñado por Karl Maria Kertbeny en 1869
(18) . Define a la persona que siente atracción sexual por otra/s persona/s de
su propio sexo. Debido a múltiples represiones - presiones sociales,
familiares, políticas, religiosas- la historia de la homosexualidad lo es de
ocultaciones. Gay: Término utilizado por los activistas y las personas de
orientación homosexual y lésbica que se asumen y viven abiertamente sus
preferencias sexuales sin vergüenza y con orgullo. Es un vocablo que se ha
extendido enormemente desde la revuelta del Stonewall Inn en 1969 en pleno
Greenwich Village neoyorquino. Al amparo de la oscuridad y el anonimato: el de
algunos parques al caer la noche, las estaciones de trenes o autobuses o los
cuartos oscuros, se dan un conjunto de prácticas sexuales y/o afectivas entre
hombres. Martínez Oliva ha recreado el ambiente de los cuartos oscuros en una
instalación concebida para la galería Punto de Valencia, en 1993,
re/construyendo un espacio cerrado con cabinas y pasillos. Al entrar en él los
ojos se habían de acostumbrar a la oscuridad casi absoluta, lo que propiciaba
el desplazamiento y, por ende, la agudización del sentido del tacto para
explorar el lugar. Martínez Oliva acentuó la dimensión erótica en torno a
los genitales, creando una suerte de gigantescos bultos caedizos y poco
triunfantes, a base de cables que entraban y salían de la pared y que aludían
a la energía eléctrica (casi muerta, en este caso) de la pulsión libidinal.
Situados en distintos puntos del cuarto oscuro, en los pasillos y en algunas
cabinas, dichos falos cabizbajos daban a entender la primacía que ese órgano
tiene en dicho tipo de contactos rápidos, y en la continua excitación furtiva.
La atmósfera morbosa, que no mórbida, se acompañaba asimismo de algunos
indicios de la actividad sexual, insinuada por el suelo rasposo y pegajoso que
hacía pensar en la emisión de fluidos, consecuencia del acto sexual que el/la
espectador/a podía notar.
Con la construcción efímera (el tiempo que duraba la exposición, ya que después
se desmontó y se destruyeron los elementos y paneles que la formaban), Martínez
Oliva quiso recrear un espacio propicio para la orgía, en la que el espectador
más allá de su orientación sexual y de su sexo pudiera recorrer el dédalo
formado en el interior del cuarto oscuro. Es sabido que en los sex clubs o
backrooms semejantes a los aludidos en esta instalación se producen prácticas
sexuales de grupo, en las que la acumulación de cuerpos se hace tan confusa que
resulta harto difícil identificar o reconocer con exactitud el cuerpo o miembro
que uno palpa en la oscuridad o cuanto menos penumbra. De alguna manera, Martínez
Oliva ofrecía una indagación en el cúmulo de sensaciones e interdictos de la
dimensión imposible de la sexualidad. Al abrir a quien quisiera cruzar el
umbral, hombre o mujer, individual o en grupo, un espacio de uso exclusivo para
hombres, se dotaba a la función escópica de una complejidad que desborda los límites
estrictos de las pautas voyeuristas o fetichistas, alterando y dispersando el
significado de la mirada. Si por escoptofilia se entiende, desde Freud, el tomar
a otras personas como objetos sometiéndolas a una mirada controladora y
curiosa, con sus diversos grados de aproximación, en la instalación de ese
espacio existencial que es la ambientación de un cuarto oscuro, la persona
objeto se reduce, en un encogimiento considerable, a unas protuberancias hechas
de cable. Ejemplos perfectos de lo que Melanie Klein bautizó con el término de
objeto parcial. La mirada que, para empezar ha de aclimatarse a la oscuridad
reinante se desvía hacia otros sentidos, especialmente el tacto, que depara
otras posibilidades: rozar las paredes, rascar el suelo, palpar las
protuberancias. La mirada no puede ser voyeurista al impedírsele que pueda
posarse sobre una imagen objetualizada (ni de hombre ni de mujer) pues sólo los
restos perduran. Pero restos de hombre, fetiche caduco de hombre para hombres o
para aquella mujer que desee saborear la decadencia masculina, o los residuos de
un deseo que ya ha sido. Tal vez antes del SIDA, cuando el sexo, aun censurado,
y por tanto en loci privados, no acarreaba la muerte. El caso de la obra de Álex
Francés (Valencia, 1962) permite algunas analogías con lo dicho hasta ahora.
En particular por adentrase en tipologías sexuales ajenas al socorrido y manido
coito anal y/o vaginal. En él, la fotografía es la disciplina que sirve para
comunicar la posible veracidad y carnalidad real del cuerpo masculino. La imagen
exige que la mirada del espectador se pose sobre la parte posterior del cuerpo
de dos hombres, situados en posición vertical. En una zona opuesta a la
frontalidad dominante en la imaginería erótica. En este caso, recurriendo a un
efecto de simulación, la cabeza del hombre de abajo desaparece entre las
piernas del de arriba, aludiendo a lo impensable en términos de posibilidad física,
el head-fucking o penetración anal con la cabeza. La imagen toda elimina las
cabezas de los partenaires en este acto íntimo que exponen, permitiendo así
que la testa, símbolo del Logos se desvanezca en favor del impulso penetrador,
aunque el instrumento empleado sea inusual, al que ayuda la disposición
vertical de la composición y de lo retratado. El título de esta serie de
fotografías abunda en una perspectiva desiderativa del sujeto enunciador:
Quiero estar dentro de ti (1996). Un deseo que la imagen parece haber,
virtualmente, satisfecho, o estar en tránsito hacia su consecución como induce
a pensar esa otra fotografía focalizada en el extremo superior de la espalda
tatuada con un tigre, y la hirsuta entrepierna del hombre de arriba. Un deseo
proclamado por el propio autor identificado, cual Narciso radicalizado y
extremista, con un yo que se le supone propio. Quien mira ha de someterse a esa
razón de ser: sentirse igual al autor y desear aquello que él anhela.
Otras imágenes de Álex Francés, igualmente morbosas, abundan en la unión o vínculo
homosexual, con cierto carácter fetichista. Las dos piezas tituladas Cable húmedo
(1996), muestran dos tomas de la sección pélvica delantera de dos jóvenes,
cuyos penes están enlazados por un tubo de goma. Lo enigmático de este par de
fotografías radica en ese no saber si se está produciendo un trasvase de
fluidos corporales - esperma, orina -, que no se ve, o se alude a los vasos
comunicantes, es decir, al querer permanecer unidos y sellar la semejanza de los
cuerpos en una identificación plena. Cercanos estéticamente a estas imágenes
está la titulada …y a su frío respondo como un niño asustado: me meo, me
meo (1996), que permite al mirar escrutador - teniendo en cuenta que el artista
dispone/sitúa/ubica esta pieza a una altura inferior a la media en que se sitúan
los ojos, forzando la mirada hacia abajo- ver a un hombre como objeto de
contemplación, objeto sexual, sumiso, cosa infrecuente en la iconografía
realizada por hombres heterosexuales que no se aceptan a sí mismos en posición
pasiva, o subsidiaria por la carga victimista que pudiera conllevar. En este
caso, se ve a un hombre robusto, que no responde a los cánones de belleza
predominantes, y que aparece atado de pies y manos, provisto de capucha negra,
semejante a las empleadas en ritos sadomasoquistas. Su condición de objeto
indefenso se ve reforzada por la expresión "muy frágil" estampada
sobre el envoltorio de cartón. El tubo que une el pene con la boca tapada hace
pensar en una autosuficiencia sexual. Lo cual descoloca al espectador al situar
a la supuesta víctima en una posición placentera. Fuera de plano, debe
respirar el verdugo que dio a ese hombre su papel de víctima complacida, serena
e inmóvil. Unas inquietantes sombras sugieren una inminente amenaza, o la
llegada de un salvador. En el trabajo de Álex Francés la pasividad es una
recompensa, y no el destino obligado que impone la mirada del macho
recalcitrante. En este recorrido a través la potencialidad del mirar es
imprescindible detenerse en la iconografía lésbica por lo que tiene de
desestabilizador de los roles imperantes. Pero antes de iniciar un recorrido
contemporáneo que no tiene, ni puede pretenderlo siquiera, nada de exhaustivo,
es necesario indicar algunas consideraciones previas.
Las lesbianas carecen, a finales del siglo XX, de una iconografía ajustada a su
existencia plural, una imaginería propia, generada desde el continuum lesbiano,
desde su historia plagada de invisibilidad y de exclusiones del mismo seno del
discurso, y no únicamente del discurso hegemónico, sino a veces también de
los generados desde atalayas supuestamente liberadoras como la gay. A las
lesbianas les sigue faltando un rostro reconocible (19) , una identidad,
subsumidas como se hallan, en el mejor de los casos, en el feminismo o en la
lucha por los derechos gays. Lejos de mí la pretensión condescendiente de
otorgarles un espacio. Con las imágenes que a continuación expondré sólo
trato de reflexionar sobre la justa necesidad de descartar los estereotipos
construidos para que ellas mismas ocupen el lugar que les corresponde. Amén de
analizar las tipologías perceptivas que se pueden proyectar sobre la iconografía
generada. En ese sentido, al referirme a la triple negación del campo de la
representación, aludía a que, en primer lugar, son perjudicadas por ser
mujeres, que son vistas por lo general desde la óptica masculina; en segundo
lugar, por haber optado por una orientación sexual en la que el hombre no
desempeña ninguna función, cosa que enerva sobremanera a la cultura machista
contemporánea, la cual sólo consiente la imaginería lésbica pornográfica
para uso exclusivo del heterosexual voyeurista; y, en tercer lugar, otra negación,
ésta de orden interno a la comunidad lésbica, ya que la iconología siguiente
desborda el acotado marco de besos y caricias como único posible en el
imaginario lesbiano. A veces la comunidad lesbiana, por pudibundez, o por asunción
de los clichés feminoides y sexistas que proliferan sobre ellas, se queda
constreñida en parámetros fijados y rígidos.
Estas imágenes de mujeres se separan de la concepción en negativo de la mujer
vista como oquedad, o ausencia, castrada simbólicamente al querer equipararse
al macho. Las mujeres que elaboran un sistema de relaciones entre mujeres huyen
como de la peste de esa concepción que hace de ellas un continente oscuro,
ignoto y misterioso, del que habló Freud, necesitado de algún alumbramiento
masculino que se le oponga, aunque esto último parezca un contrasentido. Nicole
Eisenman (1965) hace una obra deudora de la cultura popular y de la historia del
arte. Toma prestadas de un caudal ingente de revistas porno, de cómics o de
personajes de televisión personajes y situaciones que la inspiran. Y a los que
ella da la vuelta, cambiando su significación. Su sentido de la apropiación es
directo y sin circunloquios. En ocasiones las figuras dibujadas parecen extraídas
de un libro de estampas o dibujos del Renacimiento, pero la intención iconológica
es mucho más perversa, al menos a ojos de los detentadores de la Norma. Con
sentido del humor, Eisenman propone lecturas en las que el erotismo lésbico se
une a la violencia y en la que los hombres salen mal parados. Verbigracia en
Captured Pirates on the Island of Lesbos (1992), donde las mujeres gozan de una
orgía de dimensiones hercúleas, mientras los hombres están atados o son
castrados. ¿Está Eisenman retratando la paranoia heterosexual, y a veces también
homosexual, que sataniza a las lesbianas como castradoras natas? ¿O es acaso
una venganza merecida la que ejecutan? ¿Puede mirar un hombre, sea cuales
fueren sus preferencias sexuales, estos dibujos sin estremecerse, o acaso pueden
producir en el una reflexión acerca del porqué de la vendetta?
En Trash's Dance (1992), Eisenman presenta una escena de bar, ese espacio
colonizado por el hombre, vista en picado en la que un grupo de animadas mujeres
hablan, fuman, se besan, exhiben su cuerpo, alardean de senos, y se pelean
mientras una imponente Drag-King (una mujer ataviada con ropas de hombre) hace
de gogo-girl dispuesta a recibir las apuestas de algunas mujeres masculinizadas,
como sucede de hecho en muchos bares gays, o en las whiskerías para heteros.
Una versión ésta orgiástica de la existencia lesbiana, en la que el hombre
brilla por su ausencia, plagada de fuerza y energía, y que alguna voz
escandalizada podría tildar de propia de marimachos. ¡Bendito descubrimiento!
En otra pieza, denominada Betty Gets It (1992), Eisenman utiliza a las
protagonistas femeninas de Los Picapiedra, Betty y Wilma, y las desnuda, presentándolas
provistas de una exaltada sexualización, a la que contribuyen tanto el cargado
y cálido cromatismo como los círculos concéntricos del torbellino o diana que
componen la obra. Los valores familiares de ambos personajes quedan, por tanto,
desarticulados (20) . En opinión de la escritora Cherry Smyth, en esta pieza se
expresa "un sentido de venganza maliciosa por la cruel subversión de las
dulces heroínas pop de un millón de corazones de televidentes".(21)
Dulces espectadoras atacadas, y viriles muchachotes, castrados en su intento de
mirar.
La estética de la canadiense G.B. Jones (1965) es claramente deudora de la obra
de Tom of Finland. Un escenario lleno de mujeres provistas de gorras, chupas de
cuero y látigos. Mujeres que se disputan en el interior de una celda como lo
harían los reclusos de cualquier película de matones de barrio. Mujeres que
actúan de forma indebida, indecorosa, y que lucen poses masculinas y gestos de
firmeza, mientras se entretienen en acariciarse con el rabillo del ojo en un ámbito
sin hombres y practican el arte de hacer tatuajes u ojean revistas con portadas
provocativas del tipo: Man Hating. Lesbians on Rampage (Odio al hombre. Las
lesbianas lo destrozan todo). Así reza un número de True Detective. G.B.
Jones, en Untitled (Madonna), 1991, lesbianiza y homosexualiza el mundo de los
mass-media, invadiendo las portadas de periódicos y revistas con noticias
inventadas/verdaderas sobre las famosas y estelares vedettes de cine y televisión
-Madonna, Sandra Bernhard, Stéphanie de Mónaco, Jodie Foster, Lily Tomlin,
Martina Navratilova-, transgrediendo los límites de lo aceptable, creando un
planeta lésbico y un imaginario acorde con el mismo.
Las orgías que propone son un revés de aquellas en que salía, bien parado, el
héroe de Tom of Finland, Kake. Sexo duro para mujeres hiperactivas, que ocupan
los roles tradicionales adscritos al hombre. Que vigilan y castigan y disfrutan
con ello como en Prison Breakout, 1991 o en la controvertida serie I am a
Fascist Pig, de 1989. ¿Es el guiño humorístico que se desprende de sus
dibujos lo que favorece o permite, cuanto menos, una crítica del culto a la
violencia aparente? Su estética de fanzine, barriobajera y soez, impropia de
una mujer, diría alguno, es un mundo de fantasía de cuya inexistencia se
lamenta alguno de los comentaristas de su obra (22) . Un imaginario que, de
hacerse realidad, puede resultar peligroso para más de un gallito.
El caso de L.S.D. (23) , para concluir, es realmente atípico, sobre todo en un
contexto tan pusilánime, y poco dado al radicalismo, como el español. El
colectivo madrileño L.S.D. está compuesto por un grupo de mujeres que emplean
un lenguaje escrito reivindicativo y desempeñan una serie de actividades
procaces y atrevidas. Semejantes a las norteamericanas The Lesbian Avengers o a
las galas Les lesbiennes se déchaînent, las mujeres de L.S.D. (Lesbianas sin
duda, Lesbianas sudando deseo...) hacen gala de una actitud provocadora y
radical, término éste que aparece en múltiples ocasiones demonizado por la
institución -policial, gubernamental, religiosa, mediática-, al asociarse con
grupos terroristas y extremistas ultraviolentos de signo político harto diverso
que atentan contra el Orden estatal. La visibilidad de las lesbianas en España
- ellas mismas se llaman con orgullo bolleras -, muy rezagada si se la coteja
con la de otros países, pasa por la creación de una iconografía propia como
la que publican en su revista Non-grata y las fotografías que expondré a
continuación y que han sido mostradas en Madrid, así como en París y
Copenhague en espacios contraculturales y gays/lésbicos.
La concepción de las mismas es colectiva, un acento que es necesario para poner
en la creación de unas obras ideadas como forma de visualización de las
relaciones afectivas, eróticas, sexuales de las lesbianas. Estas imágenes, a
veces, van acompañadas de textos a caballo entre lo irrisorio, lo irónico y la
crítica a lo normativizado - las instituciones heterosexistas - (24) .
Las dos series principales de fotografías responden a los títulos de Es
cultura lesbiana y Menstruosidades. En el primero, el juego de palabras indica
por un lado la constitución de una cultura hecha por y para lesbianas, y por
otro, la constatación de la dimensión escultórica, es decir, tridimensional,
corporal de las realidades lésbicas.
Un texto titulado De la necesidad de una acción lesbiana lo dice sin ambages:
"Frente a sus deseos "normalizadores" - de los heterosexuales -,
las lesbianas de L.S.D. seguimos luchando por otro mundo, un mundo que sea
nuestro, hecho a través de nuestras miradas y sobre los placeres de nuestros
cuerpos. Nuestra lucha es la disidencia a través del goce. Desde la subversión,
la perversidad, la transgresión que les produce nuestra carcajada y mirada
bollera".25.
Amén de la urgencia de estas palabras, y de la exultante conciencia militante
destacan las alusiones a la mirada lesbiana. ¿A qué se refieren? Las fotografías
no dejan lugar a dudas: cuerpos de mujeres que interactúan en un espacio
creado, absortas en su propio placer sin guiños ni complacencias en lo que
respecta a lo que la mirada del otro (hombre hetero u homo, mujer hetero...)
pudiera desear. Primeros planos de genitales femeninos exhibidos de forma
descarnada, sin tapujos; gestos de afirmación; vías para romper con el
silencio impuesto; unión de maternidad inminente y deseo lésbico; sentido del
humor y desparpajo.
Tras detenerme en algunas concepciones artísticas, he tratado de
cuestionar/problematizar las tipologías perceptivas hegemónicas, incluso
aquellas supuestamente críticas con lo establecido, como las de Laura Mulvey,
tan influyente en el pensamiento postmoderno y en el feminismo, pero que en la
actualidad se han quedado un tanto obsoletas, y son inadecuadas si se las
transfiere a otro marco de estudio distinto del suyo. Desvelar la falacia de la
existencia de la mirada única del espectador y su coincidencia con la del
hombre me sigue pareciendo de capital relevancia, al tiempo que supone incidir
en que tachar de indecente y obscena una imagen está en función de los
criterios morales, o mejor dicho, moralizantes, que haya aprendido ese
espectador, y de los prejuicios de toda laya que le hayan moldeado. La
obscenidad es un término moral, y, por lo tanto, no es, como prácticamente
nada que sea humano, una esencia inamovible. No hay nada de natural o de
naturalizado en ello. Silenciar los discursos que escapan de las leyes y las
normas dominantes, ancladas en la misoginia y la homofobia, es propio de las prácticas
sociopolíticas que temen perder su supremacía, su poder, su visión de lo
absoluto, y de quienes están inseguros de la verdad que dicen defender en
detrimento de las diferencias. Y de esas diferencias y disidencias, las
sexuales, preñadas de contaminaciones sociales, que contribuyen a la identidad
de la persona, se ven todavía hoy lastradas por las reglas encorsetadoras del
moralismo, incluso a veces desde las filas de quienes dicen abogar por su
resquebrajamiento. El cuestionamiento de la normalidad sexual, de ardua y
costosa consecución, puede forjarse mediante la posesión de la palabra
transgresora, es decir, pronunciándola, diciéndola, metamorfoseándola en
discurso plural y erosionador. En el campo de las imágenes, aquel que mayor
impacto deja en la retina, la representación de lo privado de visibilidad y su
divulgación mediante canales diversos no restringidos a sectores minoritarios
es todavía un reto. Pero qué duda cabe que la recompensa es grande aunque sólo
sea para restarle credibilidad a la dudosa respetabilidad de ese gran
embeleco/señuelo (al que el discurso hegemónico institucionalizado se aferra,
con riesgos de convertirse en atávico) que se ha denominado el público. Por
otro lado, la existencia en el tejido discursivo de otras miradas, inmersas en
la obtención del placer, que se desmarquen de la voyeurista y de la fetichista,
si bien parece posible, sólo podrán delimitarse y constituirse a medida que el
imaginario colectivo sobre la sexualidad vaya abandonando sus prejuicios. Las
nuevas formas de agrupamiento humano que el mundo occidental está presenciando
apunta a una reordenación del concepto de familia. La familia nuclear
tradicional empieza a periclitar como lo indican otras vías: las constituidas
por madres heterosexuales solteras que conviven con amigos/as, padres heteros
separados con hijos, madres lesbianas, parejas gays con hijos, criaturas
educadas por familiares... Esas modificaciones, aunque no de manera directa o
determinista, pueden alterar la configuración del orbe imaginario y simbólico
de los niños del futuro y ello, probablemente hará mella en la construcción
de modos de ver más plurales y otras maneras de mirar.
NOTAS
1- En el pensamiento freudiano la niña apenas desempeña una función dinámica,
activa.
2- Laura Mulvey, Placer visual y cine narrativo, Valencia, Centro de Semiótica
y Teoría del Espectáculo, 1988, pág: 6.
3- Ibidem, pág: 10.
4- Ead, Blood, Bread and Poetry. Selected Prose 1979-1985, Nueva York y Londres,
Norton, 1986, págs: 23-75.
5- The Advocate, Los Angeles, 19 de marzo de 1996.
6- No entro a discutir en esta ocasión la problemática de las identidades, que
va más allá de la orientación sexual. Gore Vidal y James Baldwin, entre otros
escritores, rechazan el binarismo entre hetero y homosexualidad, prefiriendo a
esa distinción la simple referencia a prácticas sexuales tout court . Gore
Vidal, "Someone to Laugh at the Squares with Tennessee Williams", New
York Review of Books, 13 de junio de 1985; James Baldwin, "Preservation of
Innocence", Zero, nº 1:2, verano de 1949.
7- Judith Butler, Bodies That Matter. On the discursive limits of
"sex", Nueva York, Routledge, 1993, pág: 88.
8- Laura Mulvey, ibidem, pág: 14.
9- Thomas Waugh, Hard to imagine. Gay Male Eroticism in Photography and Film
from their Beginnings to Stonewall, Nueva York, Columbia University Press, 1996
pág: 42
10- Sobre las revistas especializadas en culturismo masculino, véase F.
Valentine Hooven III, Beefcake. The Muscle Magazines of America 1950-1970,
Colonia, Benedikt Taschen, 1995.
11- Valentine Hooven III, Tom of Finland, Colonia, Benedikt Taschen, 1992, págs:
5-6.
12- Thomas Waugh, ibidem, págs: 228-230.
13- Véase Tom of Finland, Kake 7. Edición francesa.
14- Juan A. Suárez, Bike Boys, Drag Queens, and Superstars. Avant-Garde, Mass
Culture, and Gay Identities in the 1960s Underground Cinema, Bloomington e
Indianapolis, Indiana University Press, 1996.
15- Jack Fritscher, El fotógrafo del pánico, Barcelona, Martínez Roca, 1994,
pág: 198. Se trata de la traducción castellana de Assault with a Deadly
Camera.
16- Size Queen: término utilizado en el argot de la comunidad gay anglosajona
para referirse a quienes privilegian, ante todo, el tamaño de los genitales
masculinos y, concretamente, del pene, del que son siervos y devotos
admiradores.
17- Esta época de inusitada libertad sexual, entre mediados de los setenta y
principios de la década siguiente ha sido objeto del análisis de Eric Rofes en
Reviving the Tribe. Regenerating Gay Men´s Sexuality and Culture in the Ongoing
Epidemic, Nueva York, Harrington Park Press, 1996. En una posición
culpabilizadora, aunque no carente de agudeza, por los excesos sexuales
cometidos, se sitúa el activista y novelista Larry Kramer en Faggots, Nueva
York, Random House, 1978.
18- Jonathan Ned Katz, The Invention of Heterosexuality, Nueva York, Plume,
1996, pág: 52.
19- En ese sentido, constituye un hecho mediático de primera línea y
relevancia la salida del armario de la actriz norteamericana Ellen DeGeneres,
protagonista de la serie televisiva Ellen. La noche en que se pasó por televisión
el episodio en que el personaje de Ellen en la serie homónima desvelaba su
lesbianismo se convirtió en una sucesión de actos -se organizaron a lo largo y
ancho de Estados Unidos multitud de fiestas- para celebrar ese hito de la
visibilidad. La compañera sentimental de Ellen DeGeneres, la actriz Anne Heche
también ha dado a conocer su orientación sexual. Véase el reportaje de Rocío
Ayuso en "El País de las Tentaciones", El País, Madrid,16 de mayo de
1997, pág: 8.
20- Véase el texto de Nicola Tyson. "The body that sees" en el catálogo
Part Fantasy-The sexual imagination of seven lesbian artists explored through
the medium of drawing, Nueva York, Trial Balloon, 1992, pág: 6.
21- Véase el catálogo de la exposición Bad Girls, Londres, ICA, 1993. pág:
8.
22- Johnny Noxzema, G.B. Jones, Nueva York, Feature and Instituting Contemporary
Idea, 1994, s/n.
23- Véase sobre el colectivo artístico/militante L.S.D., el texto titulado
"Entre fisuras y reconstrucciones: la problemática de los géneros
sexuados en el arte contemporáneo. Algunas notas sobre lo queer con el permiso
de Judith Butler" en este mismo volumen.
24- "Desnudar el desnudo" en El Viejo Topo, nº 91, Barcelona,
diciembre 1995.
Extraído de la Colección "Arte, Estética y Pensamiento", N° 5,
Generalitat Valenciana, 1997.
Bajo Vientre. Representaciones de la Sexualidad en la Cultura y el Arte
Contemporáneos.
Juan Vicente Aliaga (Compilador).