A una cristiana que se hizo sáfica
Mi frágil tanagrilla, azucena cristiana,
que guardas para mí, serena y sonriente,
el dionisiaco ímpetu de mi Grecia lejana
bajo el fervor católico de tu herencia creyente!
¡Dulce virgen pagana que temes un infierno
y que aspiras a un cielo en premio a tu virtud,
…pero que sufrirás, gozosa, el fuego eterno
por deshojar tus nardos sobre mi juventud!
¡Tanagrilla cristiana de rubíes intactos
como altivos blasones de tu clara pureza!
Esta noche, tus ojos vendrán, estupefactos,
cómo en tu altar sin mácula la ardiente misa oficio
dulce sacerdotisa de la Naturaleza
y abrirá en ti la rosa nupcial del sacrificio.
Harén en el espejo
Vibran en el hall los violines…
Huyamos de su encanto.
En tanto,
embriágame del vino de tu boca,
¡del champán de tu boca loca!
Dale a la hiperestesia de mi sexo
tu carne de jazmines
y de Server;
únete a mí en un dantesco nexo
y hagan temblar las copas de cristal
nuestras fiebres morbosas:
La fiebre de tu anemia sensual
y la de mi lujuria deshojando tus rosas.
Ahógame en tus caricias,
mientras la menta de tu olor aspiro
en tus pálidas impudicias;
mientras beso el rubí y el zafiro
que en el oasis de tu sexo deja
la luz con sus reflejos,
y me hago un dogal con las guedejas
de tus cabellos de oro viejo.
Pero ¿por qué te alejas,
Juliette mía?... Ven.
Frente a este laberinto de múltiples espejos,
te veré en ellos múltiple también.
como si fuera Safo, que tuviese
cien vírgenes gemelas en su harén.
Y, cuando ya inconsciente,
quiera dormir, abismaré mi frente
en tu húmero regazo palpitante;
me estrechará el abrazo
de tu cuerpo fragante
-¡oh, la fragancia de tu cuerpo enfermo!,
olor marino de molusco
en la elegancia de un jarrón etrusco!-,
y creeré que me duermo
en la concha de Venus, bajo el nardo mortal
o bajo el heliotropo austral…
Y luego
de abrasarme, inmolada de tu ara en el fuego,
que me despierte el cascabel
de tu risa jovial,
¡…aunque después venga Luzbel
y nos lleve, en un vuelo, a su reino infernal